39 Amber
Amber
Luego del papelón monumental de haber llorado hasta deshidratarme por completo en los brazos de Soren, intenté con todas mis fuerzas recobrar un poco de dignidad.
Me enfoqué de lleno en cualquier actividad comunitaria que me permitiera mantener la mente ocupada y poner el foco bien lejos del horror de esa trágica noche de mi infancia.
Como en los últimos días me venía sintiendo con un poco más de energía de la que acostumbraba tener en mi cuerpo, decidí empezar a acompañar a Coralie en sus visitas médicas a las cabañas de los miembros de la manada que solicitaban una sanadora, pero que debido a sus dolencias no podían acercarse por sus propios medios al hospital.
Claramente yo no hacía el recorrido completo, pero mi resistencia actual me permitía visitar unas cinco casas cercanas a la mía sin sufrir calambres.
Eso era algo simplemente impensado y milagroso antes de llegar a las Cuatro Lunas.
«Es la cercanía y la aceptación de Soren sanandote de a poco, te lo dije desde el primer día», insistía mi loba con suficiencia cada vez que me sorprendía a mí misma de lo firmes y fuertes que se sentían mis piernas.
«Sí, sí... ya te escuché perfectamente la primera vez que lo sugeriste, ¿sabes?».
La única nota verdaderamente disonante del itinerario ocurrió hace una semana exacta.
Una de las cabañas más alejadas de la zona comercial había solicitado con urgencia la presencia de un sanador porque, aparentemente, una señora mayor se había caído de forma aparatosa por la escalera de su casa y su loba interna no estaba logrando regenerar la fractura de la cadera al ritmo normal.
Resultó ser, para mi total sorpresa, que la pareja de ancianos que vivía en esa propiedad eran los abuelos maternos de Derek, uno de mis cachorros favoritos de la escuela; cuya madre y tía, casualmente, habían sido las promotoras de la denuncia en mi contra ante el Consejo de Ancianos.
Lo peor de lo peor de toda la situación fue que al tocar la puerta de madera para ingresar, fue la mismísima Erika Portman quien nos abrió, luciendo su habitual cara de profundo disgusto perfectamente colocada sobre sus facciones.
Resultó ser que en su misterioso “viaje”, la mujer había encontrado sorpresivamente a su compañero predestinado; el cual, como se encontraba trabajando como profesional en una ciudad humana lejana, la había enviado adelante.
Ahora ella esperaba en la manada para reunirse con él en unos días y presentarlo formalmente ante su familia y el resto de la comunidad.
Honestamente, Erika no parecía para nada emocionada o enamorada del compañero que la Diosa Luna le había otorgado, porque no paraba de hacerle mil y una preguntas entrometidas a Coralie sobre el estatus de todos los Alfas solteros y los movimientos de Lucian.
Preguntas un tanto incómodas que Coralie se limitaba a responder usando monosílabos secos para no quedar maleducada ante los ancianos padres de la arpía.
Si de algo carecía Erika era de vergüenza, pero le sobraba coraje.
Trataba a Cory con una excesiva y fingida familiaridad, como si fuese la mejor amiga a la que no había visto en siglos.
Por suerte para mi, Erica me ignoró de forma abierta y deliberada durante toda la consulta, mientras que su anciano padre, mostrando una cortesía que su hija claramente no heredó, se encargó de llenarme la taza con té caliente y me ofreció un plato de galletas, esperando pacientemente a que Cory terminara con el tratamiento para el dolor de su compañera.
Cuando finalmente pudimos librarnos de la densa atmósfera de esa casa y salir al sendero de piedra, Cory estalló hecha una auténtica furia, enlazando mentalmente a Bastian para exigirle una explicación sobre por qué demonios Orion había autorizado el regreso de Erika al territorio.
—¡Parece ser que como la muy víbora ya encontró a su bendito compañero, los Alfas consideran que ya no representa una amenaza... qué soberana idiotez! —rezongó Cory, pateando una piedrita del camino—. ¡Esa mujer quería hacerte echar a patadas de la manada hace unos meses, Amber!
... No te preocupes por eso, Cory, todo salió bien al final. Y además merendé divino. Esas galletas estaban fantásticas. Se parecían muchísimo a las delicias que suele hornear Carla...
Le soplé con una suave brisa al oído para distraerla de su enojo.
—Porque eran exactamente las galletas que hace Carla, Amby —me explicó Cory, suavizando su expresión—.
Ella suele hornear lotes gigantescos de galletas pequeñas todos los días para la cafetería.
Algunos de los lobos mayores de la manada se las compran por cantidad para dárselas a sus nietos cuando van de visita, y así no tener que hornear ellos mismos.
... Definitivamente voy a tener que pedirle a Carla que me prepare un lote gigante de esos para mí sola...
—¡Tu amor desmedido por los dulces de verdad no tiene límites, Amby! ¡Jajajaja! —Cory dejó escapar una risa franca y melodiosa que resonó en el bosque.
Era sumamente lindo y reconfortante volver a bromear y reír con Cory de esa manera tan pura, tal como solíamos hacerlo hace no mucho tiempo atrás.
Extrañaba horrores la liviandad y la frescura de nuestra relación; la sencillez de las bromas cómplices y esa alegría relajada que antes se percibía en el aire a cada paso.
Y como no podía ser de otra manera, toda la atmósfera pacífica se agrió de golpe en un segundo cuando vimos venir a nuestro encuentro a Milo por el sendero. Este caminaba con una sonrisa radiante y todo emocionado, como si se hubiera ganado el premio mayor de una lotería humana.
