32 Soren
Soren
«Voy a colapsar... una sola carrera más a este ritmo y juro que aquí mismo me quedo muerto», se quejó mi lobo, sintiendo que los pulmones le estallaban.
«No me abandones justo ahora que pasamos un papelón frente a nuestra compañera».
«¿Papelón? ¿Es lo único que te importa? ¿Y qué pasa si de pronto no le llega el suficiente aire a mis pulmones? ¿O si mi corazón desbocado termina por detenerse en seco?»
«La última vez que chequeé eras un lobo; lo tuyo se supone que es correr y saltar por el bosque».
«Exacto, corro y salto... no despego el vuelo por los cielos… maldita sea…»
«Es increíble, ¿no crees?», murmuré, mi voz tiñéndose de una repentina admiración.
«¿Y me lo dices justo ahora? ¿Cuando estoy a escasos segundos de morir por una insuficiencia cardíaca?»
—Si estás tan cansado de la carrera, puedes quedarte rezagado aquí —habló Amber de golpe, usando su imponente voz doble.
Sus palabras pisaron y rompieron mi maltrecho orgullo como si se tratara de una ramita seca en el suelo. Mi lobo, profundamente ofendido, respondió con un sordo gruñido de advertencia desde el fondo de mi garganta.
—Ok, tu funeral —añadió ella, encogiéndose de hombros con total indiferencia—. Seguiremos por unos cuantos kilómetros más y, una vez allí, veré si puedo captar algún rastro con la ayuda del viento.
Enseguida, sin darme el menor margen de recuperación, se puso a correr otra vez.
¿Qué digo correr? Volaba literalmente entre los árboles del bosque.
Reuniendo lo que me quedaba de orgullo, testarudez y energía vital, le presté todas las fuerzas a mi lobo para que hiciera el milagro de seguirle el tren a nuestra indomable compañera.
«Espero con el alma que en esa mochila que carga haya algo de comida sustanciosa, porque más tarde uno de los dos va a tener que llevar de regreso al otro a cuestas... y lo más probable es que sea ella quien termine arrastrando nuestro cuerpo inerte por el sendero».
«Vamos, rey del drama, concéntrate. Está aminorando notablemente la marcha en este tramo», le avisé a mi lobo. Aunque, a decir verdad, yo no sabía si lo hacía porque habíamos llegado o porque simplemente se estaba apiadando de nuestra precaria condición física.
«Después de cómo la trataste, te aseguro que ella NO se está apiadando de nosotros».
Amber se detuvo finalmente en un claro pacífico, cerca de las orillas de un pequeño arroyo cristalino.
Se aproximó a la orilla con paso grácil y comenzó a tomar agua fresca con su mano.
Mi lobo, en cambio, lejos de poseer la elegancia y la delicadeza innata de nuestra compañera, se arrastró pesadamente hasta el agua y se sumergió de cabeza con la boca completamente abierta, casi queriendo dejar seco el caudal del arroyo.
«Fantástico. Seguimos sumando puntos. O restando en este caso», me fustigué internamente.
«¿En serio te sigue importando tu maldita imagen de Alfa después de todo lo que pasó? ¿Es que de verdad no entendiste absolutamente nada?».
—Puedes descansar si quieres, voy a tardar un buen rato con el rastreo —me indicó Amber, dándome la espalda.
Se sentó con las piernas cruzadas en el centro exacto del claro y comenzó a mover sus manos con lentitud, evocando y dirigiendo corrientes de aire invisibles en todas las direcciones.
Mi lobo se encaminó a los pies de un enorme árbol cercano, arrastrando con el hocico el pequeño bolso que contenía nuestra ropa.
Dio una última vuelta sobre su propio eje y le di paso a la transformación.
Volví a los pies del roble para sentarme sobre el pasto, ya completamente vestido en mi forma humana.
Cuando Amber terminó con su despliegue, se giró lentamente hacia mí y sus ojos celestes mostraron una chispa de viva sorpresa al verme de regreso en mi forma humana.
La verdad era que no tenía pensado ni planeado dar este paso tan pronto, pero no iba a desaprovechar bajo ningún concepto la oportunidad de hablar normalmente con ella.
—¿Viniste conmigo solo para esto? ¿Para ver si de esta manera podías hablar conmigo? —su doble voz ecoica resonó notablemente enfadada.
—No, Amber. No sabía que pudieras hablar con tanta fluidez en esta transformación.
Solo vine de escolta para asegurarme de que no estuvieses sola aquí afuera —respondí, manteniendo el tono suave.
Si de verdad quería que se abriera conmigo y derribara sus muros, tenía que jugar limpio y bajo sus propias reglas.
