34 Amber
Amber
Los días que siguieron al alarmante descubrimiento del rastro en el norte fueron la antesala a un despliegue masivo de materiales, movimiento de gente y entrenamientos militares a contrarreloj.
Rhys había vuelto a contactar de inmediato a la empresa externa de instalación de equipos tecnológicos, así que sabíamos de antemano que habría personal extra haciendo un nuevo relevamiento técnico sobre el terreno, colocando las nuevas cámaras y las garitas blindadas.
Además, algunos de los lobos solteros que habían sido autorizados para trabajar en esas tareas habían encontrado sorpresivamente a sus compañeras predestinadas dentro de la manada, por lo que varios ya estaban planificando su unión definitiva a las Cuatro Lunas.
Erika Portman, por su parte, se había marchado por tiempo indeterminado a otra manada vecina para intentar buscar a su compañero, una mudanza que ocurrió por una muy directa “sugerencia” de Orion.
Sinceramente, esperaba con el alma que no regresara con las manos vacías; de hacerlo, y enterándose de que había habido una procesión entera de lobos solteros y cotizados en su ausencia, seguramente me habría echado la culpa de su desgracia.
Entre todos esos técnicos que deambulaban por el pueblo, había uno en particular que me resultaba alarmantemente familiar.
Ya lo había divisado a la distancia antes del desastre del tornado.
Se parecía muchísimo a Milo, el hermano menor del pupilo y segundo al mando de mi papá en la manada de los Lobos Místicos.
Lo cual, era un pensamiento completamente absurdo y ridículo, ya que él estaba muerto... ¿o no?
«No lo sé, Amby... Deberías hacer el esfuerzo de recordar qué fue lo que pasó exactamente la noche del ataque. ¿Tal vez Milo no estuviese junto con tus padres y su hermano?», sugirió mi loba.
«Es un recuerdo demasiado oscuro y doloroso para mí. No voy a ir allí bajo ningún concepto. Además, si me desestabilizo, podría desatar un tornado de clase cinco y en este preciso momento de la reconstrucción es algo que la manada NO necesita. Estoy tratando de redimirme ante todos, ¿recuerdas?».
«¿Por qué no le pides a Cory que esté cerca de ti mientras lo averiguas? Por si las dudas. No es nada bueno reprimir ciertas verdades del pasado».
«Lo pensaré... De momento solo quiero ayudar; sentirme útil me ayuda a mantener la mente distraída... Aunque, a decir verdad, no me distraigo tanto si lo sigo viendo en todos lados a donde voy...».
«¿Y si simplemente te acercas como una adulta y le preguntas de frente cómo se llama? De esta forma te sacas la duda de la cabeza de una buena vez».
«Pero si resulta que realmente es Milo... ese solo nombre me traerá de regreso los mismos recuerdos espantosos... No creo que sea una buena idea».
Pero, fuera una buena idea o no, el destino parecía estarse burlando de mí porque lo seguía viendo hasta en la sopa. Lo cruzaba cerca de la escuela, merodeando la casa de la manada, hablando con Rhys... era una auténtica pesadilla para mis nervios.
Y para coronar toda esta situación con una cereza, lo tenía a Soren pisándome los talones de forma constante, haciéndome pasar por un riguroso interrogatorio cada vez que se me cruzaba en el camino.
Se había tomado tan al pie de la letra la cuestión de que yo podía responder a preguntas de “sí o no” moviendo la cabeza, que ahora hablar con él era como leer uno de esos viejos libros humanos de Elige tu propia aventura.
Cada respuesta afirmativa o negativa que yo le daba, lo llevaba a abrir un nuevo argumento con miles de preguntas secundarias.
Lo más triste y frustrante de todo el asunto es que jamás me contaba nada sobre sí mismo, sobre su vida o sus gustos, y claramente seguía siendo un sordo incapaz de escuchar lo que yo tenía que decirle a través del viento.
Lo cual, en resumidas cuentas, volvía su eterno cuestionario algo completamente inútil para afianzar el vínculo entre nosotros.
«Recuerda que prometiste tenerle paciencia...», me reprendió mi mitad animal.
«Sí... paciencia... ¿De cuánto tiempo estamos hablando exactamente?».
«No te hagas la tonta, Amby. De todos modos, no tienes la opción de marcharte de las Cuatro Lunas; sabes perfectamente que aquí te necesitan».
—¡Hola, Amby! ¡Qué bueno que te encuentro por aquí! ¿Quieres venir conmigo un momento a la pastelería de Carla? Nos mandó a llamar porque necesita que la ayudemos a probar un nuevo postre —Layla apareció de la nada a mis espaldas, dándome un susto que casi me provoca un infarto.
—¡Ay, lo siento muchísimo! No me di cuenta de que no me habías escuchado venir... —se disculpó de inmediato al verme llevar la mano derecha directo hacia el corazón, en un intento desesperado por calmar los latidos desbocados.
—V-V-aos... —articulé en un esfuerzo, ni bien mis cuerdas vocales me permitieron recuperar el habla.
Nos encaminamos a paso lento hacia la cafetería.
A los lados del sendero, veíamos a los técnicos instalar las pesadas cámaras térmicas y fijar las garitas bajo la estricta supervisión de Rhys y Soren, quienes en ese preciso momento se encontraban hablando con el jefe de la cuadrilla mientras señalaban diferentes cuadrantes sobre un mapa extendido.
