22 Amber
Amber
El camino desde mi cabaña hasta la casa de la manada no era demasiado largo en distancia, pero con mi andar pausado tardamos más de cuarenta minutos en llegar.
El genio de mi compañero no me dirigió la palabra en ningún momento del trayecto.
Pensé que lo poco que habíamos hablado en la cocina le habría bastado para entender que, si quería comunicarse conmigo, yo podía responder a preguntas de sí o no, simplemente moviendo la cabeza.
Pero era evidente que el Señor Perfecto se esperaba un monólogo ilustrado con frases complejas, porque no se dignó a hacerme ni media pregunta.
Ni siquiera se molestó en indagar si estaba bien cuando me detuve unos minutos en mitad del sendero para intentar recuperar el aire y darles un respiro a mis piernas, que para ese punto ya estaban en un grito sordo de dolor.
Su alarmante falta de empatía lo hacía ver realmente desagradable ante los ojos de cualquiera.
«Te llevó a tu casa en brazos después del juicio y se quedó a tu lado toda la noche hasta que estuvieses bien...», intervino mi loba en mi mente, en un patético intento por tratar de no hacerlo quedar taaaaan mal.
«Lo hizo únicamente porque arriesgaba perder la cabeza a manos de Cory si me pasaba algo, no te hagas ilusiones. A este hombre lo mueven el interés propio, el orgullo y las malditas apariencias. El “deber ser” es lo primero en la lista de prioridades de Soren».
«Si tan solo le dieras una oportunidad real, te demostraría que realmente le importa tu bienestar».
«Ok, veamos qué tal nos va con estos ancianos. Peor que lo de ayer con las Portman no puede salir, ¿no?».
Al entrar a la gran casa de la manada, Soren me guió directo hacia su despacho privado.
Al principio, me señaló con un gesto de la mano un sillón individual ubicado justo enfrente de su imponente escritorio de madera para que me sentara.
Sin embargo, en cuanto di el primer paso, pareció cambiar de idea; arrastró una silla tapizada y la colocó justo al lado de la suya, indicándome que me acomodara allí.
«¿Ves? Te considera su Luna, te está sentando justo a su lado» festejó mi loba.
«Por favor... lo hace solo porque tiene que demostrarle al Consejo que estamos en la misma página».
A los pocos minutos, unos golpes firmes resonaron en la madera de la puerta.
«Que comience el show».
—Pase —indicó Soren con voz firme.
Al escuchar la autorización, la puerta se abrió y entraron un hombre y una mujer de avanzada edad.
Tenían el cabello completamente canoso, pero se desplazaban con un paso fiero y altivo que delataba sus años de experiencia.
Los recordaba perfectamente de la audiencia del día anterior: eran Robert y Alma, los ancianos de la facción de Soren.
Me miraron con una atención meticulosa y analítica mientras tomaban asiento en los sillones frente al gran escritorio.
—Gracias por recibirnos, Alfa —comenzó Robert, con el pie equivocado.
Ya sé perfectamente que no he sido coronada de forma oficial como la Luna de la manada, pero por pura educación y diplomacia básica podría haber pronunciado mi nombre al saludar.
Por suerte, Soren se dio cuenta del desplante y no les dio la más mínima posibilidad de hacer la vista gorda por mucho más tiempo.
—Robert, Alma, les presento formalmente a mi compañera predestinada, Amber. La Luna de esta manada —declaró Soren, marcando el territorio con la voz.
—Bienvenida, Luna —saludó Alma, esbozando una sonrisa que pretendía parecer amable—. Espero que hayan podido descansar. Ayer fue un día verdaderamente intenso para todos.
«Ni que lo diga...», pensó mi loba, que estaba de lo más feliz dadas las circunstancias del reconocimiento público.
—Sí, gracias —respondió Soren de inmediato.
No llegué ni a abrir la boca. Estaba decidido a responder por mí en cada turno. Resultaba más que evidente que no quería que yo pronunciara una sola palabra frente a ellos para no pasar vergüenza, seguramente.
—¿Qué es exactamente lo que podemos hacer por ustedes? —inquirió mi compañero, decidiendo que ya había sido suficiente de charla banal y yendo directo al grano.
«¡Esto se parece al juego de la batalla naval!», celebró mi loba, la mar de contenta en mi cabeza. Yo solo esperaba que pudiera mantener ese espíritu animado durante el resto de la reunión, porque yo sí presentía el peligro.
