54 Soren
Soren
Luego de la estremecedora advertencia de Erika, me dirigí en una carrera frenética directo hacia la garita blindada de la plaza central. Layla, que se encontraba adentro encerrada junto a los cachorros de su curso escolar, se acercó de inmediato al vidrio reforzado para intentar comunicarse.
—¡¿Layla, Puedes abrir el mecanismo desde adentro?! —le pregunté con una preocupación que comenzaba a quemarme el pecho. Erika y Orion venían justo detrás de mí, observando con tensión cómo Layla buscaba y digitaba el código de seguridad en el panel digital interno.
Luego del primer intento, el teclado emitió un pitido rojo de error.
Arrugó el ceño, extrañada, e intentó digitar la clave nuevamente.
Por tres veces consecutivas más, el dispositivo volvió a arrojar una falla de acceso, y un sudor frío de puro pánico comenzó a atenazarme el alma.
Los sollozos ahogados de Erica a nuestras espaldas no ayudaban en lo absoluto a mantener la calma.
Orion, manteniendo la cabeza fría, le pidió a Layla mediante el enlace de la manada, que le dijera el número de código de la semana, e introdujo la secuencia de dígitos en el panel del lado exterior de la garita.
Otra vez dio un chillido sordo de error.
Luego de unos cuantos intentos más, Orion forzó el ingreso al menú de configuraciones generales del dispositivo, solo para descubrir con absoluto terror que la garita estaba completamente anulada.
No solo no se podían abrir las puertas neumáticas bajo ningún parámetro, sino que tampoco funcionaba el sistema de ventilación y climatización.
Y como la estructura era hermética para resistir gases y no había recambio de oxígeno, en algún momento cercano todos en su interior terminarían por asfixiarse...
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Presa de una desesperación salvaje, llamé a mi lobo para que me prestara las garras y transformándome parcialmente, comencé a arañar con violencia las ventana, las uniones de las puertas, cualquier superficie metálica...
buscando desesperadamente crear por lo menos una pequeña fisura en la estructura que les permitiera respirar aire puro sin problemas.
Al ver el despliegue de fuerza, los niños adentro comenzaron a asustarse, varios de ellos al borde del llanto.
Layla, manteniendo una postura serena y estoica, los calmaba a todos con una sonrisa dulce, asegurándoles que los Alfas resolverían todo en minutos.
Sabía perfectamente que cuanto más nerviosos y alterados se pusieran los cachorros, más rápido consumirían el poco oxígeno restante de la cabina.
—Me acabo de contactar por el enlace con los guardias de los otros sectores —comunicó Orion, el rostro desencajado—. Todas las garitas tienen exactamente el mismo bloqueo en los paneles.
—¡Maldición! —gemí de frustración, mientras continuaba con mi afán inútil de intentar astillar el blindaje.
—Los niños son más pequeños y el oxígeno dentro de esta garita debería alcanzarles un poco más de tiempo... pero me preocupan las garitas más aisladas, las que están llenas de gente mayor o de mujeres embarazadas...
—Layla, por favor no te preocupes —le prometí, pegando la palma a la ventana—. Los vamos a sacar de allí a como dé lugar. Te lo juro por mi vida.
—Lo sé, Alfa. Estaremos bien —me asintió con una solemnidad admirable. Su voz se escuchaba ligeramente apagada debido al aislamiento del cierre hermético. Acto seguido, se dio la vuelta para continuar consolando a los cachorros.
—¿A dónde demonios se fue Erika? —pregunté, sintiendo que el miedo instintivo comenzaba su ascenso vertiginoso por mi columna.
—Se fue corriendo hacia la linde del bosque ni bien comenzaste a arañar el vidrio de la garita —respondió Orion—. Probablemente fue a ver a sus...
Orion no pudo terminar la frase porque se nos echaron encima de golpe media docena de rebeldes infectados.
Para mi sorpresa, algunos de esos infelices comenzaron a desquitarse a zarpazos directamente contra la garita blindada.
