41 Amber
Amber
Últimamente me sentía de un humor muchísimo mejor.
Ya podía acompañar a Cory en sus rondas médicas comunitarias con bastante más energía en el cuerpo y ayudarla a atender en un par de casas más de lo habitual.
También caminaba a un paso un poco más rápido y sin sentir tanto dolor punzante en las articulaciones.
Personalmente, le atribuía todo ese avance al simple hecho de que ya no me cruzaba tan seguido a Milo en las calles con su agobiante toxicidad y su persistencia machacona para que lo dejara todo en las Cuatro Lunas y lo siguiera.
Mi loba, sin embargo, no opinaba para nada igual que yo. Ella estaba ciegamente convencida de que mi mejoría física se debía a que Soren finalmente nos estaba aceptando; pero como yo ni siquiera le veía el pelo a mi supuesto compañero últimamente, dudaba enormemente de que fuera por eso.
En realidad, mi mitad animal y yo discutíamos bastante sobre ese tema en particular.
Seguían pasando los días y yo no lograba forjar un vínculo de ningún tipo con mi compañero predestinado debido a su ausencia.
Y el lobo que no lo era, en cambio, estaba completamente desesperado por tenerlo.
Me sentía literalmente como una bola con dos manijas, cada una sostenida con fuerza por un lobo diferente.
Soren solo la sujetaba con firmeza en su sitio, y si Milo se atrevía a tironear del extremo, Soren no aflojaba su agarre ni medio centímetro.
De no encontrarme atrapada en una situación tan complicada con mi movilidad reducida y con los rebeldes y Jett pisándome los talones, los habría mandado a ambos al mismísimo infierno y me hubiese ido lejos a disfrutar de la vida. Libre como el viento.
En cambio, aquí me encontraba, ayudando a Cory a ventilar la sala de una casa con un intenso olor a rancio y enfermedad, luego de que una anciana de la comunidad saliera finalmente de su convalescencia.
—Venga, Luna Amber, hoy tengo nuevamente de esos pastelitos de canela que le gustaron tanto la semana pasada —nos recibió el dueño de casa con una sonrisa cálida.
Seguía sin entender cómo dos lobos ancianos tan sumamente amables, dulces y respetuosos habían podido engendrar a una loba tan asquerosa como Erika Portman.
Los padres de Erika eran un verdadero amor de personas.
Tampoco se los podía acusar en la manada de ser oportunistas o falsos con nosotras por nuestro estatus místico, porque realmente estaban felices con mi presencia y la de Cory en su hogar; aunque Cory era la que hacía todo el trabajo pesado de sanación mientras yo me atiborraba feliz con las ricuras puestas adorablemente sobre la mesa ratona.
—Gracias... son muy amables —articulé sin esfuerzo, logrando formar la frase.
El hombre me miró con los ojos bien abiertos de pura sorpresa al escuchar mi pronunciación tan clara. Tú y yo, amigo, tú y yo.
Últimamente, si me encontraba con los nervios completamente relajados y en un ambiente seguro, podía hablar casi sin tartamudear y prácticamente sin hacer muecas raras con el rostro.
Claramente todos mis esfuerzos vocales se iban directo al garete cuando estaba presente la nefasta descendiente de la familia, pero afortunadamente hoy no era ese día.
—Señor Portman, en muy pocos días podrán retomar sus paseos matutinos juntos por el pueblo —le indicó Cory, guardando sus viales de agua—.
Pero tómenselo con muchísima calma; habrá que entrenar nuevamente el cuerpo de su compañera, así que le encargo de forma especial que vayan despacio y por el momento caminen únicamente por terrenos más planos, hasta que recupere la fuerza y la tonicidad muscular en la cadera.
—Por supuesto que sí, Luna Coralie, yo mismo me encargaré de vigilarla a cada paso —respondió el anciano, mirando a su compañera y guiñándole un ojo con infinita ternura.
Yo me quedaba completamente encantada y suspirando por dentro cada vez que presenciaba esas espontáneas muestras de cariño y complicidad tan puras entre los compañeros predestinados de la manada.