«No es un maldito juego de estrategia, Soren, es su alma herida», me reprendió mi lobo.
«Ya lo sé perfectamente. Sabes muy bien a lo que me refiero».
—¿Qué es lo que quieres de mí entonces? —inquirió ella, entornando los ojos.
—Pedirte disculpas de verdad por todo lo que pasó en la casa de la manada. Sé perfectamente que mi comportamiento estúpido y mis comentarios provocaron todo, así que quiero que me digas qué puedo hacer para remediarlo.
«Bien. Por fin vas por el buen camino, humano».
—Si realmente te importa mi bienestar como dices... entonces hazme un favor y recházame formalmente —soltó Amber sin contemplaciones.
«¡¿Qué de qué?!», el rugido de mi lobo casi me parte la cabeza en dos.
—¡¿Qué?! —exclamé en voz alta. ¿Acaso estaba bromeando conmigo?
Amber dejó escapar un largo y pesado suspiro y, acto seguido, hizo el análisis más preciso, frío y sin anestesia que me hubiesen dado jamás.
—Mira, Soren, las cosas como son: tú no me quieres como tu compañera.
No te esfuerzas lo más mínimo por entender mis dificultades, no te preocupas realmente por mí ni tampoco te propones el objetivo de conocerme como persona.
Uno de los indicadores más claros de tu falsedad es que aprovechaste a cambiar a tu forma humana justo ahora para hablar, viendo que me puedo comunicar sin problemas, en vez de haber intentado acercarte a hablar conmigo estos días mientras estuve recuperándome en el pabellón o ayudando a reconstruir los destrozos en la manada.
Para que te des una simple idea, jamás tuviste el detalle de acercarme un sándwich a la hora del almuerzo o una botella de agua fresca durante el día, y eso que hemos coincidido trabajando en el mismo sector un montón de veces.
—Te estaba dando tu propio espacio, Amber... no quería agobiarte —intenté justificarme, sintiéndome acorralado por la verdad.
—¿Me estabas dando espacio a mí... o te lo estabas dando a ti mismo para no tener que lidiar con la vergüenza?
—me miró, levantando una ceja con ironía.
Como no supe qué responder ante semejante golpe, continuó con voz firme—: Sé perfectamente que eres un excelente Alfa para tu gente y que te preocupas de forma obsesiva por la seguridad de la manada; entiendo que lo único que ves en mí es la posibilidad de proteger el territorio a través de mis habilidades con el viento.
Pero de eso no debes preocuparte. Yo no protejo a las manadas solo para que me acepten como su Luna.
Los protegería de todas formas de los rebeldes, aunque me rechaces hoy mismo.
Yo no le doy la espalda a los más débiles y necesitados en mitad de una guerra... no como otros...
Auch. Eso dolió en lo más profundo de mi orgullo.
—No te quiero cerca de mí por tus poderes elementales, Amber.
Ni siquiera sabía que existías hasta hace unos meses...
Y siento mucho que pienses de esa manera tan oscura sobre mí, pero no te voy a rechazar jamás.
Sé perfectamente que no soy la bombilla más brillante en este vínculo, pero estoy tratando con todas mis fuerzas de hacerle caso por primera vez al instinto de mi lobo.
—¿Qué quieres decir?
—Siempre fui, y sigo siendo, muy analítico.
Sobrepienso y desmenuzo absolutamente todo lo que me rodea, hasta el más mínimo e insignificante detalle de todo.
Me sirve para anticiparme a los peores escenarios posibles y así evitar que los que me rodean terminen muertos.
—tomé aire y me preparé para ser sincero con ella.
Era lo que menos se merecía y de momento el único plan que tenía para acortar esta brecha que había creado entre ambos.
—Antes de unirme formalmente a la manada de Bastian, vivía con mi padre, quien era el Alfa de la manada Luna Creciente.
Él era un hombre que no se detenía a evaluar cómo podía mejorar el territorio, ni desde el punto de vista de la táctica militar ni de la producción.
Chocábamos muchísimo sobre eso en el día a día; nuestras discusiones eran bastante ruidosas y violentas.
Un día, luego de una de nuestras peores peleas en su despacho, me fui furioso a cazar al bosque.
Me fui completamente solo, silenciando adrede el enlace mental con la manada para no tener que escucharlo hablar más.
Tragué pesado, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta, intentando ordenarle con firmeza a mis emociones que no se filtraran en el relato. Aún escocía como el primer día.
—Cerca del atardecer decidí que ya era hora de volver, y al llegar al linde me encontré con un panorama de pesadilla: un grupo de rebeldes estaban atacando la manada.
Supuraban esa asquerosa baba negra de la boca.
