Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 24 Soren
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24 Soren

Soren

«¡¿Qué mierda estás haciendo?! ¡¿Cómo puedes dejar que la insulten de esa forma?!».

Mi lobo no paraba de rugir, ordenándome qué hacer y qué decir a cada segundo de esta maldita conversación, pero yo estaba demasiado saturado.

—¿Ninguno sintió ningún tipo de atracción o lazo hacia ella, entonces? —insistía Robert desde su sillón, con una fijeza insoportable, buscando cualquier grieta para sacarse a Amber de encima.

«¡Defiéndela! ¡Defiende el vínculo, Soren, o la vas a perder para siempre! ¡Ella está aquí al lado, escuchando todo, sobre todo cómo te quedas callado!».

«¡Ya basta! ¡No puedo hablar si estás constantemente interrumpiéndome en la cabeza!».

—No. Amber es mi compañera —solté hacia el anciano, con la mandíbula tensa.

«¿Contento?».

«¿Es una broma? Eso no es defenderla, imbécil».

—¿Y hay algún precedente de que al rechazarla a usted le den otra oportunidad? ¿Tal vez con otra de las hermanas elementales que sea más... capaz? —preguntó Alma, sin un ápice de vergüenza.

«¿Qué mierda le pasa a esta vieja? ¡Si ella misma tiene un compañero! ¿Cómo puede ser que sugiera algo así?», mi lobo estaba completamente fuera de sí.

«¡Ya basta, déjame hablar de una vez!».

—No, me temo que Amber es mi compañera y no existe la opción de un rechazo formal en este caso —respondí, intentando mantener el control de la reunión—.

Justo antes de que ustedes llegaran, estaba analizando de qué forma se podría suplir su discapacidad...

tal vez asignándole tareas más sencillas hasta que ella pueda volver a la normalidad.

«¡¿Qué carajo estás diciendo, Soren?! ¡Amber está sentada justo a tu lado, te está oyendo!».

«¡Silencio!».

—¿Y cuándo cree que sucederá eso, Alfa? —intervino Robert, acomodándose las gafas—.

Espero que la reorganización de tareas no se vuelva un parche permanente.

Pensar en que el futuro linaje Alfa de esta facción tenga alguna discapacidad motriz o del habla lo pone a usted en una posición de extrema vulnerabilidad política, Alfa Soren.

«Soren, Amber no está bien...», la voz de mi lobo cambió de golpe, perdiendo la furia y llenándose de una alarma repentina.

—Seguramente una vez que se afiance el vínculo entre ambos, todo se irá normalizando de a poco —continué, ignorándolo, tratando de convencer a los ancianos... o a mí mismo.

«¡Soren, Amber se está...!»

—Bueno, me deja mucho más tranquila saber que la señorita se va a curar después de todo —concluyó Alma con una sonrisa de suficiencia.

De golpe, un estrépito agudo, similar al de platos rompiéndose contra el suelo, cortó el aire del despacho. Me giré de inmediato hacia mi izquierda y el estómago se me hizo un nudo: la silla a mi lado estaba vacía. Amber no estaba sentada allí.

Seguí el rastro visual hacia la puerta del despacho, que estaba entornada, y desde el pasillo llegó el eco de más objetos tambaleándose y estrellándose contra el piso.

—¿Amber? —llamé, poniéndome de pie de un salto.

«¡Se fue, idiota! ¡Escuchar tus estúpidos comentarios le revolvió el estómago! ¡Seguro está furiosa y rompiendo cosas por el pasillo!».

Salí disparado hacia el pasillo central de la casa de la manada.

A medida que avanzaba hacia el vestíbulo principal, noté con desconcierto que una corriente de aire inusualmente violenta entraba a silbidos por las ventanas, derribando los portarretratos y los adornos de las mesas ratonas.

La gran puerta doble de la entrada principal estaba abierta de par en par, golpeando contra la pared. No había rastro de Amber.

Coralie llegó corriendo desde el ala este de la casa con el rostro desencajado, con Bastian pisándole los talones.

—¡¡AMBER!! —comenzó a gritar a todo pulmón, con una desesperación desgarradora que me erizó la piel, mientras salía disparada hacia el porche exterior.

Bastian se detuvo en seco frente a mí. Su rostro estaba desencajado por la tensión. Antes de que pudiera articular palabra, me agarró con una fuerza brutal por el cuello de la camisa, estampándome contra la pared del pasillo.

—¡¿Qué mierda le hiciste, Soren?! —bramó, sus ojos destellando.

—No sé de qué hablas —respondí, intentando zafarme de su agarre, aunque el pánico ya empezaba a filtrarse en mi pecho—. Estábamos en una maldita reunión de rutina con los ancianos de mi manada, eso fue todo.

—¡Coralie está desesperada! —gruñó Bastian, apretando más el puño contra mi garganta—. Dice que Amber está sufriendo demasiado para provocar un viento de esta magnitud. ¡Habla! ¡Ahora!

