37 Amber
Amber
Me senté en un sillón de dos cuerpos y Milo tomó lugar en una de las sillas individuales de la oficina. No estábamos para nada cerca, para la felicidad de Bastian y compañía.
Todo esto era sumamente extraño, casi inverosímil. El Milo que yo había conocido en mi infancia ya no estaba; ahora tenía delante de mí a un hombre lobo de facciones maduras, casi sereno y no tan enfurruñado o quejoso como recordaba que solía ser entonces.
—Ontae lo e pao ea nohe —le exigí como pude, forzando mis cuerdas vocales.
No intenté en lo más mínimo hablarle a través de las corrientes del viento, ya que me había dado cuenta de que las veces anteriores que lo había hecho en el patio, él ni siquiera se había inmutado.
Eso quería decir, sin temor a equivocarme, que Milo no tenía la menor idea de mi poder elemental, y por el momento era mejor mantenerlo así.
Los viejos dichos de mi madre se me habían quedado grabados a fuego en la memoria.
—Ella quiere que le relates... —comenzó Alex, intentando intervenir como puente.
—Entendí perfectamente lo que dijo. No hace falta que traduzcas sus palabras rústicas —Milo interrumpió al Beta de Soren sin el menor rastro de cortesía.
Los Alfas presentes hicieron una mueca idéntica de absoluto desagrado. Definitivamente no les estaba gustando Milo Reed. Ni un poco.
«A mí tampoco me agrada, Amby. ¿Realmente este tipo infeliz era tu amigo de la niñez?», inquirió mi loba con un tono sumamente hostil.
«No, no lo era del todo. Él solo venía a nuestra casa a pasar el rato para no aburrirse, y si yo tenía deberes de matemáticas difíciles, me ayudaba de mala gana... pero solo lo hacía para quedar bien ante los ojos de mis padres. Nunca se ofrecía si estábamos solos».
«Qué hipócrita» sentenció mi mitad animal.
Rhys intervino de inmediato, visiblemente cabreado por la falta de respeto.
—Ten muchísimo cuidado con el tono que usas en este despacho, técnico; es al Beta de Soren al que acabas de callar de esa forma tan soberbia —le advirtió Rhys, y una mirada fría y verdaderamente asesina se filtró por primera vez en sus ojos—.
¿Supongo que sí sabes que un Beta tiene el deber de proteger a su Luna de cualquier insulto, verdad?
Te aseguro que ninguno de los Alfas aquí presentes movería un solo músculo si Alex decide arrastrarte al patio y arrancarte la cabeza ahora mismo.
Esa era una faceta oscura y brutal de Rhys que nunca antes había visto. Era evidente que escondía un temperamento sumamente letal detrás de sus habituales sonrisas fáciles y sus bromas malas.
«Esto se está yendo por completo de tema y de las manos, Amby...». Mi loba tenía toda la razón del mundo; si no los frenaba ahora mismo, se iban a masacrar dentro de la oficina y yo me iba a quedar sin las respuestas que necesitaba.
... Por favor, se los ruego. Si no pueden dejar de pelear, pueden retirarse todos ahora mismo y yo hablaré con él a solas. Déjenlo hablar de una vez. Comprendo perfectamente que no les caiga bien su actitud, pero yo no les pedí que se quedaran aquí adentro...
Miré a los cuatro hombres uno a uno y, tras un tenso segundo de evaluación, se limitaron a asentir rígidamente con la cabeza en señal de acuerdo silencioso, conteniendo su furia.
—Ime —esta vez interpelé directamente a Milo con firmeza, fijando mis ojos en él antes de que cualquier otro Alfa metiera bocado en la conversación.
Él se giró lentamente para mirarme y se irguió en su asiento con total parsimonia.
—Estaba durmiendo plácidamente en mi casa cuando pasó todo —comenzó a relatar Milo, acomodándose las mangas de la chaqueta—.
Unos ruidos extraños y gritos lejanos me despertaron de golpe, así que salí de mi habitación asustado para buscar a mis padres.
Fui directo a su habitación, y el espectáculo sangriento que encontré en esa cama me dejó completamente traumatizado, Amber.
Ambos estaban degollados en su colchón, con los ojos cerrados.
Hoy en día lo pienso en frío y me consuela el hecho de que probablemente no estuviesen conscientes cuando sucedió, supongo.
Salí corriendo aterrado a buscar a mi hermano mayor, pero no estaba en ninguna parte de la casa, así que corrí directo a buscarlo a la tuya.
Tenía que avisarle de la masacre, ¿sabes?