Jamás en mi vida había visto algo tan aberrante.
Abrí el enlace mental general de inmediato y lo que escuché me rompió en mil pedazos.
Apenas logré recomponerme y le comuniqué a los pocos lobos heridos que quedaban en pie cómo organizarse en escuadrones, y junto con Alex comenzamos a matar a los rebeldes uno a uno.
Cuando todo el baño de sangre terminó, nuestras heridas físicas eran graves...
pero nuestras pérdidas eran aún peores. Ese ataque sorpresa se llevó la vida de mi padre, quien fue el primero en ser emboscado y abatido en su propia casa según lo que me contó Alex más tarde.
También me enteré de que, antes de morir, no hizo otra cosa que intentar dar conmigo desesperadamente a través del enlace mental...
y como no lo logró por mi bloqueo, le pidió a Alex con su último aliento que me dijera, entre otras cosas, que lamentaba muchísimo no haberme hecho caso con las medidas de seguridad.
Era tal el dolor que apenas podía hablar. No pude seguir sosteniendo la mirada de Amber.
—Mientras me lavaba esa baba negra del cuerpo en un arroyo muy parecido a este, me prometí solemnemente a mí mismo que jamás volvería a dejarme llevar por mis emociones ni por mi instinto ciego, ya que por haberles hecho caso esa tarde, no pude salvar la vida de mi propio padre ni la de los miembros de mi comunidad.
Cuando levanté la vista, los ojos celestes de Amber se encontraban completamente anegados en lágrimas contenidas, pero, demostrando una fortaleza de acero, no dejó que se derramara ninguna por sus mejillas.
—Con esto que te acabo de contar no pretendo justificar mis burradas contigo, Amber.
Solo... es que no sé cómo hacerlo de otra forma.
La puerta de las emociones es algo que cerré bajo llave hace muchísimos años tras esa guerra, y la verdad es que no sé cómo hacer para volver a abrirla.
Por eso cuento con la guía constante de mi lobo en mi cabeza, y por eso mismo me gustaría enormemente poder contar también con un poco de tu paciencia.
Tienes mi total autorización para mandarme a volar por los aires, si en algún momento llego a decir o hacer algo insensible...
o si por el contrario no digo o no hago algo que sí debería haber hecho para protegerte.
Lo dije esbozando una pequeña sonrisa sincera, pero la realidad era que no bromeaba en lo absoluto al respecto. Realmente quería a Amber a mi lado como mi compañera legítima. Solo tenía que averiguar cómo carajos sentir el vínculo con el corazón, en lugar de procesarlo con la cabeza.
Ella regresó lentamente a su posición inicial, guardando un absoluto silencio que me puso los pelos de punta.
De golpe, una ráfaga repentina de viento cálido llegó hasta nosotros desde el sur.
Una por una, las corrientes de aire que Amber había enviado en todas las direcciones comenzaron a confluir de regreso en el claro del arroyo.
Cuando la última estela de aire llegó a ella, se puso de pie de un salto y me clavó una mirada sumamente intensa y decidida.
—Comprendo, Soren. Intentaré tenerte esa paciencia que pides —articuló con su voz doble—. Y te tomo la palabra.
Cuando la miré sin comprender, aclaró:
—Sobre lo de mandarte a volar por los aires, me refiero.
Una risa gutural y genuina escapó de mi pecho, aunque no estuvo del todo exenta de un temor real. Me vislumbré a mí mismo volando por los cielos igual que el techo del gimnasio y un mini ataque de pánico me invadió por un segundo. Con las místicas no se jugaba.
—¿Me podrás ayudar a volver a la manada?
—me pidió Amber, y su voz comenzó a perder un poco de su eco majestuoso—.
Mi loba ya no aguanta, está agotada por la cantidad de energía que gasta sanando mis músculos atrofiados y está sumamente cansada manteniendo esta forma.
Tenemos que regresar rápido para organizar las patrullas con Bastian, Coralie y los demás.
Hay rastros de rebeldes en el sector norte.
Está alejado, pero no deja de ser un rastro.
Casi inmediatamente después de pronunciar esa última palabra de alerta, su cuerpo colapsó y se desplomó de golpe hacia el suelo del claro por el agotamiento físico.
Reaccioné por puro instinto; la atrapé a tiempo antes de que tocara la tierra, la ayudé con cuidado a cambiarse y la cargué en volandas pegada a mi pecho durante todo el trayecto de regreso a Cuatro Lunas.
Mientras corría entre los árboles con ella segura en mis brazos, comencé a procesar el torbellino de emociones que me hacían sentir su cercanía y su reciente y peligrosa declaración.