Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 53 Rhys
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Al escuchar la sirena de ataque ulular en todo el pueblo, fuimos de inmediato con Bastian hacia la puerta norte del territorio, lugar donde había comenzado la violenta incursión de los rebeldes.

Junto con varios guardias y las patrullas fronterizas, corríamos a máxima velocidad transformados en nuestros lobos.

Soren y Orion se habían quedado al frente en la plaza central, ocupándose minuciosamente de que los niños ingresaran a las garitas de seguridad y de que los demás civiles se refugiaran en los centros de resguardo masivos.

Las chicas, siguiendo al pie de la letra el protocolo militar de evacuación, se habían desplegado hacia los diversos sectores residenciales, ocupándose de que todos los miembros de la manada llegaran a tiempo a las casas de seguridad.

Los Betas, por su parte, se aseguraban de que cada uno de los guardias y patrulleros estuviesen provistos con viales de agua para enjuagar la baba negra de la piel en caso de entrar en contacto directo, mientras que María y Doc se encargaban de proporcionar el antídoto que Coralie había preparado tras la anterior batalla.

Si lo que habían advertido Amber y Cory resultaba ser cierto, la versión química de la baba usada en esta nueva invasión sería ligeramente más letal, y era muy probable que nuestros antídotos actuales no fueran tan efectivos ni rápidos como la vez pasada; pero aun así, las dosis nos ayudarían a ganar un tiempo valiosísimo para salvar vidas.

Cuando finalmente alcanzamos el perímetro de la puerta norte, el escenario que nos recibió era sencillamente desastroso.

La baba negra estaba neutralizando a varios de nuestros guardias de primera línea, y lo peor de todo era comprobar que esa toxina también mataba a una velocidad pasmosa a los mismos rebeldes infectados.

También había algunos lobos místicos en el lugar, con su tamaño imponente, dedicándose a terminar de forma despiadada a nuestros guardias caídos.

«¡Rhys, tú y yo nos ocuparemos directamente de los lobos místicos! ¡Los demás neutralicen a los rebeldes como puedan, pero mantengan una distancia prudencial y tengan muchísimo cuidado con el contacto con la baba!», ordenó Bastian a través del enlace general.

Las directrices del Alfa se cumplieron a rajatabla.

Saltando con fuerza por encima de las filas de los rebeldes infectados, arremetimos de frente contra los místicos, quienes se encontraban distraídos en su matanza.

Para nuestra fortuna, estos guerreros no estaban ni de cerca tan entrenados en combate coordinado como los soldados de élite de Varis que enfrentamos en el pasado, o tal vez era simplemente que nosotros como guardia ya contábamos con experiencia previa en este tipo de enfrentamientos; el punto era que pudimos medirnos contra ellos uno a uno sin mayores complicaciones.

Eran colosales, masivos y verdaderamente letales, sí... pero nosotros lo éramos muchísimo más.

«¡Si pueden, intenten capturar con vida a por lo menos un rebelde! ¡Necesitamos información!», continuó coordinando Bastian sobre la marcha, sin perder la concentración mientras liquidaba a un par de místicos en su camino.

Cuando termine de ajustar cuentas con mi cuota de místicos y verifiqué que nuestros soldados hubiesen logrado inmovilizar a un par de rebeldes moribundos por la misma corrosión de la baba, desvié la mirada hacia la espesura del bosque que se extendía afuera de nuestro territorio, listo para darle una calurosa bienvenida a cualquier otro que intentara aproximarse.

En el interín, escuchaba a mis espaldas el brutal interrogatorio que Bastian les estaba aplicando a los prisioneros que aún seguían con vida —apenas— debido al veneno.

Habíamos vuelto a transformarnos a nuestra forma humana.

—¡¿Quién los manda?! —el comando Alfa que soltó Bastian fue tan aterrador y cargado de fuerza que algunos de nuestros propios guardias cercanos tuvieron que agachar la cabeza por instinto. Los rebeldes se desplomaban temblando sobre la tierra.

—Si los presionas con tanta fuerza los vas a terminar matando sin que puedan contarte nada útil, Bastian... esa porquería química los tiene completamente derretidos por dentro. No van a aguantar tu comando —le advertí sin quitar los ojos de la puerta, siempre vigilante del exterior.

Bastian dejó escapar un gruñido sordo de profundo fastidio, pero aflojó su aura de mando un poco... muy poco.

Uno de los rebeldes prisioneros, en un acto que aún no logro descifrar si fue de extrema valentía o de pura estupidez suicida, intentó arañarle la pierna a Bastian con el veneno negro chorreando de sus garras; para terminar de inmediato con la garganta arrancada de cuajo, cortesía del impulso instintivo de mi amigo.

Los demás prisioneros, al presenciar la ejecución instantánea de su compañero, comenzaron a balbucear de forma sumamente cooperativa y aterrorizada:

—¡El general! ¡Nos manda el general!

—¡¿Qué general?! ¡Su nombre! —rugió Bastian.

—¡Reed! ¡El general Milo Reed!

Giré la cabeza hacia atrás con tanta violencia y velocidad que sentí un latigazo cervical en los músculos del cuello.

Miré fijamente cómo Bastian liquidaba sin el menor remordimiento a los sobrevivientes con un golpe seco.

Un auténtico acto de clemencia, si me preguntan a mí; esa toxina negra los estaba royendo vivos desde las entrañas.

—Hay que ir a buscar a ese maldito bastardo ahora mismo —sentenció Bastian, limpiándose las garras de la mano.

Asentí rígidamente con la cabeza, volviendo a observar la espesura del bosque a través del cerrojo, intentando distinguir cualquier silueta enemiga entre la vegetación.

—Soren va a querer la cabeza de ese infeliz servida de postre —esbocé una sonrisa de lado, pensando en la inevitable y sangrienta venganza que ejecutaría mi amigo al enterarse.

—Su cabeza no le pertenece a Soren; le pertenece a Amber. Pero no me cabe duda de que nuestro amigo estará más que encantado de servírsela en bandeja de plata.

Dejé escapar una risa baja.

Dimos indicaciones precisas a la guardia para sellar la puerta norte como pudieran y acomodamos los turnos de los patrulleros para frenar cualquier otro avance de rebeldes o místicos en ese sector.

De regreso hacia el centro de la manada de vuelta a nuestra forma de lobo, nos aseguramos de que todos las personas a nuestro alrededor estuviesen debidamente resguardadas en las garitas o en los centros comunitarios, e intentamos rastrear el olor de cualquier rebelde o místico que hubiese logrado colarse de incógnito al interior del territorio.