Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 25 Bastian
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25 Bastian

Bastian

Esto era un jodido desastre y, por primera vez en mi vida, no tenía ni la más pálida idea de cómo resolverlo.

La desesperación de Coralie me llegaba a través del vínculo en oleadas que me dejaban completamente aturdido.

Ni hablar del espectáculo dantesco que era ver ese tornado arrasando con la infraestructura de mi manada...

No estaba para nada acostumbrado a sentirme impotente.

Supongo que Amber me estaba dando una paliza con esta lección de humildad.

Había estado haciendo verdaderos malabares con mis sentimientos para tratar de que no se filtrara mi rabia hacia Soren por el enlace mental, pero no debo haber hecho un muy buen trabajo, a juzgar por la reacción de Cory contra él hace unos minutos.

Nos habíamos ilusionado tanto al ver cómo la protegió durante la audiencia ante el Consejo de Ancianos, pero las apariencias y el estatus están demasiado arraigados en la cabeza de Soren.

Difícilmente podrá obviar las diferencias motrices en Amber si sigue pensando como un estratega político.

«Tal vez este tornado ponga todo en una perspectiva correcta...», sugirió mi lobo con pesadumbre.

«Eso si es que sobrevivimos para contarlo...»

De golpe, un estruendo masivo cortó la acusación de Cory en el aire.

Un miedo visceral e instintivo me invadió el pecho, y por puro reflejo físico la abracé con todas mis fuerzas contra mi pecho.

Delante de nosotros, el techo de lamina del gimnasio venía cortando el aire, desplazándose a una velocidad increíble...

«¡Y nos va a cortar en pedazos si no nos movemos de este maldito lugar!».

Pero no pude moverme. La visión me dejó completamente paralizado en el sitio.

A mí y a todos, porque los demás solo atinaron a imitar mi gesto, abrazando y cubriendo a sus respectivas compañeras para recibir el impacto.

Todos nos quedamos estáticos, viendo cómo nuestra vida pasaba por delante de nuestros ojos en una fracción de segundo, a la espera de que la lamina nos partiera a la mitad.

A escasamente un metro de distancia de nuestros rostros, de golpe, el techo se disolvió en la nada misma. Una especie de polvo volátil, brillante y holográfico tomó su lugar de a poco, disolviéndose en el aire como si fuera simple humo decorativo.

—Opal... —oí el susurro ahogado, lleno de un alivio y una gratitud infinitas, provenir de los labios de mi compañera.

Todos en el claro debieron de contener la respiración al mismo tiempo, porque ni bien el techo desapareció por completo, escuché más de un suspiro de alivio colectivo.

Cory me transmitió a través del vinculo una tranquilidad absoluta que me resultó extraña dada la magnitud de la catástrofe, repitiendo el nombre de su hermana Opal, esta vez con una voz mucho más fuerte y clara.

Levanté la cabeza hacia la cima de las pocas copas de los árboles que aún quedaban en pie, y lo que vi me dejó todavía más anonadado.

Suspendida en el aire con una naturalidad pasmosa, haciendo gestos fluidos con las manos hacia los objetos que volaban en el torbellino, había una mujer.

Vestía unos jeans claros, una remera negra básica y una camisa a cuadros roja y negra por encima, que ondeaba al viento cual capa de superhéroina de cómics.

Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir de inmediato, como tratando de cerciorarme de no estar sufriendo una alucinación por el estrés.

—¿Qué...?

—No es posible...

Jadeos de desconcierto y más reacciones incrédulas y sorprendidas me rodeaban desde todos los ángulos. Realmente había una mujer flotando delante de nosotros y, por alguna extraña razón, hacía desaparecer los objetos voladores con simples y elegantes movimientos de sus manos… Y Coralie la conocía.

Miré brevemente de reojo a mi compañera y vi en su rostro una expresión pura de alivio y felicidad por la nueva aparición. No pude evitar sentirme orgulloso de ella al pensar en lo extraordinaria que era, y en las adversidades que había atravesado junto con sus hermanas durante todos estos años.

Cuando los escombros y objetos pesados dejaron de volar hacia nuestra posición, la mujer comenzó un descenso pausado y controlado hacia el suelo del claro.

Ni bien sus tenis tocaron la tierra, inició una caminata con el porte y la seguridad de una modelo de pasarela de alta costura en dirección a nosotros.

Era una mujer realmente bellísima; no se podía describir de otra forma.

Su cabello negro, largo y lacio, caía en una cascada azabache sobre sus hombros.

