57 Soren
Soren
«Chicos, estamos seriamente complicados por aquí», transmití por el enlace.
Era la tercera vez que nos “enjuagábamos” como podíamos en la fuente principal de la plaza.
Con Orion íbamos turnándonos en el agua a medida que la baba negra comenzaba a hacer su efecto en el sistema.
La sensación de estar aletargado, como si de repente nos hubiesen quitado la mitad de la potencia de combate, era una experiencia horripilante; y, siendo honesto, no entendía cómo los rebeldes de Jett seguían atacando, embistiendo, mordiendo y arañando en las deplorables condiciones físicas en las que se encontraban.
«¿Qué pasa?», respondió de inmediato la voz de Bastian al otro lado del enlace mental que manteníamos activo los cuatro Alfas.
«No sé cómo ni de dónde demonios salen, pero están llegando a la plaza central cada vez más rebeldes infectados con esa porquería tóxica», aportó Orion mientras, transformado en su descomunal lobo, le arrancaba la garganta a un rebelde de un solo zarpazo.
«Cada tanto nos lavamos la piel y recibimos más dosis del antídoto, pero no es suficiente para contener el avance», les expliqué a los chicos.
«¿Ustedes creen que Milo Reed era amigote íntimo de Varis?», preguntó Rhys con la voz notablemente agitada.
«¿En serio te interesa la relación entre esos psicópatas en este preciso instante, Rhys?», comentó Bastian, sorprendido y entrecortado por el esfuerzo, seguramente debido a la encarnizada pelea que estaba librando junto a Rhys en la puerta norte.
«No, genio. Me refiero a si Varis le habrá compartido a alguien más en la organización la información de cómo lo derrotamos la vez pasada».
«Dudo mucho que Varis haya tenido tiempo de hacer sociales mientras Coralie lo ahogaba», respondió Orion antes de lanzarse directo contra un lobo místico debilucho que acechaba a uno de nuestros guerreros caídos en la hierba.
«¿Quieres dejar pasar la avanzada de la puerta norte para que llegue directo hasta aquí?», pregunté, sopesando la arriesgada estrategia militar de Rhys.
«Sí. Sé perfectamente que Reed está cerca observando el perímetro, y como es un cobarde rematado no se va a acercar a la manada mientras nosotros dos estemos aquí dando pelea.
Calculo que está esperando a que sus perros falderos nos derroten o nos desgasten para ingresar al pueblo y buscar a Amber».
Mi lobo dejó escapar un rugido sordo y profundamente amenazante ante la sola mención de ese Milo invisible.
«Es una excelente idea», dije ni bien recuperé el control. «De paso ustedes pueden darnos una mano por aquí; esa baba es realmente fuerte y el agua de la fuente ya está tan sucia de toxinas que no nos lava casi nada».
«Bien. Liquidaremos a los rebeldes que nos quedan atrapados en este sector e iremos de inmediato hacia la plaza central con los demás guerreros.
Dejaremos solo a unos pocos guardias en el portón para aparentar que seguimos conteniendo el acceso.
Ellos están entrando en pequeños grupos, así que tenemos una ventana de tiempo perfecta para llegar y, en todo caso, evacuar a quien se encuentre en el camino» sostuvo Bastian.
«Excelente, los esperamos por aquí», concluyó Orion desde la no tan limpia fuente de agua, antes de lanzarse de un salto contra un rebelde que enfilaba en dirección al hospital.
Una vez liquidado el chucho infectado, Orion se dirigió a mí:
«En forma de lobo el veneno no penetra tan rápido en la carne; el pelaje tupido frena el avance directo y nuestros lobos aceleran la regeneración celular, así que es infinitamente mejor quedarse en esta forma para pelear.
Aunque es verdad que esta porquería se lava muchísimo más rápido de la piel desnuda que del pelaje.
Tendremos que esperar pacientemente a que lleguen los chicos para conseguir agua limpia y lavarnos a fondo».
Asentí rígidamente con la cabeza de mi lobo. Me faltaban las fuerzas físicas para comunicarme con palabras humanas con los demás, de lo tanto que me había ralentizado los reflejos esta maldita porquería negra.
En un breve e inesperado momento de calma en la plaza, Doc y María vinieron corriendo a toda velocidad hacia nuestra posición, arrastrando una manguera de alta presión conectada a la toma antiincendios externa del hospital y con un puñado de jeringas que supuse contenían las dosis concentradas del antídoto.
Fieles a nuestra gente, nos aseguramos de que nuestros soldados de la guardia recibieran la “enjuagada” y la inyección antes que nosotros.
Procedí a tomar mi forma humana mientras recibía el pinchazo certero de María en el brazo y, acto seguido, la fuerza arrolladora del chorro de agua fría por parte Doc.
—Muchas gracias, Doc, es un alivio tremendo —dije ni bien quedé limpio de baba y con la mente sensiblemente más despejada.
—No se rindan ahora, muchachos; en el laboratorio estamos tratando de analizar qué fue lo que le agregaron esta vez a la fórmula para hacer tan alarmantemente letal esa baba negra.
