23 Amber
Amber
En algún momento, el dolor sordo del pecho se transformó en algo puramente agonizante.
A los diez mil fragmentos en los que se acababa de romper mi alma, se sumó un nudo asfixiante en la garganta que no me dejaba respirar correctamente.
Mis manos seguían temblando de forma descontrolada, así que las escondí debajo de mis piernas, aplastándolas contra el asiento; temía con verdadero terror que, de un momento a otro, todo mi cuerpo colapsara en una convulsión delante de esos viejos.
De golpe, los oídos comenzaron a pitarme con un zumbido agudo y ensordecedor, aislándome de la realidad y no dejándome oír nada más de la conversación que seguía desarrollándose a mi lado.
Dada la tónica humillante de la charla, estaba segura de que no me estaba perdiendo de mucho, de todas formas.
Reuniendo la poca dignidad que me quedaba, logré levantarme del asiento no sin un esfuerzo titánico y me encaminé directo hacia la salida del despacho.
Desconozco por completo si a mi solícito compañero le importó algo mi repentina huida, pero imprimiéndole a mis piernas el paso más veloz que poseía, abrí la puerta y comencé a alejarme de allí a zancadas erráticas.
Estaba a pocos segundos de perder absolutamente todo el control que poseía sobre mi mente y mi elemento, y sabía que el estallido no iba a ser algo agradable para nadie en esa casa.
Había decidido que el bosque se llevaría la peor parte.
A trompicones, tropezando con mis propios pies y aferrándome con fuerza a las paredes o a lo que tuviera a mano para no irme de boca contra el suelo, crucé la salida y me fui adentrando en la densidad del bosque cercano a la casa de la manada.
Bloqueé mis oídos, ignorando por completo cualquier grito o llamado que pudiera venir de mis espaldas. No quería escuchar a nadie.
En mi mente, las palabras de Soren y de los ancianos se repetían en un bucle macabro y destructor.
Equivocación.
Rechazo.
Hermana más capaz.
Suplir su discapacidad.
Habían hablado de mí en mi propia cara como si yo no estuviese presente en la habitación.
Como si fuera un mueble viejo, un objeto defectuoso sin un ápice de emociones o sentimientos.
Y mi propio compañero, el que se suponía debía ser mi ancla, lo había permitido con una sonrisa diplomática en los labios.
Una furia ciega, pura y abrasadora comenzó a invadir todo mi ser, conquistando paso a paso, rincón a rincón, cada fibra de mi cuerpo. Mi corazón le dio una bienvenida ferviente al enojo; era muchísimo mejor sentir ira que este dolor desgarrador que me partía el pecho.
La naturaleza reaccionó de inmediato a mi tormenta interna.
Los árboles del bosque comenzaron a sacudir sus copas cada vez más enérgicamente, las ramas crujiendo bajo una presión invisible.
Los pájaros se dispersaron en bandadas ruidosas hacia el horizonte, huyendo por puro instinto, sabiendo que no habría refugio posible para lo que se avecinaba.
Cuando mis músculos ya gritaban de puro dolor por el esfuerzo de la caminata, me desplomé a los pies de un enorme roble.
Abracé mis rodillas contra el pecho con fuerza y comencé a balancearme hacia adelante y hacia atrás, intentando calmar con ese movimiento rítmico el huracán descontrolado de mis emociones.
Mi loba, sumergida en su propio dolor por el desprecio de nuestro compañero, intentaba calmarme desde el fondo de mi mente, pero no tenía éxito. Estaba sorda a sus consuelos.
A la distancia, sentía mi nombre flotar a lo lejos, como una suave brisa lejana que intentaba buscarme, pero que nada podía hacer contra la fuerza bruta del viento que yo misma estaba desatando.
De golpe, se instalaron unos segundos de una paz artificial y tensa. Levanté mi rostro húmedo hacia el cielo y vi las copas de los árboles y las nubes encapuchadas por encima mio, por completo borrosas; tardé un segundo en comprender que eran mis propias lágrimas las que lo desdibujaban todo.
Cerré los ojos con fuerza y tomé todo el aire que mis pulmones fueron capaces de retener, solo para soltar desde lo más profundo de mi pecho un grito desgarrador, un lamento de pura frustración que dio paso inmediato a un tornado violento que reflejaba, con perfecta y destructiva exactitud, la herida en mi alma.