27 Coralie
Coralie
Veía todo de un rojo encendido. El puro instinto asesino que me provocaba la sola presencia de Soren en ese patio era equiparable al que me había despertado Varis hace meses.
Nunca me había tomado bien que alguien hiriera o menospreciara a mis seres queridos, y si a eso le sumábamos la impotencia de no haber podido calmar a Amber por mí misma y el hecho de haber estado a un metro de morir rebanados por un techo volador, el panorama actual no era precisamente el más esperanzador del mundo.
Ni bien entré al patio interno del hospital, luego de dejar a Amber descansando en el pabellón de sanadores, necesité sentarme a solas en un banco de piedra para recuperar un poco la cordura.
«Amor, ¿estás bien?», la voz de Bastian resonó en mi mente, cargada de una preocupación genuina que logró templar un poco mi rabia.
Él seguía parado a unos metros, escuchando los informes de los guardias a cargo de la evacuación del hospital durante el tornado, pero su fijación en mí eclipsaba cualquier otra actividad en su agenda como Alfa.
A través del vínculo, se filtraba también una molesta estela de impotencia por no haber sido capaz de detener el bendito techo del gimnasio con su propia fuerza.
Realmente la oportuna aparición de Opal no podía haber sido más milagrosa.
«Estoy bien, Bastian. Solo necesito un tiempo a solas para calmarme, o te juro por la Diosa que voy a cometer un asesinato en este mismo patio», le respondí a través de nuestro enlace.
Vi una sutil sonrisa ladeada dibujarse en el hermoso rostro de mi compañero a la distancia, mientras hacía un esfuerzo por seguir enfocando parte de su atención formal en los pobres guardias que temblaban ante sus silencios.
De a poco, fueron llegando los demás Alfas y Betas al patio interno para informar la situación estructural en los diferentes refugios y zonas afectadas del territorio de la manada.
Orion ya había regresado a su forma humana, vistiendo unos pantalones deportivos oscuros, y se había acercado él también a escuchar las novedades de las patrullas.
Y flotando cerca del grupo, como si tuviera derecho a estar preocupado, también estaba el imberbe del compañero de Amby.
«Cuando tú me des la orden, le arranco alguna extremidad...
o mejor aún, algún órgano. El bazo no le sirve para nada y lo tiene bastante más a mano», mi loba, solidaria y sanguinaria, logró hacerme reír por lo bajo a pesar del enojo.
«El apéndice no sirve como castigo; tendría que destriparlo por completo para poder llegar a él, y dudo mucho que Amby aprecie todo ese lio».
«¿Tú crees?» pregunté divertida.
Un movimiento fluido a mi izquierda captó de inmediato mi atención.
Cuando giré la cabeza, vi a Opal caminando decidida por el pasillo del patio.
Venía directo a hablar conmigo, esquivando las miradas fijas de los guerreros y los Alfas.
Me dio un poco de gracia ver las expresiones de todos al verla pasar; era una mezcla perfecta entre una profunda admiración y un pánico absoluto.
Mi hermanita menor se sentó a mi lado en el banco de piedra y, sin preámbulos, me preguntó por Amby.
—Está bien. La noqueaste bastante fuerte, Op —le respondí, suavizando el tono—. Según Doc, va a quedarse dormida y descansando durante varias horas.
—No fui yo quien la noqueó, Cory; el estrés acumulado la agotó por completo.
Yo simplemente me limité a apagar el interruptor de su mente para que no se hiciera más daño —explicó Opal, cruzándose de piernas con una soltura increíble—.
Los destrozos estructurales en el pueblo no fueron tan graves como la última vez que perdió el control, así que podemos afirmar que está aprendiendo a controlarse.
Además, ese capullo de aire que armó alrededor del roble fue una novedad; calculo que crearlo y mantenerlo concentrado evitó que el tornado ganara más diámetro y fuera más arrasador.
Opal hablaba de los descontroles de Amby con una naturalidad que por momentos resultaba desconcertante.
Pero enseguida recordé el calvario que había sido para ella misma llegar a dominar su propio y devastador poder, y no me quedó más que coincidir en que, dadas las circunstancias, Amby no había generado demasiado caos.
—Trata de disimular un poco esa expresión, Cory —me soltó Opal de golpe, mirándome de reojo—. Tu cara de pocos amigos y esa mirada asesina no van a ayudar en nada al Alfa a aceptarla de verdad.
—No puedo evitarlo, Op. Tengo unas ganas de que ese idiota comparta exactamente el mismo trágico final que Varis —dije, fulminando con la mirada a Soren desde la distancia.
En ese preciso instante, me hubiese encantado controlar el elemento del fuego para hacerlo combustionar de forma espontánea allí mismo.
—Siempre tan dramática —Opal dejó escapar una pequeña sonrisa—. Ese Alfa está ciego, no es un asesino.
Mi hermanita se inclinó un poco hacia atrás, apoyando ambas manos en el borde trasero del banco de piedra blanca en el que estábamos sentadas. Levantó la vista, mirando con curiosidad el cielo que ahora lucía un azul soleado y limpio, como si la tormenta nunca hubiese ocurrido.
—Me pregunto cuál será el criterio exacto de la Diosa de la Luna para elegir a nuestros compañeros predestinados —murmuró, el brillo arcoíris de sus ojos atenuándose un poco—. ¿Será un proceso tan difícil y doloroso para todos los lobos del mundo, o es una maldición exclusiva para nosotras?
