Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 35 Soren
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35 Soren

Soren

Los oídos comenzaron a pitarme con un zumbido ensordecedor.

Una bola de demolición salvaje nació adentro de mi cuerpo y comenzó a arrasar con todo a su paso, derribando cada muro de contención.

Sentí romperse absolutamente todo en mi interior.

Una furia ciega, ardiente y destructiva comenzó a abrirse paso a zancadas hasta llenar el rincón más recóndito de mi ser.

Sentía que la sangre me hervía en las venas y temía con verdadero terror que, al explotar, destruyera la manada entera a mi paso.

Un lobo extranjero y desconocido estaba reclamando de forma pública a mi compañera predestinada delante de mis propios ojos.

A MI compañera. A pesar de haberle aclarado con todas las letras que ella era aquella mujer que la Diosa Luna me había confiado.

A pesar de haberlo amenazado de muerte hacía escasos segundos por atreverse a tocarla.

Aun así, el infeliz afirmó con total ligereza que se casarían.

Sin preguntarle. Sin consultarla. Sin tenerle el más mínimo respeto.

«Mátalo. Ahora mismo».

La orden de mi lobo en mi cabeza era taxativa, un rugido salvaje que exigía sangre.

Me estaba costando literalmente toda la energía de mi cuerpo contener sus garras bajo mi piel.

Sentí de reojo cómo Rhys se colocaba a mi flanco izquierdo en postura de contención y cómo Layla se movía rápido al lado de Amber, supongo que con la intención de sacarla de la trayectoria de impacto en caso de que yo arremetiera con toda mi fuerza contra su amigo de la infancia.

Porque eso era exactamente lo que iba a pasar. Estaba a un milisegundo de darle total libertad a mi lobo para que le arrancara la cabeza de cuajo.

«Soren, amigo, escúchame. Respira profundamente. Seguramente el imbécil no te escuchó debido al shock de volver a verla con vida. De estar en sus cabales jamás habría atrevido decir algo así frente a un Alfa».

Rhys me hablaba a través del enlace mental, intentando calmar mis instintos asesinos.

Aun así, yo ya veía todo de un rojo encendido por donde mirara.

No podía concentrarme en ninguna otra actividad que no fuera planificar cómo matar al dichoso Milo.

En mi mente, ya veía sus entrañas decorando el suelo.

—Disculpa, técnico, pero tal vez sea muchísimo más oportuno que nos sentemos todos en un despacho a hablar con calma de todo ese asunto del pasado —intervino Layla, interponiéndose sutilmente para tratar de calmar las aguas antes de que el suelo se tiñera de sangre—.

Estás poniendo a Amber muy nerviosa con tus presunciones y a su compañero Alfa aún peor.

—M-M-ilo, n-no... —intentó articular Amber, su voz gangosa viéndose cortada por la interrupción del intruso.

—No te preocupes por nada, Amber, yo me encargaré de cuidarte a partir de ahora.

Jamás te faltará un solo plato de comida ni lujos.

Soy un lobo rico y mi propiedad en la ciudad es un lugar cien por ciento seguro —el muy maldito ni siquiera dejaba hablar a Amber e hizo oídos completamente sordos a la advertencia que le acababa de lanzar Layla.

Rhys, perdiendo la paciencia, le puso una mano sobre el hombro al lobo que dentro de muy poco estaría muerto, y le habló con un comando Alfa para obligarlo a reaccionar.

—Sabes, Milo... la verdad es que no sé si eres extremadamente estúpido o simplemente suicida con ganas de morir hoy —sentenció Rhys, su voz resonando con una autoridad pesada—.

Soren, otro Alfa por cierto, es el compañero predestinado por la Diosa para Amber, y con tus afirmaciones baratas le estás faltando el respeto a nuestra Diosa, que dicho sea de paso, también es la tuya.

Ni hablar de que ni siquiera te estás dignando a escuchar las palabras de tu propia amiga de la infancia.

Como ya se te repitió en varias oportunidades, Amber ya tiene un compañero; no son bienvenidas tus insinuaciones ni tus gestos posesivos hacia ella, y si no quieres morir descuartizado en este preciso instante, te sugiero que te calles la boca y te alejes de ella ahora mismo.

El idiota pareció salir finalmente del encantamiento ególatra y me miró con una genuina sorpresa, registrando por primera vez el peligro de muerte que lo acechaba.

—Lo siento mucho, Alfa... —articuló, y hasta parecía falsamente arrepentido, el muy ladino—. Pasé más de diez años de mi vida pensando que jamás podría cumplir con mi promesa de la niñez y ahora, inesperadamente, me encuentro a Amber sana y salva en esta manada.

—No. La. Vuelvas. A. Tocar —mi lobo habló directamente a través de mis cuerdas vocales, mi voz saliendo duplicada y cavernosa.

El maldito Milo levantó de inmediato ambas manos en el aire en señal de rendición y se alejó un paso tembloroso de Amber. No era suficiente.

—Aléjate más —mi lobo seguía filtrándose sin control en mi voz humana.

Si bien se alejó un par de pasos más hacia atrás, me pareció ver por un microsegundo una sutil sonrisa complacida dibujarse en las comisuras de sus labios.

«Esta mierda de lobo lo está disfrutando... Veremos si seguirá sintiéndose así cuando le broten los ojos de las cuencas por la presión de mi agarre», rugió mi mitad animal, dándome la razón.