—Hizo una breve pausa dramática para tragar saliva y prosiguió—: Cuando llegué a tu casa, noté la puerta de entrada abierta de par en par y, al entrar a la sala de estar, vi que en el suelo estaban tirados tus padres...
cada uno sumergido en su propio y enorme charco de sangre.
Mis lágrimas comenzaron a caer de forma silenciosa y pesada por mis mejillas, empapando mi piel.
Recordar esa trágica noche me partía el corazón en mil pedazos.
Cuando llegué hasta mis padres esa noche, ellos estaban tendidos boca abajo en el piso de madera, mirándose fijamente el uno al otro y sosteniéndose las manos en medio de un enorme charco de sangre.
De alguna forma, mis padres habían logrado arrastrarse para juntarse e irse juntos de este mundo. Tanto se amaban.
«Pero dijo que eran dos…», me alertó mi loba.
Manipulé una corriente de aire directa hacia el Beta de Soren:
... Alex, por favor... pregúntale exactamente cómo murieron mis padres según lo que él vio...
—¿Cómo murieron exactamente, Reed? —la voz ronca, profunda y autoritaria de Alex sorprendió por completo a Milo, quien se giró rápidamente a mirarlo con desagrado. Luego, fingiendo una mirada de disculpas, se dirigió nuevamente a mí.
—También degollados, Amber. Los asesinos los habían arrastrado y puesto deliberadamente cerca de la puerta de ingreso principal de la casa, como un ejemplo sangriento para cualquiera que intentara entrar a la casa, supongo.
«Esa no es lo que tú recuerdas, Amby», el tono de mi loba en mi cabeza destilaba una desconfianza absoluta ante sus palabras. «Este tipo no está siendo de mucha ayuda, no le creas absolutamente nada de lo que dice».
«No lo sé... Tal vez el shock de esa noche me llevó a romantizar la escena con los años. Milo no tendría ninguna razón para mentirme sobre la muerte de mi familia», debatí internamente, confundida.
—¿Qué fue lo que pasó luego? —Bastian intervino finalmente con su voz de mando, rompiendo mi debate mental. El nudo asfixiante de angustia que se me había formado en la garganta ya no me permitía emitir ningún tipo de sonido.
—Fui corriendo hasta la casa principal del Alfa Nolan, pero ahí adentro también estaban todos muertos —suspiró Milo, adoptando un tono compungido—.
Saliendo asustado de la propiedad, me topé de frente con el Alfa Jett, quien me abrazó para contenerme y me explicó detalladamente que todo había sido un atentado perpetrado por un grupo de rebeldes.
Mencionó que había una extraña cosa viscosa y negra que supuraba de algunos cuerpos y que creían que era algún tipo de virus que los había enloquecido por completo.
Jett reaccionó rápido y mandó de inmediato a sus soldados de confianza, junto con los segundos de los Generales que habían sobrevivido a la masacre, a buscar y cazar a esos malditos rebeldes en lo profundo del bosque.
«Solo que esos supuestos "rebeldes peligrosos" eran niñas que corrían asustadas y heridas bajo la tormenta...», siseó mi loba, sus instintos animales alertándose por completo. «Te lo repito, Amber: Milo está mintiendo de forma descarada. No te tragues su discurso».
—¿Y los encontraron? A los supuestos rebeldes del bosque... —Orion tuvo que aclarar la pregunta con voz pesada, ya que Milo lo miró por un segundo sin comprender... como si no se acordara de lo que acababa de contar hacía un instante.
«Porque está hilando mentiras sobre la marcha, Amby», me insistió mi mitad animal.
—No, Alfa —respondió Milo, recuperando la solemnidad—.
Los escuadrones regresaron una vez que ya había salido el sol con las manos vacías.
Dijeron que las lluvias de la tormenta les habían hecho perder el rastro entre la vegetación.
Además, algunos de los soldados regresaron bastante heridos del bosque, así que calculo que esos rebeldes habrán dado una buena pelea antes de lograr escaparse del territorio.
—¿E asó ontio? —pude articular con un esfuerzo tremendo, clavándole la mirada.
—¿Conmigo? No mucho, en realidad —suspiró, encogiéndose de hombros—.
Me vi obligado a terminar la escuela como pude.
Toda la comunidad quedó completamente conmocionada por la tragedia.
El Alfa Jett sucedió legalmente a Nolan como el nuevo Alfa de la manada y, como primera medida de seguridad, mandó a su propia hija a la Manada Real para protegerla de futuros ataques.
También dio la orden estricta a todas los soldados para que te buscaran a ti y a todas las demás hijas de los Generales asesinados y del propio Alfa Nolan, ya que estaban desaparecidas.