En estas últimas semanas, Milo me había visitado en mi cabaña en varias oportunidades.
Quería hablar del pasado a como diera lugar, pero siempre terminaba marchándose notablemente frustrado al ver que se le complicaba horrores entenderme debido a mis dificultades en el habla.
Al igual que me sucedía con Soren, había intentado comunicarme con él de todas las formas que conocía, pero igual se terminaban produciendo silencios sumamente incómodos y la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Milo seguía insistiendo con su plan de que debía marcharme con él de regreso a la manada de los Lobos Místicos bajo el mando de Jett, y quería que yo me encargara de convencer a Cory de seguirnos.
Según su absurda lógica, ambas deberíamos abandonar a nuestros respectivos compañeros predestinados.
Pero como ya le había aclarado firmemente a Soren en el arroyo, yo jamás rechazaría el vinculo que nos une, ya que para él eso supondría un peligro de muerte; y el solo hecho de sugerir que Cory rechazara a Bastian, era algo completamente impensado.
Así que, para evitar peleas estériles, me limitaba a hacerle preguntas gangosas y pausadas sobre temas frívolos y seguros para distraerlo con el trabajoso intento de interpretación de mis palabras.
Si bien Milo me hablaba con aparente nostalgia de nuestra infancia compartida, de las memorias de mis padres y de su hermano mayor Robbie, yo seguía sintiendo una profunda e inexplicable incomodidad cada vez que tocaba esos temas.
Parecía lucir alegre por fuera, pero esa supuesta felicidad no se le reflejaba para nada en el brillo de sus ojos.
Su voz, cuando no se cuidaba, adquiría de golpe un matiz cortante y malicioso y, a veces, notaba de reojo que apretaba los puños cerrados a los lados del cuerpo como si estuviese conteniendo un arranque de enojo contra el mundo.
Tampoco profundizaba casi nada sobre las especificaciones técnicas de su trabajo en la manada; yo tenía que preguntarle de forma directa y rudimentaria sobre el cableado de las cámaras térmicas y los cimientos de las garitas blindadas para que el tipo se dignara a mencionar un mínimo detalle de la obra.
Ese comportamiento errático no hacía más que reforzar la tajante opinión de Layla: que Milo era simplemente un pelele corporativo y que únicamente aparentaba saber de ingeniería de seguridad para figurar...
Aunque, analizando todo en frío, el resto de los técnicos de la cuadrilla siempre se acercaban a consultarle los mapas a él antes de fijar un poste, así que tan ignorante en materia no debería ser, ¿no?
En lo que sí tenía que darle toda la razón del mundo a Rhys era en su crítica sobre la soberbia actitud de Alfa que cargaba Milo.
Si bien no daba ni de cerca la talla para compararse con un líder, se comportaba por las calles del pueblo como si fuese el dueño absoluto del lugar; y por esa exacta razón, todos los Alfas y Betas de las Cuatro Lunas siempre tenían programada alguna tarea urgente para hacer o una patrulla fronteriza que revisar cada vez que veían que Milo se aproximaba a mi posición.
La cruda explicación que Orion me dio una tarde en el patio cuando le pregunté por esa sincronía de huidas, fue que para ellos era infinitamente mejor darse la vuelta e irse del sector que ceder a las ganas de asesinarlo delante de mis propios ojos.
Milo Reed había colmado por completo la paciencia y la tolerancia de todos.
Y la de Coralie también el día de hoy, sobre todo después de haber tenido que soportar el interrogatorio “amigable” de Erika Portman durante la visita medica.
—¡Pero si son mis dos chicas místicas favoritas de todo el continente! —prácticamente gritó Milo al vernos, rompiendo el silencio del sendero.
Se aproximaba hacia nosotras pavoneándose de forma exagerada, inflando el pecho delante de nosotras y de cualquier otro que se encontrara a diez metros a la redonda. En el tiempo compartido con él, había descubierto que le fascinaba con locura ser el centro de la atención pública.
«Es un tipo demasiado narcisista, ególatra y manipulador, Amby... y eso lo hace el más peligroso de todos», reaccionó mi loba en el acto dentro de mi cabeza, poniendo sus pelos de punta. Milo le causaba una mala espina que ya no intentaba disimular.
—Espero que aprecies de verdad el hecho de que si nadie en este lugar lo ha matado aún y arrojado a un pozo, es única y exclusivamente porque el infeliz es tu amigo de la infancia, Amber... —me habló Cory entre dientes, manteniendo una sonrisa fingida para los guardias.
Acto seguido, mi hermana se limitó a saludar a Milo con un asentimiento de cabeza sumamente seco, cortante y distante, y se alejó a toda velocidad y a grandes zancadas en dirección al ala médica del hospital.
Seguramente quería terminar rápido con el papeleo administrativo de las visitas domiciliarias antes de regresar a su casa con Bastian.
—Me alegra enormemente que tu hermana por fin nos haya dejado a solas, Amby —comentó Milo, colocándose a mi lado con total soltura—. ¿Qué tal si nos dirigimos a tu cabaña y me preparas una buena taza de café?
Y así, dejando escapar un pesado suspiro de resignación interna y arrastrando mis pies en un caminar lento y pausado por el sendero, me dirigí en silencio hacia mi cabaña del bosque, seguida muy de cerca por los pasos de mi “amigo” de la infancia.