Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 48 Soren
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48 Soren

Soren

La noticia alarmante que me había dado Rhys en el cine me tenía de verdad frenético... otra vez.

«No debimos haberla dejado sola en esa cabaña ni por un segundo», rugió mi lobo, dando vueltas en mi mente con los colmillos fuera.

«Pensé que lo más correcto era darle el espacio que le prometí», me justifiqué.

«Bueno, pues se acabó el espacio. Es infinitamente mejor prevenir que curar. Prefiero mil veces que nuestra compañera nos odie por sobreprotegerla que tener que lamentar una tragedia después».

«En eso estamos plenamente de acuerdo, sarnoso».

Llegué a la cabaña de Amber prácticamente volando por los senderos oscuros del pueblo.

Al aproximarme, vi que tenía las luces de la casa encendidas, así que toqué rápido y con fuerza a la puerta de madera.

Unos pasos apresurados se acercaron desde el interior y una Amber con el rostro marcadamente preocupado abrió la puerta.

No le di el menor tiempo a preguntar nada.

Invadí de inmediato su espacio personal en el recibidor, crucé el umbral y le tomé el rostro con ambas manos, evaluando febrilmente con la mirada si se encontraba sana y salva.

Miré rápidamente por encima de su hombro hacia la sala para comprobar si no había alguien escondido y, al ver que estaba completamente sola en la casa, la besé con una desesperación y un alivio aplastantes por tenerla entre mis brazos.

Cuando finalmente me separé un par de centímetros de sus labios, ella me miraba totalmente desorientada.

—¿T-todo... b-bien? —preguntó en un hilo de voz, ruborizándose lentamente hasta las orejas.

Me negué rotundamente a soltarle las mejillas.

—Perfectamente bien —dije, dejando escapar un suspiro de alivio monumental desde lo más profundo de mi pecho y apoyando mi frente en la suya—. ¿Puedo pasar?

—S-sí... —dio un par de pasos tambaleantes hacia atrás para permitirme el ingreso.

Cerré la puerta de entrada de un golpe con el pie, ya que mis manos seguían firmes sosteniéndole el rostro.

Amber continuaba observándome entre preocupada, atónita y sorprendida, buscando el origen exacto de mi tensión directamente en mis ojos, casi como si tratara de leer a través de ellos.

En mi desesperación ante la idea de perderla, volví a besarla con ímpetu; esta vez rodeándole la cintura con los brazos para pegarla por completo a mi cuerpo.

Si hubiese existido la posibilidad de fundirme con ella en ese instante, lo habría hecho sin dudarlo.

Su delicioso aroma a naturaleza fresca me estaba tranquilizando a tal punto que mi lobo comenzó a ronronear tan fuerte y de forma tan ridícula en mi garganta que Amber comenzó a reírse abiertamente en medio del beso. A regañadientes, tuve que soltarla un poco para dejarla respirar.

—Lo siento muchísimo, Amber... estábamos realmente preocupados por ti —admití, sintiéndome nervioso y tocándome la parte posterior del cuello en un gesto marcadamente bochornoso.

Ella inclinó levemente la cabeza a un lado, mirándome como si preguntara en silencio ¿por qué?

—Rhys me acaba de informar que Milo Reed se fue recién de la manada, cuando debería haberlo hecho de forma obligatoria hace más de tres horas. Me imaginé de inmediato que el infeliz había venido directamente aquí a importunarte. Lo siento de corazón, no debí dejarte sola en ningún momento hoy.

—N-no... h-hay... p-pro-blema... L-lo... e-ché —me dijo, esbozando una sonrisa sumamente tranquilizadora.

«¡Esa es nuestra Luna! ¡Bien hecho!», vitoreó mi mitad animal, dando saltos de orgullo.

—Si no te molesta, vendré todos los días exactamente en el horario de salida de los técnicos para asegurarme personalmente de que ese tipo se vaya del perímetro y no vuelva a molestarte.

—¿P-por... q-ué... d-debe-ría... m-moles-tarme?

—Bueno, te prometí darte espacio y tiempo para pensar, y estando metido aquí todas las tardes no estaría cumpliendo mi palabra... Pero con mi lobo coincidimos en que preferimos que nos odies por ser sobreprotectores que tener que lamentar no haber estado a tu lado cuando nos necesites...

—A-ah... e-está... b-bien... P-pue-des... v-ven-nir... c-cuan-do... q-uie-ras...

Su rubor aumentaba notablemente de intensidad con cada palabra, al igual que el tartamudeo. A estas alturas ya me había dado cuenta de forma clara de que esa traba vocal le sucedía única y exclusivamente conmigo, porque cuando la escuchaba hablar con los demás sonaba firme, resuelta y decidida.

«Es que nuestra compañera es demasiado adorable...», suspiró mi lobo.