En la manada siempre supusimos que las habían raptado esos mismos rebeldes de la baba negra para usarlas.
Alfa Jett nunca dejó de buscarlas en todos estos años; incluso ahora sigue haciendo incursiones de rescate.
Te aseguro que cuando se entere de que tú y Coralie están sanas, salvas, las recibirá a ambas con los brazos abiertos en nuestra manada.
Tres gruñidos salvajes, sordos y cavernosos resonaron en simultáneo en las paredes de la habitación, superados únicamente por un rugido Alfa tan masivo y cargado de poder puro que hizo temblar visiblemente los vidrios de las ventanas y los muebles de madera de la oficina de Bastian.
—Acércate a Coralie y tu Alfa va a tener que organizar otro equipo de búsqueda intensiva para encontrar tus partes —sentenció Bastian, levantándose de su asiento. Sus ojos brillaban con una furia letal. No se andaba con chiquitas a la hora de amenazar.
«Este tipo es un completo idiota con complejo de mártir, Amby. Primero provoca a Soren, y ahora se mete con la compañera de Bastian en su propia oficina. ¿Es que acaso tiene deseo de morir?», bufó mi loba.
«No lo sé...», respondí, sintiéndome mareada por la avalancha de información.
«Amber, por favor, no puedes ser tan ciega. Todo lo que dice este lobo está fríamente calculado para sonar noble, pero sus palabras esconden veneno».
«Milo nunca fue una mala persona. Siempre fue un chico explosivo en sus declaraciones y un tanto brusco en sus gestos. No creo que se esté dando cuenta real del peligro de lo que dice ante los Alfas», intenté defenderlo por puro apego al pasado.
La puerta doble de la oficina se abrió de un solo golpe seco y violento; Soren apareció en el umbral, con el rostro desencajado por la furia contenida.
—Tus empleados te están buscando. Tienen dudas sobre la colocación de un poste —le soltó Soren con una voz asombrosamente brusca, seca y cortante.
Milo se levantó de su silla sin inmutarse ante la hostilidad y se encaminó hacia la salida con una parsimonia y una tranquilidad verdaderamente envidiables para alguien que acababa de ser amenazado.
Yo me encontraba completamente destrozada en el sillón al haber tenido que revivir cada uno de los traumas de la peor noche de mi existencia. Él, por el contrario, lucía tan sereno y limpio como el cielo soleado que se veía a través del ventanal.
—Hablaremos con más calma en otro momento, Amber —me dijo Milo, esbozando una sutil sonrisa antes de cruzar el umbral y desaparecer por el pasillo.
Bajé la vista hacia mi propio regazo y recién en ese preciso instante de silencio me di cuenta de la realidad de mi estado físico: estaba temblando terriblemente de pies a cabeza, y mi cuerpo había comenzado a hamacarse de forma rítmica hacia adelante y hacia atrás, un movimiento involuntario que solía ser mi costumbre y mi tic de defensa cada vez que me encontraba sumergida en una angustia extrema.
Las lágrimas seguían cayendo en silencio por mis mejillas sin que pudiera detenerlas, cuando, de pronto, dos manos grandes, cálidas y sumamente gentiles tomaron mi rostro por las mejillas con una delicadeza infinita, obligándome a detener el balanceo.
Soren me miró directo a los ojos, y su mirada fija destilaba una preocupación tan pura, un dolor compartido y una devoción tan absoluta que me dejó sin aliento.
Se sentó a mi lado en el sillón de dos cuerpos y, en un movimiento fluido y protector, me acunó por completo en su regazo, pegando mi cuerpo tembloroso contra su pecho firme.
Comenzó a acariciarme la espalda con la palma de su mano en círculos pausados, mientras me susurraba palabras amables, dulces y profundamente tranquilizadoras al oído, usando un tono arrullador que jamás le había escuchado emplear a ningún hombre.
Mis ojos seguían completamente anegados en lágrimas, pero a través de la neblina del llanto alcancé a divisar las sombras difusas de Bastian, Orion, Rhys y Alex retirándose en silencio de la oficina, cerrando la pesada puerta de madera con delicadeza.
Por primera vez desde el día en que lo había conocido, encontré un consuelo real y una empatía genuina en los brazos de Soren. Y por primera vez en mi vida, dejé salir absolutamente toda la angustia, el dolor y el horror que llevaba años guardando en mi pecho.
Estaba destruyendo mis propios muros y arruinando con las manchas de mis lágrimas la ya no tan impecable camisa de mi compañero.