Estaba literalmente a un solo paso de cometer un asesinato en plena zona comercial, así que ni bien Amber estuvo a una distancia de seguridad prudencial, la atraje firmemente contra mi pecho usando mi brazo, obligándola a quedar pegada a mí para inhalar su aroma a flores silvestres y a aire fresco de montaña, intentando con eso domar el fuego interno que me consumía el raciocinio.

Escuché unos pasos decididos aproximarse por el sendero de piedra y una voz sumamente conocida se filtró con fuerza en la neblina de pura ira que me envolvía.

—Soy Coralie, hija del fallecido General Winters. ¿Tú quién eres exactamente? Porque no te recuerdo.

—Mucho gusto, Coralie. Tampoco te recuerdo —respondió Milo—. Soy Milo Reed, hermano menor de Robbie Reed, quien fuera el segundo al mando del General Sinclair, el padre de Amber. Básicamente nos criamos juntos.

—É-Él ia a asa... —intentó aportar Amber contra mi pecho, validando su identidad.

—Es genial conocerte, Coralie; no hay muchos lobos místicos por estos lados —añadió Milo con una soltura que me dolió en los dientes.

Coralie levantó una ceja con adustez y miró sospechosamente al usurpador. Ya estaba más que familiarizado con los gestos de profundo disgusto de la Luna de Bastian y, por suerte para mi cordura, a ella tampoco le estaba gustando ni un poco ese maldito lobo.

—¿Sueles interrumpir de esa forma tan maleducada cada vez que los demás intentan hablar, Milo? —le espetó Cory, mirándolo como si fuese una cucaracha.

—Lo siento, pero sé perfectamente que Amber me defendería ante ustedes si pudiera hacerlo con fluidez, y no quiero que se lleven una impresión equivocada de mi.

Aunque, pensándolo bien, no necesito que una loba con su condición me defienda ante un Alfa...

además, coordinar las palabras sería demasiado esfuerzo físico para ella en este estado.

—¿Demasiado esfuerzo? —Coralie entornó los ojos, tirándole de la lengua con maestría para que el idiota se pisara solo ante los presentes.

«¡¿Qué mierda está queriendo decir este infeliz?! ¡Mátalo ahora mismo, Soren! ¡No soporto escuchar el tono de su voz y menos aún que siga respirando el mismo aire cerca de nuestra compañera!».

Se me escapó de entre los labios un gruñido bajo, sordo y constante que hizo vibrar el suelo del lugar, un sonido que solo se incrementó en decibelios cuando este tipo continuó con su desafortunado monólogo de superioridad.

—Sí, bueno... ya vi que su condición actual no es normal como lo era antes, cuando éramos chicos.

De golpe, un gruñido estruendoso y salvaje se sumó al mío desde el flanco derecho, y sabía exactamente de quién provendría, porque hasta hace unas semanas yo mismo había estado en el extremo receptor de esa furia.

Layla y su loba interna se habían sumado al grupo de “matemos a Milo Reed” sin dudarlo un segundo.

Coralie, por su parte, no estaba para nada lejos de liderarnos a ambos.

Amber, extrañamente en medio de la tormenta, permanecía en un absoluto silencio contra mi pecho.

Rhys tuvo que emplear toda su fuerza física para sujetarme del brazo ni bien este idiota terminó de pronunciar la frase menos brillante de todo su día, que obviamente estaba dirigida a mí:

—Puedes rechazar su vínculo si quieres, Alfa Soren; no te culparía.

Sé perfectamente que tener a una compañera defectuosa y con dificultades motrices no es nada bueno para la imagen de un Alfa.

Así que déjala ir y yo me ocuparé de ella, tal como lo hacía de niño y tal como le prometí que lo haría de grande.

Empujé a Rhys a un lado con una fuerza descomunal nacida del instinto puro y, llamando a las garras y los colmillos de mi lobo en una transformación parcial, me abalancé con los ojos encendidos sobre el místico extranjero.

Por el rabillo del ojo, vi una docena de dagas de hielo afiladas formarse de la nada en el aire por obra de Cory y dirigirse directo hacia su garganta, así como a la loba gigante de Layla plantársele en frente a escasos centímetros de su rostro, gruñéndole descontrolada en la cara.

La expresión de absoluto pánico y terror en el rostro del mierdecilla al verse acorralado por tres lobos, una mística elemental, un Alfa y una Beta, no tenía precio.

De alguna manera que no había podido comprender del todo, logramos contener el instinto de asesinarlo ahí mismo, quedándonos a milímetros de su cuerpo, acorralándolo y amenazándolo con la vibración de nuestros gruñidos, sedientos de sangre.

De pronto, una brisa cálida, suave y perfumada llegó hasta nosotros. Sabía con total certeza que provenía de Amber, y lo que trajo consigo esa corriente de aire fue algo que yo, hasta este preciso instante de mi vida, solo había sido capaz de experimentar en mis sueños más profundos.

... Déjenlo en paz, por favor... Su actitud es completamente normal al verme en acción después de tantos años.

Todos en el pasado han pasado por ese mismo proceso de subestimación conmigo, y algunos lobos todavía lo hacen...

No lo maten, se los ruego; quiero hablar con él a solas.

Hay algunas verdades que desconozco acerca de lo que pasó aquella noche, y tal vez Milo sea el único que pueda ayudarme a rellenar los huecos de mi memoria...

Por favor, díganle a Soren que lo deje vivir...

Sus palabras mataron algo en mi interior de forma lenta y dolorosa.

Era la primera vez que era capaz de escuchar los susurros en el viento de mi compañera...

y lo más desgarrador de todo era que estos eran para interceder por la vida de otro lobo; uno que, además, estaba buscando activamente la forma de alejarla de mi lado para siempre.