«Falta muy poco para que nosotras también tengamos exactamente lo mismo, Amby; nuestro compañero ya nos quiere con el alma. Sé que es así», insistió mi loba, continuando con su fe ciega en lo que a mí me parecían sueños imposibles.
Levanté los ojos al cielo en silencio, como pidiéndole paciencia a la Diosa de la Luna. Mi mitad animal parecía una auténtica adolescente enamorada que se negaba rotundamente a ver la dura realidad.
«Sí, claro... si tú lo dices...»
Mientras estábamos caminando una al lado de la otra de regreso hacia el hospital, vimos pasar a lo lejos por el sendero a Erika Portman.
Parecía estar llorando desconsoladamente, a juzgar por lo seguido que se restregaba los ojos con la manga de la chaqueta.
Increíblemente, con lo atenta que solía estar para molestar, ni siquiera notó nuestra presencia a un lado del camino; tampoco vino a halagar de forma falsa a Cory o a insultarme a mí por mi condición.
—¿Qué le habrá pasado ahora a esa mujer? —pregunté intrigada, viéndola perderse entre las cabañas.
—¿En serio te interesa saber qué le pasa, después de todo el daño que te hizo ante el Consejo? —Cory me miró de lado, levantando una ceja con absoluta sorpresa.
—Wow... y yo que pensé que tú eras la más sensible y empática...
—Lo soy, Amber, pero tampoco me olvido de la crueldad o de las ofensas gratuitas hacia las personas que quiero.
Rápidamente, aprovechando un chispazo de energía, me puse justo delante de ella sobre el sendero, bloqueándole el paso y obligándola a detenerse en seco.
—Sabía perfectamente que por dentro eras blandita como un malvavisco rosa, mi poderosa Guerrera del Agua —dije, haciendo un tierno puchero mientras le agarraba las mejillas con ambas manos para apretárselas.
Cory se puso completamente colorada y nerviosa ante la escena pública. Con un movimiento rápido y coordinado, liberó su rostro de mis “amorosas” caricias gritando un divertido: “¡Basta!”.
De golpe, una mezcla de ruidosas risas masculinas y otras marcadamente más infantiles nos rodearon desde el lindero del bosque.
De ser posible, Cory se volvió aún más roja de la vergüenza y yo estallé en carcajadas.
Cuando por fin pude recuperar la respiración, vi a Bastian y a Soren saliendo de entre los árboles acompañados por un grupo de lobos adolescentes, todos profundamente transpirados.
Supuse de inmediato que los Alfas los habrían estado entrenando de alguna forma física bastante agotadora, porque los muchachos parecían verdaderamente encantados de poder reírse y descansar un ratito.
Cory fue volando con toda su vergüenza a cuestas directo a los brazos de Bastian, quien la recibió con una sonrisa radiante en el rostro. Pero en cuanto lo abrazó por el cuello, inmediatamente se soltó de él, dando tres pasos exagerados hacia atrás.
—¡Hueles espantoso!... —le dijo, arrugando la nariz con un gesto de asco que hizo estallar a todos los presentes en risas nuevamente.
—Venimos de completar una carrera bastante extenuante por la montaña —explicó Soren con una amplia sonrisa, indicando con la cabeza hacia los jóvenes lobos, quienes miraban prácticamente hipnotizados a Cory.
Supongo que para unos cachorros, estar parados ante una Guerrera legendaria como mi hermana era lo equivalente a estar frente a una deidad.
—Vamos, compañera, acompañemos a estos pequeños guerreros a reunirse con sus padres y después te acompaño yo mismo al hospital —Bastian la tomó cariñosamente de la mano y se la llevó con todo el séquito de jóvenes a cuestas.
Los vi alejarse felices por el sendero, mientras mi loba suspiraba melancólica en mi mente, ansiando con todas sus fuerzas un vínculo tan natural como el de ellos.