—Creo que es algo que solo nos pasa a nosotras.
—¿Por qué lo dices?
—Mira allá —le señalé con un leve movimiento de la barbilla a las tres parejas de Betas que hablaban con los Alfas—. En ellos se nota desde el primer segundo una entrega completa y cero dudas sobre el vinculo.
—Ok... entonces supongo que tenemos que aprender alguna lección trascendental de todo este sufrimiento. Aunque, realmente, me cuesta horrores entender el punto de la Diosa... —La mirada de Opal volvió a perderse en el cielo, pero esta vez frunció el ceño con un deje de amargura.
—Antes de que lográramos derrotar a Varis —comencé a relatar en voz baja, buscando distraerla—, tuve que transformarme para pelear de incógnito contra los rebeldes que atacaron la manada.
Al poco tiempo, empezó a circular un mito entre los guerreros sobre un “borrón blanco” armado con una lanza de hielo que había venido de la nada a salvarlos.
—Qué tiernos —acotó Opal con una risita melodiosa.
—Bastian estaba completamente desconcertado por el rumor y, gracias a las arraigadas supersticiones de los lobos de agua y hielo, se puso a buscar como un loco cualquier fragmento de información sobre esa luz misteriosa.
Claramente no encontró nada de utilidad.
En todos los libros de historia lupina, únicamente nos nombran de forma superficial como intermediarios místicos en grandes conflictos, y los textos siempre se refieren a nosotros en masculino, como hombres.
—Todo una sarta de mentiras convenientemente editadas, básicamente.
—Sí... —me reí bajito, recordando el asunto—. ¿Pero sabes dónde pudo finalmente conseguir información real sobre nuestro origen?
Opal negó con la cabeza, divertida por el misterio.
—En un libro de leyendas y cuentos para niños.
La risa de Opal resonó como un canto armónico y afinado por todo el patio interno. El sonido tenía la extraña y poderosa capacidad de alivianar de golpe todos los pesares del ambiente... Hubiese sido una excelente e imponente Luna.
«La mejor de todas», concordó mi loba con orgullo familiar.
—En ese libro infantil se nos describía como seres dotados por la mismísima Diosa, y que normalmente permanecíamos ocultas del resto del mundo para que los hombres con ansias de poder no pudiesen aprovecharse de nuestras habilidades —continué—.
El texto no aclaraba si éramos hombres o mujeres en la actualidad, pero lo que sí acertaba a la perfección eran ciertas características esenciales que, muy a mi pesar, compartimos todas.
—¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles?
—Somos sobrevivientes a situaciones atroces, poseemos un enorme corazón y tenemos una capacidad de perdón infinita.
Opal guardó silencio un momento. Luego, giró la cabeza para mirarme de frente.
—Si realmente quieres que Amby perdone a su Alfa, deberías ir a contarle esta bonita historia, Cory.
—Op...
—¿Realmente lo perdonaste tú, Coralie? —Me cortó en seco, sus ojos iridiscentes clavándose en los míos—. ¿En serio no le recriminas absolutamente nada de lo que te hizo pasar cuando llegaste a esta manada?
—El miedo a que vuelva a herirme o a rechazarme a veces surge en mi pecho, no te lo voy a negar, pero decidí no recriminárselo más —respondí con sinceridad—. Sé perfectamente que se arrepiente de cada error que cometió y por eso se esmera con todas sus fuerzas en compensarlo cada día de su vida.
—Entonces tu supuesto perdón es una completa mierda, Cory —soltó Opal con una frialdad implacable que me dejó sin aliento—.
Si sigues conviviendo con ese miedo latente en tu día a día, no eres tan diferente a mí.
Si Bastian siente la constante necesidad de compensarte por el pasado, significa que, inconscientemente, sigues responsabilizándolo de todo tu dolor. Eso no suena a un perdón verdadero.
—No lo entiendes, Opal. Yo...
—No, Cory, eres tú la que no entiende —me interrumpió de golpe.
La calidez de su voz se evaporó, siendo reemplazada por una distancia helada y una madurez prematura que me partió el alma. Recordé lo joven que era y toda la mierda que le había tocado vivir.
—A mí me lo han arrebatado absolutamente todo en esta vida, incluso antes de tener la oportunidad de poseerlo.
No tengo nada de lo que ustedes dan por sentado aquí.
Ni siquiera me queda un corazón lo suficientemente entero como para perdonar una traición, Cory —confesó, y la absoluta ligereza con la que describía su propia tragedia me dolió en lo más profundo de mi ser—.
Puedo intervenir para ayudar a que ese Alfa se dé cuenta del verdadero valor de Amby, pero no me pidas que vaya a hablar con ella sobre el perdón hacia su compañero, porque viniendo de mi boca, eso sería la mayor de las hipocresías.
Antes de que pudiera responderle algo, Opal levantó su mano derecha y, con una delicadeza extrema, usó la yema de su dedo para recoger una lágrima silenciosa que se me había escapado por la mejilla.
Me miró por un último segundo con una sonrisa profundamente amorosa, y luego fijó la vista en la gota de agua que sostenía en su dedo, infundiéndole su energía hasta que la hizo desaparecer por completo en el aire, como si nunca hubiera existido.
Acto seguido, se puso de pie con su gracia innata y comenzó a caminar con paso firme en dirección al grupo de los Alfas.