Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 46 Amber
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Amber

Layla me había acompañado amablemente hasta mi cabaña luego de la hermosa juntada en el bar de Carla. Cory y María se habían desviado hacia el hospital para cubrir el turno de la tarde y Amy tenía la tarea de recibir a un grupo de lobos nuevos en la puerta sur de la manada.

De camino, Layla me venía contando con mucho entusiasmo sus planes para fomentar en los niños de primaria el estar muchísimo más alertas ante determinadas situaciones de peligro, y me ofrecí como voluntaria para ayudarla en las clases semanales.

Ahora que caminaba bastante mejor y que no me cansaba tanto, podría ayudarla y sentirme verdaderamente útil dentro de la comunidad.

Como en la cafetería había comido literalmente hasta reventar —cortesía de una doble ración de lemon pie que mi loba me exigió a gritos—, no pensaba cenar nada pesado, así que me preparé un té de jengibre caliente para bajar toda esa comida.

Estaba en la cocina cuando alguien tocó suavemente a mi puerta.

No reconocí el rastro de olor de inmediato, así que fui a abrir con la taza en la mano. No pude contener mi gesto de profundo disgusto al encontrarme a Erika Portman parada del otro lado del umbral.

—Hola, Luna... —saludó en un susurro.

La miré de arriba abajo, levantando una ceja con total desconfianza. Su saludo había sido apenas audible, a pesar de ser marcadamente respetuoso. Demasiado educado para tratarse de ella.

—¿Qué vas a pedirme esta vez? —le exigí.

—Yo... yo quería hablar a solas contigo, Amber... Sé que no empezamos para nada bien nuestra relación...

—¿Jajaja, que no empezamos bien? —mi sarcasmo era evidente.

¿Acaso se estaba burlando de mí en mi propia cara?

—. Nunca hubo la menor posibilidad de comenzar nada entre nosotras, Erika; ya que aun sin conocerme de nada, decidiste insultarme y faltarme el respeto desde el primer día.

Ni hablar de que fuiste profundamente discriminatoria y prejuiciosa con mi condición.

Sigo preguntándome cómo demonios es posible que seas la tía de un niño tan amable y educado como Derek.

—No, por favor, escúchame un segundo...

—No, la verdad es que no me interesa en lo absoluto escucharte.

—Mi compañero predestinado no me quiere, Amber —soltó de golpe, la voz quebrándosele en un hilo de llanto—. Él... él no quiere marcarme porque dice que quiere a otra loba.

Me dio mucha lástima escuchar la crudeza de su confesión.

En algún punto de mi corazón no pude evitar identificarme con su dolor, recordando los días oscuros en los que Soren me rechazaba en silencio aun sin decir una palabra, por el simple hecho de ser diferente a las demás lobas.

En aquel entonces, yo estaba ciegamente convencida de que Soren secretamente hubiese preferido tener a cualquier otra compañera menos defectuosa que yo.

Sabía perfectamente lo desgarrador que era sufrir por una parálisis o un rechazo como ese, y si bien Erica no era para nada santa de mi devoción, era una agonía que no le deseaba ni a ella ni a ninguna otra mujer sobre la tierra.

—Lo siento pero no entiendo qué tiene que ver conmigo...

—Él no es un buen lobo, Amber... es un manipulador y estoy completamente segura de que...

—¡Hola, Amber! Pensé que a esta hora estarías cenando en la casa de la manada —Erika fue abruptamente interrumpida por la voz de Milo Reed, quien últimamente no dejaba de deambular sin vergüenza por esta zona.

—Hola, Milo. Hoy prefiero quedarme a descansar en mi casa —respondí secamente.

—¿Puedo pasar un momento? Tal vez podamos tomar una buena taza de café juntos y platicar —propuso, dando un paso hacia la entrada.

«¿Por qué será que ese lobo no registra en su cabeza que no te gusta para nada el café?», bufó mi loba.

«Porque es un narcisista consumado y solo se interesa por sus propios gustos; me sorprende que a estas alturas aún no lo entiendas».

«Es un tipo realmente agotador, Amby... y si le sumamos la presencia de la arpía en el porche, nuestra noche no podría ir peor...».

—Lo siento mucho, pero estoy muy cansada hoy y voy a descansar desde temprano —le corté en seco a Milo.

Erika me miraba fijamente con una expresión marcadamente nerviosa. Supongo que el tremendo estrés del rechazo de su compañero la tenía muchísimo más sensible y desestabilizada de lo normal.

—Yo me iré, Luna... Que tengas muy buenas noches —articuló Erika en voz baja, y se fue caminando hacia la cabaña de sus padres arrastrando los pies por el sendero.

Milo se la quedó mirando con desagrado un par de segundos hasta que volvió a fijar sus ojos en mí, intentando convencerme una vez más de dejarlo cruzar la puerta:

—Podemos charlar sobre los viejos tiempos de nuestra infancia como siempre, Amber; para recuperar todo el tiempo que perdimos separados.

—Realmente estoy muy cansada, Milo. Y tú deberías irte de la manada de inmediato. Hasta donde yo sé, el horario de salida para el personal autorizado a los trabajos técnicos ya pasó hace más de tres horas.

No le di el menor tiempo a responderme ni a inventar otra excusa; cerré la puerta de madera de un solo golpe rápido. Me quedé inmóvil en el recibidor, escuchando atentamente a través de la madera cómo sus pasos pesados se alejaban finalmente de mi casa.

«Ese lobo es demasiado persistente e invasivo, Amby. Y deberías informar de inmediato que a estas horas de la noche sigue deambulando solo por la manada».

«Sí, tienes razón. No me gusta para nada que crea que tiene luz verde para andar a sus anchas por el territorio. Mañana por la mañana iré a decírselo a Soren».

«¿A Soren?», mi loba alargó las vocales con pura malicia. «Pensé que el responsable de la seguridad de la manada era Rhys... ¿Para qué querrías ir a hablar específicamente con Soren? ¿Eeeeh?».

La muy ladina seguía haciéndome burla sin compasión en mi cabeza.

«Tienes toda la razón, iré a hablar directamente con Rhys. No sé para qué querría ver a Soren...», le seguí el juego con sarcasmo.

«¡No! ¡Estaba bromeando, tonta! ¡Vayamos a ver a nuestro compañero! ¡Es más, vayamos ahora mismo a su habitación!».

«No. Si Milo anda rondando por los alrededores a estas horas, no quiero darle más municiones ni generar un espectáculo. Mañana temprano iré a hablar a la casa de la manada».

«Con Soren. No con Rhys. Con Soren», me machacó la muy pesada.

«¡Jajaja, sí! ¡Con Soren, loba maníaca!».