51 Soren
Soren
Habían pasado tres días desde la aparición del casi tornado. La marca en mi cuello ya no estaba en carne viva; tenía un aspecto más normal sobre la piel, pero aun así latía con fuerza. Estaba incompleta y parecía estar llamando desesperadamente a su contraparte con su pulsar constante.
Le había preguntado a Alex y a Bastian cómo hacer para cerrar el vínculo desde mi lado, pero nada de lo que me dijeron funcionó. Al estar incompleta la marca, parecía que también era incompleto el control sobre el vínculo.
Así que me limitaba a enmascarar mi profunda frustración cada vez que recordaba las palabras de Amber en el claro:
¡Ella quiso marcarte!
Por momentos, la frase se me repetía en la cabeza en un bucle infinito y desgarrador, aumentando mi desesperación.
Así que me llené de actividades a más no poder, para tener la mente y el físico constantemente ocupados y no tener tiempo para pensar...
o sentir. Era consciente de que se trataba de un mero efecto placebo, pero por el momento no se me había ocurrido nada mejor.
Me había apuntado a todos los entrenamientos: con niños, adultos, guardias, patrullas, lo que fuere.
Tampoco le daba el menor respiro a Milo Reed.
No permitía que se acercara a Amber bajo ninguna circunstancia.
Lo seguía como una sombra en sus momentos de descanso y lo esperaba firme en el porche de la casa de Amber bastante antes del horario obligatorio de salida.
No le quedaba más remedio que emprender la retirada, no sin antes fulminarme con la mirada.
La primera vez que vio mi marca en el cuello se volvió tan jodidamente loco que comenzó a golpear salvajemente a uno de sus propios técnicos en la calle, al punto de que tuvimos que separarlo por la fuerza y expulsarlo del territorio.
El pobre técnico simplemente le había comunicado minutos antes que había encontrado a su compañera en nuestra manada y que tenía pensado quedarse a vivir en las Cuatro Lunas.
Reed perdió por completo todo raciocinio.
A pesar de que Amber casi no hablaba conmigo debido al trauma de la culpa, yo no iba a dejarla a la merced de un psicópata. Así que una vez que me aseguraba de que Reed se fuera del perímetro, entraba a la casa en silencio y le preparaba la cena junto a su té de jengibre favorito.
Por suerte, el viernes había sido el último día de su nefasta presencia en el pueblo, ya que las instalaciones de las cámaras y garitas habían terminado, al fin.
Por su parte, Amber se quedaba encerrada en la casa.
Las chicas se turnaban para hacerle compañía constante y, sobre todo, para evitar que se perdiera a sí misma.
Según me explicaba Coralie, se seguía culpando por todo, sin poder perdonarse por haber perdido el control de su loba.
Layla insistía en que me quedara con ella y la abrazara para afianzar el vínculo, pero honestamente me dolía demasiado.
Amber no le permitía a su loba siquiera asomarse a la superficie, y al fin y al cabo la que me quería allí era la loba... no la mujer.
Sabía perfectamente que se trataba de un problema de comunicación entre nosotros, y que la situación requería tiempo, pero la realidad era que yo no estaba de ánimos para empatizar con nadie más que con mi propio lobo, que iba por mi mente llorando a moco tendido debido al rechazo.
Desconocía si Amber sentía, mediante el vínculo a medio hacer, todos estos conflictos internos que me atosigaban. Y si lo hacía, nunca me dijo absolutamente nada.
Así que habíamos llegado al sábado. Estaba ayudando a Layla y a Orion a enseñarle a los niños de primaria —la clase de Layla puntualmente— a defenderse ante un posible ataque enemigo.
Ya les habíamos hecho aprender de memoria el plano de evacuación dependiendo de dónde se encontraran en el territorio de la manada, y ahora les estábamos mostrando algunas maniobras de evasión en caso de que alguien quisiera agarrarlos por la fuerza.
De golpe, la sirena de alarma de ataque general comenzó a ulular en todo el territorio con un ensordecedor chillido metálico.
Compartimos una mirada fija y cargada de gravedad con Orion.
—¡Ese maldito bastardo está atacando un sábado al mediodía!
Mi lobo dejó de lloriquear al instante y se puso en modo combate. No iba a permitir que nadie lastimara a un solo miembro de esta comunidad.
Como un equipo aceitado y militarmente preparado, comenzamos a dar órdenes a viva voz a todas las personas que nos rodeaban en el sector de la plaza para que se dirigieran de inmediato a los puntos de evacuación y protección.
Layla y los niños corrieron rápidamente hacia una de las nuevas garitas blindadas, ubicada cerca de la plaza central. Como las estructuras eran amplias y los cachorros pequeños, cabían cómodamente en su interior.
Lo mismo hicieron los demás cursos de la escuela, que estaban entrenando en otros cuadrantes con los demás Alfas y Betas.
El hospital ya se encontraba al completo entre los enfermos y el personal médico. La gente civil que estaba en sus casas debía dirigirse a los puntos de encuentro si estaban cerca, o resguardarse en las nuevas garitas perimetrales.
Entre la multitud de lobos que corría para ponerse a resguardo, una voz desesperada comenzó a abrirse paso a gritos.
Erika Portman gritaba mi nombre y el de Orion entre lágrimas ahogadas, mientras se acercaba corriendo a toda velocidad hacia nuestra posición.
—Ahora no, Erika —le cortó Orion con severidad, mientras se aseguraba de que los ancianos más débiles ingresaran rápidamente al edificio del hospital.
—¡Por favor! ¡Tienen que escucharme! ¡No están a salvo!
Yo también estaba perdiendo por completo la paciencia con esta loba.
—Ve con tus padres al punto de evacuación ahora mismo, Erika, no estás ayudando en nada aquí —le espeté.
—¡Por favor, escúchenme! ¡Nadie está a salvo! ¡Sáquenlos a todos de ahí ya mismo!
—¿De qué demonios estás hablando? —el rugido de voz Alfa de Orion la dejó temblando en el sitio.
—¡Las garitas! —gritó Erika en un sollozo de puro pánico—. ¡Sáquenlos a todos de las garitas antes de que sea demasiado tarde!