La culpa me carcomió el pecho como un ácido. Si bien había intentado silenciar a mi lobo durante toda la charla, sabía perfectamente que los comentarios de Robert y Alma habían sido espantosos.

«¿Los comentarios de los ancianos? ¿Y los tuyos qué, maldito cobarde? ¡No la defendiste ante tu propia gente y encima te sumaste a humillarla tratándola como un mueble defectuoso!», me fustigó mi lobo, dándome el golpe definitivo.

—¿De qué hablaron en ese despacho, Soren? —Bastian seguía emitiendo un gruñido sordo y peligroso. Afuera, los gritos de Coralie llamando a su hermana se mezclaban con los de Layla y las demás chicas que salieron a asistirla.

—Sobre... sobre si era o no una Luna apta para la manada dadas sus condiciones... —admití con la voz entrecortada.

—¿En frente de ella? —La sorpresa mezclada con un profundo asco absoluto en el rostro de mi amigo lo dijeron todo. Me miraba como si no me conociera—. ¿Discutieron su valor como persona en su propia cara?

—Sí...

—¡¿Y no pensaste en arrancarles la lengua ahí mismo por hablar así de tu propia compañera predestinada?! ¡¿Qué clase de Alfa eres, Soren?!

—Yo... lo...

—¡Bastian! ¡No puedo encontrarla por ninguna parte! ¡Se está formando un tornado sobre el bosque! ¡Hay que evacuar la manada ahora mismo! —el grito de Cory desde el patio interrumpió la pelea.

—Mierda.

Bastian se activó en el acto, su instinto protector imponiéndose sobre la rabia.

Me soltó la camisa de un tirón, dejándome respirar.

En una fracción de segundo, abrió el enlace mental general y mandó una orden ineludible a los cientos de lobos de las Cuatro Lunas: «Evacuación inmediata.

Busquen refugio seguro en los búnkeres subterráneos. Muévanse ahora».

Una vez libre del agarre de mi amigo, salí de la casa de la manada a trompicones, desesperado por encontrar el rastro de Amber. Pero lo que vi al cruzar el porche me dejó helado, con la sangre completamente congelada en las venas.

Ya no había pájaros volando en el cielo; el firmamento se había encapuchado de un gris plomizo y espeso en cuestión de minutos.

El aire era un torbellino violento que arrastraba hojas, ramas gruesas, objetos livianos del jardín y basura en círculos perfectos.

El viento soplaba con tal fuerza que estaba levantando densas cortinas de tierra del suelo, volviendo la visibilidad casi nula.

«Este es el verdadero e indomable poder de nuestra compañera... y tú tuviste la tremenda osadía de pensar que era poca cosa porque hace muecas y camina despacio», murmuró mi lobo, su voz cargada de un desprecio absoluto hacia mí.

Estaba literalmente congelado en mi lugar, con la boca abierta y los ojos fijos en el cielo, contemplando el preludio de una destrucción masiva a manos de la compañera que acababa de despreciar por sus tics.

—¡Soren! —Coralie se acercó a mí a trompicones, sus ropas sacudidas salvajemente por las corrientes cruzadas del aire—. ¡Ayúdame a encontrarla, por favor! ¡Búscala a través del vínculo! ¡Tenemos que calmarla antes de que destruya toda la manada! ¡Opal no está para detenerla! ¡Por favor!

Me encontré teniendo que gritar mi respuesta para hacerme oír sobre el rugido ensordecedor de las ráfagas:

—¡Yo... yo no creo que pueda rastrearla, Cory!

—¡Por favor, Soren!

Cerré los ojos con fuerza, tragándome el pánico, y me concentré por primera vez con el corazón en la figura de Amber.

De golpe, sentí un tirón violento y doloroso en el pecho, una línea magnética que me empujaba directo hacia las profundidades del bosque lindero, justo donde las ráfagas de aire eran más agresivas.

—¡Hacia allá! —señalé con el brazo estirado el espeso follaje y comencé a correr, seguido muy de cerca por Coralie, Layla y las demás chicas.

Por mi flanco derecho vi llegar a Bastian, Orion, Rhys y Lucian; todos los Alfas y Betas avanzaban cubriéndose los rostros para esquivar las ramas voladoras y protegiéndose los ojos de la tierra que el viento arrojaba como proyectiles.

Mi lobo me guió con precisión a través del rastro del vínculo cada vez que la visibilidad se reducía a cero, hasta que finalmente logré divisarla a lo lejos, en un claro del bosque.

Se me partió el alma en mil pedazos al verla.

Amber estaba sentada en el suelo, al pie de un enorme árbol, abrazándose las rodillas contra el pecho con una fuerza desesperada.

Balanceaba su cuerpo hacia adelante y hacia atrás sin cesar, un movimiento frenético acompañado por un llanto copioso y unos gritos desgarradores de pura frustración que se convertían en ráfagas físicas en cuanto salían de su garganta.