«Sí que lo es», concordé, y sonreí automáticamente.

—¿Ya cenaste algo, Amber?

—N-no... p-pero... n-no... t-ten-go... h-ham-bre... C-comí... m-mu-chos... p-pos-tres...

—¿En la pastelería de Carla? ¿Qué clase de manjares preparó esta vez?

... De todo un poco, pero la verdadera perdición fueron dos porciones gigantescas de pie de limón que mi loba me obligó literalmente a comer. Es aún más golosa e insaciable que yo, por más increíble que parezca...

No sé si se había dado cuenta de que había pasado a comunicarse a través del viento o si le salió por puro instinto, pero a mí no me importaba en lo absoluto.

Me fascinaba que pudiera hablar conmigo sin tener que contenerse ni sufrir la frustración de sus cuerdas vocales.

Me encantaba que pudiera ser ella misma sin filtros.

Y si para lograr eso implicaba el uso constante de la brisa, bienvenida fuera para siempre a mi vida.

... ¿Y tú qué estabas haciendo antes de venir corriendo?...

—Estaba en el cine de la casa de la manada viendo una película de acción por décima vez junto a Orion y Rhys, hasta que me informó sobre lo de Reed —admití—. Si estás muy cansada, puedo irme ahora mismo. Vine volando solo porque estaba profundamente preocupado por ti.

... Si quieres, podemos terminar de verla aquí juntos. La película, me refiero...

—Solo si a ti verdaderamente te interesa y si no estás agotada, Amber; si no, me voy con gusto a mi cuarto y te dejo descansar tranquila.

... No... no te vayas, Soren... La película está perfecta. No me importa el género...

«¡Quiere que nos quedemos a su lado! ¡Nos necesita tanto como nosotros a ella!», celebró mi lobo, fuera de sí de la alegría.

Me dolían los músculos de la cara de tanto sonreír. Realmente no recordaba la última vez que me había sentido tan feliz y pleno.

—También podemos buscar en la televisión algo que te guste a ti. Honestamente, ya me sé de memoria esa película.

... ¿De qué se trataba exactamente?...

—De acción, carreras de autos a alta velocidad y esas cosas.

... ¡Genial! Me encantan con locura las películas de carreras, motores y velocidad...

Como siempre, Amber me sorprendía a cada minuto que pasaba a su lado. Normalmente, las lobas preferían ver alguna comedia romántica o un melodrama desgarrador. Mi compañera predestinada, en cambio, prefería la adrenalina, la acción y la aventura.

«En la feria anoche te dijo claramente que le fascinaban las alturas y el viento rápido; me parece de lo más lógico que le gusten las películas que traten sobre eso...», me recordó el lobo.

«Aun así, no deja de sorprenderme y enamorarme a cada segundo».

Nos acurrucamos juntos en el sillón de la sala, y ni media hora después Amber se había quedado profundamente dormida, recostada cómodamente sobre mi brazo y con la cabeza apoyada en mi hombro.

La observé dormir en silencio durante unos minutos, maravillándome con la paz de sus facciones, hasta que decidí llevarla a su habitación para que estuviese verdaderamente cómoda toda la noche.

Apagué el televisor con el control y la levanté en volandas con extrema delicadeza.

La acosté despacio sobre su cama y le quité las pantuflas para que pudiese descansar mejor las piernas.

Cuando estaba a punto de erguirme para marcharme a la sala, su mano derecha sujetó con fuerza la mía.

Me di la vuelta de inmediato para mirarla y vi que sus ojos estaban ligeramente abiertos, observándome con una expresión cargada de algo muy parecido al pánico.

Me preocupé al instante y me agaché en el piso hasta quedar a la altura exacta de su rostro.

—¿Qué pasa, compañera? ¿Estás bien?

—N-no... t-te... v-va-yas... —murmuró con la voz rota.

—Tienes que descansar cómoda, Amber.

—N-no... n-no... t-te... v-va-yas... N-no... m-me... d-de-jes...

—Nunca —le prometí con el alma.

Su expresión de angustia se suavizó un poco al escucharme, y giró sobre el colchón para hacerme espacio a su lado.

Me quité los zapatos de inmediato y me acomodé en la cama junto a ella.

Enseguida, Amber se recostó contra mi costado, hundiendo el rostro en el hueco de mi cuello e inhalando profundamente mi aroma.

Dejó escapar un suspiro de absoluta paz y, casi inmediatamente, se volvió a quedar dormida.

«Bueno, humano, como que no te queda otra opción más que quedarte a velar su sueño», dijo mi lobo, satisfecho y somnoliento en mi cabeza.

«Supongo que no…», me dije con una sonrisa.

Procedí a rodearla con ambos brazos para pegarla a mi pecho, cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño a su lado.