Los dejé actuar un segundo mientras me ocupaba del resto en mi forma de lobo completa, calculando que tal vez sería de gran ayuda para nosotros si los rebeldes lograban abrir una mínima fisura en el metal con el veneno corrosivo que goteaban de sus garras y bocas.
Junto con Orion, comenzamos a sacarnos de encima a la horda de rebeldes, que lamentablemente no paraba de emerger entre la vegetación.
Por pura suerte, Doc nos había vacunado junto a todos los guerreros previamente y teníamos la fuente de agua de la plaza a escasos metros de distancia; porque si bien los rebeldes no eran rivales para nosotros, al atacarnos en masa lograban hacernos alguna herida superficial, y esa maldita baba negra ardía en la piel como el mismísimo infierno.
—¡Layla! —la voz llena de pánico, desesperación y locura de Alex llegó hasta mí.
Dándome la vuelta en mitad del combate, vi que mi Beta liquidaba de forma brutal a tres rebeldes que intentaban atacar la garita de los niños.
Se quedó en un absoluto silencio, mirando desesperado a través del cristal a su compañera predestinada, en lo que supuse era una intensa charla mental privada entre ellos.
En ese momento, cuando un lobo místico enemigo pensó en atacar a mi Beta por la espalda mientras estaba distraído, me interpuse de un salto y lo embestí de frente, sin darle el menor tiempo a procesar su entorno.
Abatida la amenaza con un golpe certero, le hice un asentamiento de cabeza a Alex y continué protegiendo el perímetro de la garita y a mi Beta, quien se encontraba notoriamente desesperado ante el encierro forzoso de su compañera.
«Parece que los místicos salieron a jugar en serio hoy», me enlazó Orion, él también transformado en su forma de lobo, que era tan descomunalmente grande que parecía un oso grizzly. Su tamaño físico era aún más impresionante que el del lobo de Bastian, lo cual ya era decir muchísimo.
«Sí... solo espero que Bastian y Rhys logren contener la puerta norte y darnos el tiempo necesario para resolver cómo sacar a la gente de estas benditas garitas...», respondí mentalmente, arrancándole la garganta de un mordisco seco a otro místico invasor.
«La verdad es que no parecen demasiado fuertes ni entrenados, estos», comentó Orion, destripando a otro enemigo con la facilidad con que se corta la mantequilla.
«O el difunto Varis tenía a los mejores guerreros de élite bajo su mando, o nosotros evolucionamos de alguna forma».
«Coincido contigo... Lo malo es que esta mierda negra es considerablemente peor que la versión anterior... me siento un poco aturdido...».
«Ve a darte un chapuzón en la fuente de la plaza para lavar esa porquería; en cuanto termines, hacemos cambio», le ordené mientras me abalanzaba contra dos rebeldes infectados.
Orion tenía toda la razón del mundo: los místicos de esta oleada no eran para nada fuertes ni diestros en el combate y los rebeldes tenían aún menos resistencia física, seguramente debido a la toxicidad devastadora de la nueva versión de la baba.
Amber, al igual que Coralie, ya nos había advertido que esa porquería química evolucionaba, o la hacían evolucionar artificialmente, volviéndola cada vez más letal para el organismo.
Nuestro antídoto actual funcionaba con la versión anterior del virus y no estaba diseñado para resistir la exposición a cantidades masivas como a las que estábamos expuestos nosotros en este preciso instante.
Iba a necesitar un buen enjuague de agua limpia muy pronto; a mí también me estaba empezando a dar vueltas un poco todo en la cabeza.
Amber...
Mi mente no podía dejar de volar hacia ella en medio del caos. Esperaba con el alma que no estuviese atrapada en ninguna de estas malditas garitas herméticas... ¿Sería capaz de sentir mi profunda preocupación por ella a través de nuestra marca a medio hacer?
¿Acaso sentiría algo si yo terminaba muriendo en este lugar?