Cuando me di la vuelta para encaminarme sola hacia mi cabaña, me topé de frente con Soren, quien me miraba fijamente con una expresión cálida y sonriente.
«¡Es que es tan sumamente hermoso!...», chilló mi loba.
«¡Basta! ¡Sal de la cuneta de una buena vez!», la regañé internamente.
—Iba a mi casa... —articulé, mirando el suelo.
¿Y por qué demonios le estoy dando explicaciones de mis itinerarios a este hombre?!
—¿Puedo acompañarte? —inquirió Soren, acomodándose la camiseta deportiva sudada.
—No hace falta Alfa...
—No es ningún problema para mí, Amber. Además, la verdad es que me gustaría pasar más tiempo a solas contigo.
—Pero camino lento...
—Mucho mejor para mí, así me obligo a bajar el ritmo —comentó, adaptando su paso al mío—.
Bastian estaba hoy en una misión personal: destrozar a esos cachorros hasta que no les quedara ni una gota de energía para pedir agua.
Está completamente decidido a que aprendan lo básico de combate militar para defenderse y que sean sumamente rápidos a la hora de huir si hace falta.
Nadie quiere repetir lo que pasó con el ataque sorpresa de Varis.
—Supongo que es inevitable que nuestra presencia aquí atraiga a los peores depredadores... —dije con un tono derrotado, bajando la cabeza. No era para nada justo que esta comunidad tan pacífica se viera atacada y al borde de la destrucción por culpa mía.
—Puede que tengas razón en eso... pero aun así, no cambiaría tu presencia en esta manada por nada del mundo, Amber.
Lo miré profundamente sorprendida por la contundencia de sus palabras. Sentía que mi loba interna estaba a punto de desmayarse de la pura emoción dentro de mi pecho.
—Amber... ¿te gustaría salir conmigo esta noche? —soltó de pronto.
Dejé de caminar de golpe en mitad del sendero.
—¿Salir... contigo?
Soren, que se había adelantado un par de pasos por la inercia, se detuvo en seco y se dio la vuelta para mirarme directamente a los ojos.
—Sí... como en una... cita —admitió, llevándose la mano a la parte posterior del cuello en un gesto marcadamente nervioso que jamás le había visto hacer.
«¡UNA CITA! ¡DIOS MÍO, UNA CITA!», gritó mi loba descontrolada.
—¿Una... cita?
«¡¿Qué parte de la palabra no entiendes, humana tonta?! ¡Una cita! C. I. T. A. ¡CITA!».
—Sí, podríamos hacer algo divertido juntos... o ir a cenar a algún local tranquilo que te guste... o simplemente buscar un lugar apartado en el bosque y charlar sin interrupciones —propuso Soren, su tono volviéndose cada vez más suave.
«Me desmayo. Me muero. Me muero de la emoción y después me desmayo otra vez».
—Conmigo. —repetí, necesitando procesar la información.
Soren me miró con una ternura infinita y una sonrisa sincera dibujada en los labios.
—Sí, Amber. Contigo.
«¡Vamos, respóndele de una vez! ¡Dile que sí! ¡No te atrevas a rechazarlo, ¿me oíste?! ¡O verás quién soy realmente!».
—Eh... bueno... supongo que... podríamos... sí... —lo último salió como un suspiro casi imperceptible, tanto que me extrañó enormemente que alguien con oído humano hubiese sido capaz de escucharlo.
«¡No lo puedo creer! Nuestro compañero por fin te cura el tartamudeo, ¡pero tú comienzas a balbucear!...», se burló mi mitad animal, dando saltos de alegría.
—¡Genial! Paso por ti a tu cabaña a las siete en punto, ¿te parece bien? Así me da tiempo de darme una ducha y cambiarme... no quiero apestar en nuestra primera cita.
—Oh... ok... —esta vez fue mi turno de ponerme tan colorada como un tomate, al punto de que tuve que llevarme ambas palmas frías de las manos a las mejillas para intentar refrescarme y no autocombustionar de la vergüenza delante de Soren.