Robert tomó la palabra, no sin antes intercambiar una mirada de silenciosa complicidad con Alma.
—Esperábamos que pudiese aclararnos un poco este asunto del apareamiento con la señorita Amber, Alfa...
Coincidirá con nosotros en que todo esto ha sido un proceso un tanto repentino.
La verdad es que esperábamos que nos hubiese avisado con un poco más de antelación sobre su vinculo para poder organizarlo todo a nivel logístico en el territorio.
Dejé escapar un bufo de pura indignación ante semejante estupidez, y tres pares de ojos se giraron instantáneamente a mirarme, contrariados.
¿Avisar con antelación? ¿Organizar todo?
¿Pero qué se creen estos viejos? ¿Que la Diosa Luna te manda un mensaje de texto con el nombre y la fecha de llegada de tu futura pareja para que puedas “organizarte” la agenda?
¿Es que esta gente jamás en su vida ha tenido un compañero predestinado?
Mi loba estaba indignada multiplicada por mil, pero ese sentimiento se elevó a un millón en cuanto escuché la respuesta que salió de la boca de Soren.
—Sí, lamento las incómodas circunstancias —admitió él, manteniendo el tono diplomático—. Estaba esperando a que la situación mutara favorablemente antes de anunciarlo de forma oficial.
¿Que la situación mutara favorablemente? ¿Se refería a esperar a ver si el hechizo se rompía y yo dejaba de ser deforme ante sus ojos?
Tocado.
—Por supuesto, Alfa, comprendemos perfectamente que los sagrados designios de la Diosa no se anuncian de antemano... —concedió Robert, acomodándose en el asiento—. Parece ser que la señorita es hermana directa de la Luna Coralie, ¿verdad?
Soren se limitó a asentir firmemente con la cabeza. Para responderles a ellos con gestos de sí o no parece que sí tenía una excelente comprensión...
—Claro... bueno —Alma intervino, dejando caer por completo su falsa máscara de amabilidad—. Estábamos pensando con los demás miembros del Consejo que tal vez haya alguna clase de equivocación con este vinculo...
La crudeza de sus palabras me caló hondo, pero lo peor de todo, lo que verdaderamente me destrozó por dentro, fue la absoluta falta de indignación por parte de mi compañero. Soren ni siquiera se inmutó ante la sugerencia de que yo fuera un error.
—Sabíamos de antemano que existían altas probabilidades de que alguno de nosotros, los Alfas y el Beta Lucian, fuéramos los compañeros de las hermanas elementales de Coralie —explicó Soren, con una calma que me dio náuseas—.
Lo hablamos abiertamente entre nosotros en su momento, y esta vez resulté ser yo.
¿Lo hablaron entre ellos como quien se reparte una carga o una tarea?
Mi loba comenzó a gemir, profundamente dolida por la forma tan fría en que se estaba desarrollando la situación.
Tocado de nuevo. Esta batalla naval no iba para nada como mi loba lo había planeado.
—¿Ningún otro Alfa sintió ningún tipo de atracción o vinculo hacia ella, entonces? —preguntó Robert, con una chispa de viva esperanza en los ojos, deseando que la respuesta fuera un sí.
—No. Amber es mi compañera —sentenció Soren.
El rostro de mi compañero era toda amabilidad hacia los ancianos; ni siquiera tenía puesta esa máscara fría y distante que solía usar para imponer autoridad.
Se mostraba comprensivo con sus dudas, casi como si compadeciera a los ancianos y a la manada por el hecho de tener que cargar conmigo como su futura Luna.
Un dolor sórdido, agudo y punzante comenzó a abrirse paso en el centro de mi corazón.
—¿Y existe acaso algún tipo de precedente en las leyes de la Diosa de que, al rechazarla usted formalmente, le otorguen otra oportunidad? —soltó Alma, dando lo que consideró la estocada final—. ¿Quizás con otra de las hermanas elementales que sea más... capaz?
La anciana me había clavado la espada, pero fue mi propio compañero quien hundió la daga hasta la empuñadura con su respuesta:
—No, me temo que Amber es mi compañera y no existe la opción de un rechazo formal en este caso —respondió Soren, mirándolos con resignación—.
Justo antes de que ustedes llegaran, estaba analizando de qué forma o estrategia se podría suplir su discapacidad…
tal vez asignándole tareas mas sencillas hasta que ella pueda volver a la normalidad…
Hundido.