De golpe, al sentir nuestros pasos, seis pares de ojos se giraron instantáneamente a observarnos.
Rhys y Soren nos saludaron con las manos en el aire, lo que nos obligó a tener que acercarnos al grupo.
—Hola, chicas, ¿paseando? ¿Inspeccionando las mejoras increíbles que sugerí? —Rhys estaba súper emocionado y orgulloso con todo el despliegue de infraestructura de seguridad.
—Hola, Amber —Soren me miró de inmediato, su atención concentrada por completo en mis movimientos.
—¿Amber...?
Miré rápidamente hacia la dirección de la voz sumamente sorprendida que acababa de pronunciar mi nombre. Era el técnico en jefe, el que se parecía tanto a Milo. Como siempre, Soren se apresuró a responder por mí con su habitual tono de Alfa posesivo.
—Sí, ella es mi compañera. ¿Se conocen?
—¿Amber? ¿Realmente... realmente eres tú?
A Soren no le gustó en lo más mínimo que el técnico ignorara por completo su pregunta y se limitara a mirarme fijamente con los ojos abiertos, hasta el punto de que mi compañero emitió un gruñido sordo, bajo y peligroso que vibró en el aire.
Yo, inmóvil en mi sitio, me limité a mirar con una atención meticulosa las facciones del recién llegado.
—Soy Milo, Amby... ¿Me recuerdas? ¡Te vi un par de veces de lejos estas semanas en el pueblo, pero pensé que estaba sufriendo una alucinación!
¡No puedo creer que verdaderamente seas tú!
—dicho eso, y sin preocuparse por su salud, dio un paso al frente y me abrazó con una fuerza tremenda, al punto de levantarme por completo del suelo.
No se escuchó ningún ruido alrededor; se instaló de golpe un silencio atronador, espeso y violento que habría sido humanamente imposible de cortar.
En cuanto Milo me soltó y mis pies tocaron la tierra, Soren me agarró firmemente de la cintura con una mano y me apartó de un tirón hacia su cuerpo, mostrando una furia asesina en sus ojos que iba dirigida enteramente hacia el rostro de Milo.
—Quita tus malditas manos de encima de mi compañera. Esta es la primera y la única advertencia que vas a recibir de mi parte, chucho. La próxima vez que la toques, te juro por la Diosa que te arrancaré los miembros uno a uno —amenazó Soren siseando, sus colmillos amagando con salir.
«Wow... ok, eso sí que es una amenaza en toda regla», suspiró mi loba en mi mente, sintiéndose extrañamente halagada por el despliegue de celos. Casi podía verla abanicándose.
A mí no podía importarme menos el orgullo herido de Soren en ese momento; Milo estaba vivo. El muchacho con el que me había compartido mi infancia, el que creí que había muerto masacrado esa fatídica noche en nuestra manada, estaba parado frente a mí.
—M-M-ilo... —articulé, sintiendo que las lágrimas acumuladas se me agolpaban en los ojos de golpe, a punto de caer en una catarata masiva por mis mejillas—. E-Eás ivo...
Me solté del agarre de la cintura de Soren y di un paso al frente; fui yo misma quien se acercó y lo abrazó con torpeza física, hundiendo el rostro en su chaqueta bajo la mirada sorprendida, tensa y casi psicótica de Soren, y ante un Rhys y una Layla que nos observaban con evidente preocupación.
—Estoy perfectamente bien, Amber. ¡Por la Diosa, no puedo creer que estés viva! Pensé con horror que te habían matado junto a tus padres esa noche. Pasé días buscando entre los escombros y nunca logré encontrar tu cuerpo... ¡Por la Diosa Luna! ¡Estás aquí!
—¿Eres un lobo místico? —Rhys fue el primero en reaccionar, analizando la situación con rapidez.
—Sí, Alfa —respondió Milo, sin inmutarse ante la hostilidad general—.
Me mudé hace unos años a las ciudad. Allí fundé mi propia compañía de seguridad de vanguardia y desde entonces me dedico a ayudar a los lobos a sentirse más seguros en sus territorios, sobre todo a aquellas manadas que tienen menos habitantes y, por ende, menos patrullas de guerreros disponibles en las fronteras.
Mientras hablaba con Rhys, Milo continuaba abrazándome de forma protectora por los hombros con total naturalidad, mientras yo me secaba las lágrimas de los ojos con la manga.
Soren permanecía rígido cual estatua de mármol a nuestro lado, fulminando con una sospecha absoluta cada milímetro de la fisonomía de Milo.
Por un microsegundo me sentí un poco mal por mi compañero, pero en cuanto me regresó el nítido recuerdo de cómo me había menospreciado cuando me conoció, se me fue todo el remordimiento.
Milo volvió a agarrarme con suavidad por ambos hombros, obligándome a mirarlo de frente con una felicidad pura en sus rasgos.
—Ahora que la Diosa te trajo de regreso a mi vida, Amber... por fin podré cumplir con la promesa que te hice hace tantos años en tu antigua casa.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cuál sería exactamente esa gran promesa del pasado? —el tono de voz de Layla también se volvió marcadamente circunspecto y protector hacia mí, cruzándose de brazos.
Milo ensanchó su sonrisa, mirándome fijo a los ojos.
—Te casarás conmigo, Amber.