Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 30 Amber
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Habían pasado semanas desde el incidente del tornado.

Me había despertado sintiéndome mejor que nunca, solo para enterarme poco después por Opal de que Soren se había quedado conmigo en la habitación en su forma de lobo para que el vínculo me ayudara a recuperarme lo antes posible.

Si bien en el fondo apreciaba el gesto, la realidad era que no quería verlo ni en pintura.

El recuerdo del dolor lacerante que sentí en esa reunión en su despacho me seguía persiguiendo día y noche.

La indiferencia fría de esos viejos malintencionados y las palabras de Soren me habían destrozado por completo.

Jamás me defendió ante su gente; permitió que me faltaran el respeto en mi propia cara y que me maltrataran con sus asquerosos prejuicios.

Él mismo era un prejuicioso y yo no quería tener absolutamente nada que ver con un Alfa así.

Honestamente, no entendía por qué no me rechazaba formalmente de una vez y me dejaba en paz.

«Seguramente se arrepiente de verdad, Amby», insistió mi loba en un rincón de mi mente.

«No me importa en lo más mínimo si se arrepiente o no. Debería haber evaluado con su gran cerebro las consecuencias que traerían sus acciones antes de abrir la boca. Ya es tarde para lamentos. Este tren ya partió».

Mi loba seguía intentando calmarme a toda costa, buscando que razonara con ella acerca del perdón y de la supuesta importancia del vínculo. ¿Es que acaso no veía que esto estaba irremediablemente destinado al fracaso?

Mientras tanto, descargaba toda mi rabia acumulada usando el viento para ayudar en las tareas de reconstrucción de la manada.

Si bien Soren era el responsable indirecto de la crisis, yo no podía negar el hecho de que había sido mi propio elemento el que formó el tornado al perder el control de mis emociones, así que estaba tratando por todos los medios de redimirme ante la comunidad entera, colaborando activamente con el transporte y el armado de las casas y los edificios dañados.

En este preciso momento, nos encontrábamos concentrados en la compleja tarea de colocar el bendito techo del gimnasio.

Notaba que varios de los Alfas y Betas me seguían mirando con cierta aprensión y cautela mientras manipulaba las corrientes de aire para levantar la pesada estructura metálica y colocarla con precisión milimétrica sobre las vigas que debían sostenerla.

Por lo que me había contado Layla después del desastre, casi arriesgan todos de terminar fileteados por el techo volador anterior, de no haber sido por Opal, que lo desintegró en polvo a escasamente un metro de distancia de sus cabezas.

No podía culpar a los muchachos por sus miradas de miedo; habrán perdido diez años de vida como mínimo por el susto de ese día.

Rumi me había enviado un mensaje muy claro a través de Opal advirtiéndome que no podía marcharme de las Cuatro Lunas bajo ningún concepto, así que decidí aprovechar la protección no deseada de mi compañero para continuar con mi vida y seguir ayudando en las clases de la escuela con Layla.

Seguía jugando con el viento con los cachorros, pero esta vez lo hacía con una autorización por escrito firmada por los padres de los chicos para evitar nuevos malentendidos.

También encontré algunas otras tareas útiles en el territorio para hacer con mis habilidades, como ayudar a los sanadores con el transporte de cargas pesadas o mover materiales para el fortalecimiento de los muros periféricos.

Incluso ayudaba con los quehaceres de la limpieza general, arrastrando con suaves ráfagas de viento la tierra de los pisos y los muebles, o aireando las habitaciones cerradas del hospital de la manada.

El uso pacífico y comunitario de mis habilidades había contribuido enormemente a que los miembros de la manada ya no me tuviesen miedo; ahora se acercaban con total libertad a hablar conmigo, a conocerme y a integrarme.

Descubrí que en este lugar había personas realmente increíbles, empáticas y amorosas.

Como Lía, la testigo de la cocina que me defendió ante el Consejo, o Doc, uno de los ancianos más sabios y sanador de cabecera en el hospital.

Por suerte, en estas semanas no me había cruzado para nada con las hermanas del demonio ni con los vejestorios antipáticos del Consejo, quienes supe por Layla que Soren había reemplazado de forma fulminante como representantes de su manada en el Consejo.

Nadie en la comunidad se había opuesto a la medida.

Supe que Bastian había hecho exactamente lo mismo con la anciana Sofía.

Cada tanto divisaba a los destituidos a lo lejos en el pueblo y sentía sus miradas cargadas de un odio puro, pero ya no me importaba en lo más mínimo.

El tornado les había dado una pequeña muestra de lo que era capaz de hacer si me provocaban, así que se mantenían a una distancia más que saludable de mí.

—Genial, Amby. Sigue bajándolo lentamente, así viene perfecto.