Si Coralie estuviese aquí en el hospital con sus dones de sanadora sería muchísimo más rápido... —agregó el viejo con un suspiro.
—¿Dónde está ella exactamente? —preguntó Orion antes de recibir su respectiva dosis de antídoto.
—Está con Amber sacando a la gente atrapada de las garitas blindadas. Parece ser que encontraron una forma de abrirlas desde afuera —explicó María mientras continuaba pinchando con el antídoto a cuanto lobo de la guardia se le acercara.
Un sentimiento arrollador de puro orgullo y admiración me invadió el pecho al pensar en Amber salvando a mi manada, aun cuando ella no tenía la menor obligación de hacerlo.
«Nuestra compañera predestinada es sencillamente extraordinaria», dijo mi lobo, hinchando el tórax de pura admiración y devoción por ella. Deseaba con el alma que Amber pudiera sentir a través de la marca incompleta estos sentimientos puros que ambos albergábamos en el corazón.
Doc se dispuso de inmediato a rellenar la fuente con agua completamente limpia y a desplazar la corriente infectada, antes de que una nueva horda de rebeldes irrumpiera en el predio.
De pronto, al escuchar un profundo gruñido, todos nos dimos la vuelta en guardia, solo para volver a respirar con tranquilidad cuando vimos a Bastian y a Rhys llegar a toda velocidad a la plaza acompañados por varios soldados de la primera línea.
Todos los recién llegados regresaron a sus formas humanas y esperaron ordenadamente su turno para el enjuague de agua y la dosis del vial.
—¡Rayos, están absolutamente detonados ustedes dos! —comentó Rhys, mirándonos con genuina sorpresa al vernos de cerca.
Automáticamente me miré los brazos, el pecho y el abdomen, y pude entender a la perfección qué quiso decir Rhys con ese comentario.
Mi torso era un auténtico mapa de arañazos, quemaduras químicas y mordidas que, si bien no eran extremadamente profundas gracias al pelaje del lobo, sí lucían de un color rojo furioso, profundamente irritadas por la baba que acabábamos de lavar. Orion no se encontraba en mejor estado.
—¿Qué fue lo que pasó por aquí? —me preguntó Bastian, colocándome una mano firme sobre el hombro.
—No sé cómo se comportaban en el portón norte, pero para cuando los rebeldes logran llegar a esta plaza están completamente desquiciados por la toxina —respondí—.
No sé si es por el dolor insoportable que les provoca esa cosa quemándoles las entrañas o porque el veneno los enloquece por completo, pero están increíblemente agresivos y atacan sin medir en absoluto las consecuencias.
—No hay ningún método ni orden táctico en sus ataques; pelean casi como si estuviesen desesperados por morir destruyendo algo —añadió Orion, respaldando mi afirmación mientras juntaba con ambas manos dos bordes de piel y músculo desgarrado en su abdomen, esperando a que su lobo interno curara la herida uniéndolas lentamente—.
Eso los vuelve sumamente impredecibles en el cuerpo a cuerpo y con muchísimas más chances de meterte un zarpazo de regalo.
—Maldita sea... —dijo Rhys, mirando fijamente la herida abierta de Orion.
—Sí, y quema como un hijo de puta —respondió este, apretando los dientes mientras observaba cómo la carne comenzaba a cerrarse gradualmente.
—Terminé, muchachos, la fuente ya está completamente limpia con agua fresca —anunció Doc—. No les dejo aquí la manguera antiincendios por si a algún rebelde se le ocurre la brillante idea de romperla durante la pelea.
—Muchas gracias, Doc. Llamaremos de inmediato a los Betas para que nos ayuden a mantener el perímetro aquí y nos turnaremos con la guardia para ir mojándonos a medida que peleamos —afirmó Bastian, agachando levemente la cabeza en señal de profundo respeto hacia ese viejo guerrero que, a pesar del paso de los años —los suyos y los nuestros—, nos seguía cuidando a todos como si fuéramos unos críos indefensos.
—Ahí le acabo de avisar a Tyler por el enlace —intervino Rhys—. Está de camino a la plaza central junto con Brian y Lucian.
—¿Y Alex? —preguntó Bastian, mirando alrededor al notar la ausencia de mi Beta.
—Sigue intentando abrir la garita de la esquina... —respondí apesadumbrado, desviando la mirada con impotencia hacia esa trampa mortal de cristal y acero.
Los labios de Bastian se afinaron en una dura e implacable línea recta.
Nos quedamos todos en silencio unos segundos, observando con un nudo de dolor en la garganta la absoluta desesperación de Alex contra el panel bloqueado, cuando, de pronto, una serie de ladridos y aullidos de agonía nos alcanzaron.
La nueva tanda masiva de rebeldes y lobos místicos enemigos había hecho su ingreso a la plaza.
Pero ya no importaba el número ni el veneno, porque estábamos listos para luchar hasta la muerte por nuestra manada.