Me dolió el corazón a un nivel que jamás creí posible; verla tan rota, tan angustiada y sumergida en ese colapso emocional, sabiendo con total certeza que yo había provocado todo esto.

Coralie intentó avanzar hacia el claro para abrazarla, pero una corriente de aire con la fuerza de un muro sólido la repeló con violencia, empujándola varios metros hacia atrás.

Bastian la sostuvo de inmediato por la cintura antes de que cayera, y juntos, entrelazando sus fuerzas, comenzaron a dar pasos lentos y pesados en dirección a Amber.

Estaban a poco más de diez metros de distancia y les resultaba humanamente imposible seguir avanzando; había una especie de capullo de aire a alta presión rodeándola que repelía cualquier objeto o persona que intentara violar su espacio.

—¡Miren arriba! —el grito de Layla me sacó de mi estupor.

Seguí la dirección de su mano y el corazón se me detuvo: justo sobre nuestras cabezas, el inicio de un embudo ya era un tornado en toda regla que descendía desde las nubes encapuchadas, ganando velocidad a cada segundo.

—¡Amber! —gritaba Layla. —¡Amber, para por favor!

—¡Amber, reacciona, somos nosotros!

—¡Amber, todo va a estar bien! ¡Solo dinos qué te preocupa y lo resolveremos juntos, ya lo verás, hermana! —le gritaba Cory, las lágrimas corriendo por su rostro—. ¡No puede ser tan malo! ¡Juntas podemos arreglar lo que sea!

«¡Claro que es malo! ¡Su propio compañero predestinado, el idiota que se supone debía ser su protector, la rechazó en su cara y permitió que unos viejos la humillaran públicamente!», el desprecio amargo de mi lobo se sumaba a los gritos de terror y preocupación de todos los presentes.

De golpe, una bicicleta que alguien había dejado en el sendero voló por los aires y se estrelló con un ruido ensordecedor contra un árbol a nuestra izquierda, partiéndose en dos.

Con horror, comencé a escuchar los crujidos masivos de la madera: varios de los árboles más antiguos del linde estaban siendo arrancados de raíz debido a las violentas ráfagas cruzadas.

Me alejé un poco del grupo, moviéndome hacia el límite del bosque para evaluar el daño estructural.

El vórtice ya era un tornado en todo su esplendor que avanzaba con paso destructor, arrancando la vegetación de cuajo.

Vi a la distancia que Lucian y Orion se adelantaban a toda prisa hacia las primeras cabañas ubicadas en la trayectoria estimada del tornado, controlando a contrarreloj que todas las familias hubieran evacuado con éxito hacia los búnkeres.

Bastian y Coralie regresaron a mi posición junto con los demás, contemplando con impotencia los destrozos que se estaban sucediendo en esta parte de la manada.

—¡¿Qué fue lo que pasó?! ¡¿Por qué tanta violencia?! —Coralie lloraba desconsolada. Sus preguntas se escuchaban desgarradoras sobre el rugido del viento, como si el dolor interno de Amber fuera el suyo propio.

—No tenemos refugios contra tornados. Tal vez deberíamos decirle a la gente que vaya hacia el norte —sugirió Rhys, y por una vez nadie se rió de él.

La mirada de Bastian se oscureció varios tonos. Me miró con una furia que jamás había visto dirigirme en doce años de amistad.

—Arregla esto. Es tu culpa, así que arréglalo.

—¿Qué le dijiste? —Coralie se volvió hacia mí, con la desesperación marcada en cada rasgo—. No puedo alcanzarla y no puedo calmarla. Pensé que por ser su compañero tú podrías, pero si fuiste tú quien provocó esta reacción, no sé qué...

Un estruendo metálico, masivo y ensordecedor interrumpió su frase.

Al girar la cabeza, el pánico absoluto se apoderó de todos.

Lo que se dirigía a toda velocidad por los aires, surfeando las corrientes del tornado a una altura aterradora, era nada menos que la estructura completa del techo de lamina del gimnasio de la manada.

La enorme y voladora lamina de metal cortaba el cielo como una navaja gigante y, debido a un cambio brusco en la dirección del viento de Amber, se dirigía en línea recta y descendente directamente hacia el claro donde estábamos parados.

Era una superficie tan masiva y pesada que, a la velocidad a la que se desplazaba, probablemente nos cortaría a todos por la mitad.

Algunas de las chicas gritaron. Bastian y los demás abrazaron a sus compañeras, interponiéndose instintivamente.

Y yo... yo simplemente me quedé ahí parado en mitad del claro, inmóvil, contemplando con una fijeza hipnótica cómo mi propia vida llegaba a su fin, literalmente.

Iba a ser cortado a la mitad por un techo volador, un castigo poético y destructivo enviado directamente por obra y gracia del alma herida de mi compañera.