Rhys se estaba ocupando de la coordinación general de la obra, dando indicaciones a través de una radio portátil.

En el otro extremo de la comunicación, subidos a los andamios de alta cuota, estaban Soren y Orion junto con otros lobos, listos para soldar la lámina de metal una vez que quedara perfectamente asentada.

Ellos no lo sabían, pero yo había anulado por completo todo tipo de ráfagas para que el aire no los sorprendiera de imprevisto y sufrieran una caída libre desde ahí arriba.

Sus lobos los curarían de las fracturas en un santiamén, claro, pero sería una experiencia más que dolorosa.

Aunque, pensándolo bien, tal vez Soren se merecía sufrir un pequeño accidente laboral...

«No lo hagas, Amby», me reprendió mi loba en el acto, detectando mis intenciones. «Ahora concéntrate en redimirte tú también con la manada. Deja los planes de venganza para seres más despreciables».

«Es completamente inútil que te hagas la pacifista y la correcta cuando tú también lo pasas horrible cada vez que nos regresa el recuerdo de sus palabras. Además, su lobo lo sanaría enseguida, así que no sería nada grave para su salud y yo definitivamente me sentiría un poco mejor».

Seguía sumamente cabreada con él, por si nadie se había dado cuenta todavía.

«Todos en la manada sabrían perfectamente que fuiste tú si se llega a caer únicamente él de la plataforma, y al final terminaría quedando ante sus ojos como una víctima de tus habilidades descontroladas.

Te estarías rebajando, Amby, y eso no es propio de ti.

Jamás te vengaste de lo que te decían los humanos en la ciudad o los lobos en el pasado, así que no veo por qué deberías empezar a hacerlo ahora».

«¡Porque ninguno de todos esos imbéciles era mi maldito compañero predestinado!», le grité mentalmente, la herida escociendo en mi pecho.

—Amby, ¿todo bien por ahí? —la voz de Rhys me trajo de vuelta a la realidad.

—¿E-Eh? —parpadeé, saliendo del trance.

Miré a Rhys y luego desvié la vista con rapidez hacia el techo volador; por culpa de mi distracción y mi rabieta interna, la enorme lámina se estaba inclinando considerablemente más de lo necesario hacia el flanco derecho.

Casi hago que Soren vuele por los aires en serio de un desbalanceo.

Corregí la corriente de aire de inmediato, estabilizando la chapa en el eje.

—O iento —articulé con un esfuerzo gangoso, forzando mis cuerdas vocales.

Escuché una pequeña risita socarrona provenir de Rhys a mi lado.

—¿Instintos asesinos? —me preguntó divertido, arqueando una ceja.

—Ago aí... —admití, esbozando una mueca ladeada.

—Soren no te culparía en absoluto si llegas a lastimarlo un poco, ¿sabes?

—comentó Rhys, recuperando un tono más serio mientras observaba a mi compañero trabajar en las alturas—.

El idiota está completamente desesperado por enmendar sus errores y hacer las cosas bien contigo.

Aceptaría sin chistar absolutamente todo el trato de mierda que decidas dedicarle con tal de que lo mires.

No tenía la más mínima intención de ponerme a hablar con Rhys sobre Soren, así que me limité a negar firmemente con la cabeza, dando por zanjado el argumento ahí mismo. Por suerte, era perceptivo y comprendió de inmediato mi límite.

—Una vez que terminemos por completo con la fijación de este techo, podremos retomar formalmente los trabajos con la empresa externa de vigilancia —continuó Rhys, cambiando de tema y extendiendo un plano sobre una caja de herramientas—.

Los técnicos ya habían comenzado a hacer un relevamiento preliminar de las cámaras perimetrales que tenemos activas y están evaluando dónde colocar más dispositivos, al igual que las nuevas garitas de seguridad blindadas.

Tal vez te hayas cruzado con el técnico encargado de deambular por el territorio estos días.

«¿Se referirá al lobo que se parece un poco a Milo?», le pregunté a mi loba, una imagen mental cruzándose por mi cabeza.

«Tiene sentido...», coincidió ella.

Aproveché que el aire estaba cerrado y concentré una corriente suave directo hacia Rhys para transmitirle mi respuesta:

... Si necesitas ayuda con el viento para los cableados o lo que sea durante el relevamiento y colocación de cámaras o garitas, cuenta conmigo, Rhys...

Por suerte, Rhys ya comprendía mis mensajes en el viento sin mayor dificultad, así que fue sumamente fácil confirmarle mi total disponibilidad para lo que hiciera falta.

Después del traumático ataque de Varis y su séquito y ahora con la reciente alerta de tornados que yo misma había provocado, no me extrañaba en lo absoluto que estuviesen todos sumamente ansiosos por implementar medidas de vanguardia para sentirse más seguros.