Su rostro poseía una simetría perfecta, pero lo más asombroso de sus rasgos eran sus ojos: brillaban con los colores del arcoíris.

Eran idénticos a los reflejos iridiscentes que muestra el ópalo cristal cuando la luz del sol le da de lleno; algo completamente hipnótico de contemplar.

Opal era considerablemente más alta que Cory y desprendía un aura de poder increíble, un magnetismo elemental que superaba con creces el de mi propia compañera, el de mis amigos e inclusive el mío.

El hecho de que nos sonriera abiertamente con una gentileza genuina la hacía ver aún más poderosa y temible.

—Eso estuvo cerca... —dijo, y su voz sonó como un canto armónico y perfecto que calmaba los nervios. Al concentrarme, podía percibir a su loba interna, pero era un rastro sumamente débil y apagado, lo cual me pareció un detalle de lo más extraño para alguien con semejante poder.

—¡Viniste! —Cory se soltó de mi agarre y se tiró de cabeza a los brazos de su hermana. El cabello casi blanco de mi compañera junto al negro azabache de Opal, creaba un contraste visual notable y hermoso.

—Rumi me dijo que esperara antes de venir. Recién hace unas pocas horas me dio el ok. Y te aclaro, antes de que empieces a protestar o a planificar cosas, que no vine para quedarme mucho tiempo —advirtió Opal, empezando a tranquilizar y a preocupar a Cory al mismo tiempo.

—Pero si te vas, Amber podría volver a perder el control... —debatió Cory, señalando el desastre a nuestro alrededor.

—Para evitar eso está su compañero, ¿no? —Opal alzó una ceja con elegancia.

—No resultó para nada como pensábamos, Op —admitió Cory, bajando la vista.

—Nunca resulta, Cory, ya deberías saberlo... —el tono de voz y la expresión de Opal ante esta última afirmación se tiñeron de una tristeza absoluta y profunda. De repente, sentí una inmensa curiosidad por saber más sobre su historia.

—¿Dónde está el afortunado? —preguntó Opal, recomponiéndose.

—Es el castaño que está allí parado... —Cory señaló con la cabeza a Soren, su voz destilando el disgusto que le seguía teniendo.

Opal comenzó su andar de pasarela directo hacia un Soren que permanecía completamente aturdido en su sitio. Miré a mi alrededor y noté que todos los demás estaban exactamente en el mismo estado de parálisis. No los culpaba en lo absoluto; yo mismo seguía en un shock, procesando lo que había visto.

—Hola, soy Opal. Tú debes de ser el compañero predestinado de Amby. Mucho gusto —la sonrisa de Opal era totalmente genuina, sin rastro de la tensión que flotaba en el ambiente.

Sorprendentemente, Soren reaccionó de forma bastante coherente dado el estado general de las cosas.

—Em... hola. Sí... el gusto es mío.

—¿Probaste a hablar directamente con ella a través del viento? —indagó Opal con curiosidad.

—Lo intentamos todos, Op, pero no escucha a nadie ahora mismo... —Cory intervino rápido, ahorrándole la humillación pública a Soren. Pero la recién llegada leyó la situación entre líneas en un segundo.

—Aún no la aceptas, ¿verdad? —Opal soltó un suspiro resignado, cargado de decepción. De golpe, sin previo aviso, flexionó las piernas y levantó vuelo vertical hacia el cielo, ascendiendo a toda velocidad para enfrentar el centro del tornado en solitario.

—¡Cuidado! —gritó Carla, horrorizada al ver a Opal meterse de lleno en el ojo del tornado sin vacilar.

De pronto, una serie de rayos de colores holográficos y destellos iridiscentes comenzaron a verse a través de las densas cortinas de viento del tornado, haciendo chisporrotear el aire con una energía puramente elemental.

A los pocos segundos, los vientos huracanados se fueron calmando de forma drástica; la tierra dejó de levantarse del suelo y las copas de los robles comenzaron a estabilizarse.

Los últimos objetos pesados que giraban dentro del embudo salieron despedidos hacia los lados, transformándose en ese característico polvo brillante antes de tocar el suelo.

El tornado desapareció por completo en el cielo, dejando a la vista a una Opal suspendida en el aire con el cabello flotando de forma etérea y sus ojos de arcoíris destacando luminosos en la penumbra de la tarde.

Volvió a descender suavemente delante de nosotros.

Nos barrió a todos con una sonrisa tranquila y nos dijo:

—¿Vamos?

Acto seguido, se dio la vuelta y se encaminó con paso firme hacia las profundidades del bosque, yendo en busca de su hermana.