55 Amber
Amber
Mientras volábamos a toda velocidad en nuestras formas místicas hacia la garita más cercana, envié distintas corrientes de aire en todas las direcciones para hacer un mapeo preciso sobre las que ya se encontraban ocupadas por civiles y saboteadas desde el panel central.
En muy poco tiempo estaríamos corriendo una verdadera e implacable carrera contra el reloj por la vida de nuestra gente.
—¡Cory! ¡Avísale a Bastian por el enlace de que necesitan encontrar al programador central de las garitas! ¡Son demasiadas estructuras esparcidas por el territorio y no sé si llegaremos a tiempo para abrirlas todas antes de que se asfixien!
—¡Ya están en eso! —me respondió Cory mientras corría a mi lado—. Bastian está con Rhys en la puerta norte frenando la avanzada de los rebeldes, y Soren y Orion están concentrados en la plaza central intentando abrir la garita que tiene a Layla y a los cachorros encerrados adentro...
—¡Ahí está la primera!
Llegamos derrapando sobre la hierba ante una garita atestada de residentes de la zona. Había varios ancianos de la comunidad y algunas lobas con bebés en sus brazos.
«Esto no pinta nada bien, Amber...», mi loba estaba profundamente preocupada.
«Lo sé...».
Intenté buscar con ráfagas finas de aire alguna mínima fisura en el sellado neumático, pero las malditas cosas estaban realmente bien construidas.
Cory tomó una rama gruesa que estaba caída en el suelo y comenzó a golpearla con fuerza bruta contra uno de los vidrios blindados, el cual claramente no acusó el menor recibo del impacto.
—¡Esto no está funcionando! —protestó Cory, tirando la madera a un lado y arañando el cristal con sus garras sin lograr más que un chirrido—. ¡Maldición!
La gente adentro nos miraba con caras de profunda angustia. Nos llegaba de forma sofocada el llanto de algunos bebés a través del blindaje.
—¡Cory! ¡¿Y si sometemos la estructura a variaciones extremas de temperatura?!
—¡No está Rubí aquí con su fuego!... Podríamos intentar buscar un soplete, pero no sé dónde conectarlo en mitad del bosque y...
—¡¿Y a bajas temperaturas?! ¡Tu puedes congelar el metal hasta volverlo quebradizo!
—¡Sí! ¡Claro!
De inmediato, Cory comenzó a concentrar y congelar a nivel molecular toda la humedad presente en el aire alrededor de las uniones de las puertas de acero... El vidrio blindado, resentido por el choque térmico, comenzó a agrietarse en un patrón de telaraña, pero la estructura no pasaba de ahí.
Agarré la rama pesada que Cory había dejado tirada en la tierra.
—¡Hazte a un lado, Cory! —le advertí.
Comencé a golpear con fuerza desmedida las grietas heladas del cristal y el punto de unión entre las dos hojas metálicas.
El vidrio blindado comenzó a astillarse aún más con los impactos, pero las puertas mecánicas no cedían ni un milímetro.
Frustrada por la resistencia, dejé escapar un potente gruñido de entre los labios.
La gente del interior comenzó a señalarnos la situación desesperada: algunos lobos mayores habían tenido que sentarse en el piso debido a la alarmante falta de oxígeno dentro de la cabina.
—¡Vamos! ¡Cede de una buena vez! —Cory retomó el enfriamiento drástico, cubriendo la puerta con una gruesa capa de hielo cristalino.
Aprovechando el congelamiento, comencé a soplar un viento helado y a presión contra el hielo de Cory. De pronto, el metal de las puertas comenzó a crujir ruidosamente por el estrés térmico. ¡Sí!
Aparté a Cory de la trayectoria y, con una potente ráfaga de aire comprimido, aventé la dichosa rama pesada directamente contra las grietas y la unión helada, hasta que las hojas de acero se doblaron apenas un par de centímetros hacia adentro, dejando una abertura microscópica entre los bordes.
—¡Maldición, Amber! ¡No se rompe la estructura principal! ¡Casi ni entra aire fresco por esa minúscula ranura!
—No hace falta que se rompa del todo —dije, una sonrisa de un millón de megavatios iluminándome el rostro por la idea—. Esa pequeña abertura es más que suficiente…
—¡Pero si no pueden respirar por ahí! ¿Cómo crees que...? —la interrumpí, dirigiéndome con voz firme a la gente atrapada en el interior de la garita.
—¡Alejense de las puertas en este preciso instante, agáchense en el suelo y protéjanse la cabeza!
Todos adentro me miraron asustados a través del cristal astillado e hicieron de inmediato lo que les pedí.
Concentré una cantidad masiva de corrientes de aire exterior y comencé a empujar ráfagas a presión constante a través de la ranura.
Llené la garita de tanto aire comprimido en cuestión de segundos que la diferencia de presión interna hizo estallar los vidrios blindados hacia afuera en mil pedazos y voló por completo el techo de la estructura junto con el sistema saboteado de ventilación.
—¡Eres una auténtica genio! —Cory me rodeó el cuello en un rápido abrazo de pura euforia antes de correr de inmediato a ayudar a la gente a salir de los escombros.
—¡Pídele a alguien de la zona que se quede a ayudarlos, Cory! ¡Tenemos que correr de inmediato hacia la siguiente garita!
Ni un minuto después, dos guerreros de la guardia se acercaron corriendo para socorrer a los civiles liberados. A medida que salían de la maldita cosa, la gente nos agradecía con lágrimas en los ojos.
—No hay nada que agradecer —les aseguró Cory—.
Diríjanse a los centros de evacuación lo antes posible —luego, dirigiéndose a los dos guardias, ordenó—: Acompañen a este grupo y den aviso a más patrullas para que se dirijan a las garitas perimetrales a asistir a los civiles a medida que los vayamos liberando.
—¡A la orden, Luna!
Ya muchísimo más tranquilas por haber comprobado que nuestro método funcionaba, fuimos corriendo a la velocidad de un rayo hacia la siguiente garita más cercana. Esperaba con el alma llegar a tiempo para salvar a todos los atrapados.
¿Soren habrá sido capaz de abrir la garita de la plaza central donde están encerrados Layla y los niños? De verdad rezaba a la Diosa de la Luna por llegar a tiempo.