21 Soren
Soren
Me desperté sintiéndome completamente nuevo.
El estrés asfixiante de la audiencia del Consejo y la constante preocupación de cómo enfrentar mi declaración ante la manada se habían evaporado por completo de mi sistema.
Ahora mi compañera ya estaba curada del hechizo.
Me sentía más que orgulloso de mi propio desempeño.
Y, para ser honesto, medio tonto también.
Si tan solo le hubiese hecho caso a mi lobo de antemano, ella ya estaría sana, habladora, y no habríamos tenido que pasar por el calvario de estar separados todos estos días.
En ese momento, Amber comenzó a desperezarse entre las mantas. Abrió los ojos lentamente y me miró con una confusión absoluta reflejada en sus pupilas celestes.
—Buenos días —le dije, dedicándole mi media sonrisa más seductora.
O eso pensé yo, porque sus ojos se abrieron de par en par, cargados de un horror genuino que me congeló la sangre.
—¿E aes aí? —articuló con dificultad, sus rasgos deformándose por el esfuerzo místico.
Mi corazón cayó en picado directo hacia mi estómago, arrastrando consigo todo mi buen humor en una fracción de segundo.
«¿Por qué carajos habla así todavía? ¡¿Qué fue lo que hiciste mal?!», mi lobo se despertó súper cabreado, arañándome la mente.
Amber dejó escapar un ruidoso suspiro de alivio al bajar la vista y comprobar que seguía completamente vestida bajo las sábanas. ¿Pero qué demonios le pasaba? No soy ningún pervertido.
—E aes aí? —repitió, forzando la voz—. ¡Eas e mi asa!
No me digas, Sherlock.
«¡No le hables así! ¡Está asustada!»
«¡Si no le he dicho absolutamente nada!»
«¡Entonces será mejor que le contestes de una buena vez porque se está poniendo sumamente nerviosa por tu silencio!»
Le presté atención a Amber y noté que mi lobo tenía toda la razón.
Estaba temblando visiblemente y su mano derecha ya había comenzado ese frenético y rítmico repiqueteo contra su muslo.
Levantando ambas manos abiertas en señal de pacífica rendición, le hablé usando el tono más calmado posible, aunque me resultó una tarea titánica ocultar mi profunda decepción.
—Te traje aquí después de la audiencia en el Consejo, ¿recuerdas? Te estabas desmoronando del cansancio.
—¿Oe no e uis-s-te?
—Te abracé para calmar tus temblores y me quedé a tu lado para transmitirte calor. Supongo que, en algún momento de la tarde, me quedé profundamente dormido yo también...
La explicación debió de ser lo suficientemente lógica para ella, porque se levantó de la cama con movimientos torpes y desapareció rápidamente en el interior del baño, cerrando la puerta.
Me incorporé sobre el colchón y me senté en el borde de la cama, apoyando los codos sobre mis rodillas.
De golpe, sentía que el mundo entero me pesaba sobre los hombros.
Comencé a descerebrarme mentalmente, repasando cada segundo de la noche anterior, tratando de entender en qué demonios había fallado.
¿Por qué carajos había hablado con total normalidad y fluidez durante el sueño y ahora, al despertar, volvía a tartamudear de esa forma tan precaria?
Si yo lo había hecho todo bien... Reclamarla, protegerla, abrazarla...
«Evidentemente no, genio. Si no, nuestra compañera no estaría temblando como una hoja», se burló mi lobo con amargura.
Me masajeé la frente y las sienes con fuerza, preparándome psicológicamente para el inminente dolor de cabeza que se me venía encima.
No me sentía con las fuerzas necesarias para lidiar con Amber y sus eternos e inconclusos intentos de charla.
Además, sabía perfectamente que se nos acercaba la noche.
Mi manada entera iba a exigir ver a su Luna tras mi bombazo en el Consejo, y la mía distaba bastante de serlo.
Amber salió del baño luciendo un poco más tranquila y se encaminó directo hacia la cocina sin mirarme. Me levanté de la cama y la seguí a paso lento, consciente de que en algún momento tendría que enfrentar la realidad de la situación. ¿Qué mejor momento que el ahora, no?
—Amber, tenemos que hablar —le dije, apoyándome en el marco de la cocina.
Se dio la vuelta de golpe, fulminándome con una mirada cargada de dagas, y de inmediato ignoró mi presencia para seguir rebuscando algo en el interior de la heladera.
—¿Podrías escucharme, por favor?
«Tartamudea, Soren, no es sorda...», mi lobo ya estaba rozando el límite de la paciencia conmigo. «Sé más respetuoso».
Amber pareció estar en absoluto acuerdo con él, porque se limitó a señalarme su oreja con el dedo índice y luego me hizo la seña universal de “OK” con la mano...
Capté la indirecta, compañera.
Me aclaré la garganta, pensando fríamente en cómo encarar este desastre.
—Bueno. Debido a mi declaración pública de ayer, la manada ahora van a esperar ver a una Luna presente, activa y comprometida con sus funciones.
La puerta de la heladera se cerró de un golpe seco. Hubiese jurado bajo el nombre de la Diosa que los ojos celestes de Amber destellaron por un segundo con una chispa peligrosa.
—Los ancianos de mi manada quieren conocerte formalmente y, em...
bueno, hablar contigo —supe que había sonado fatal en cuanto las palabras salieron de mi boca.
Si las miradas mataran, en mi lugar ahora mismo solo habría un montoncito de cenizas —.
Nos estarán esperando en la casa de la manada en una hora exacta.
Esta vez fue el turno del cuchillo de cocina de golpear con fuerza contra la mesada de madera.
—N-No —me dijo, levantando la vista un solo segundo para desafiarme antes de retomar sus actividades culinarias, que consistían en intentar cortar un aguacate. Cómo hacían sus dedos para seguir enteros con todo ese temblor muscular era un misterio de la ciencia.
«Vas a tener que mejorar considerablemente tu discurso si quieres que te acompañe de buena gana, imbécil», me advirtió mi lobo.
«¿Te crees que no lo sé? El punto crítico es que, aunque me acompañe por las buenas, ¿qué carajo les digo a todos? ¿Cómo les explico todo este maldito embrollo?»
«No hay mucho que explicar, Soren. Asume tu negligencia en todo esto y ya».
«¡Es que no lo entiendes! No es tan fácil...»
«Es más que fácil, Soren. Es solo aceptarla tal cual es y quererla con el corazón».
«¡Yo no puedo obligarme a querer a alguien porque sí! Y con ella todo es más que com...»
—P-Puedes... i-i-irte —me interrumpió Amber, su fonación gangosa cortando mis pensamientos en seco mientras señalaba la puerta principal con el cuchillo.
¿Me acababa de echar?
«¡Jijiji! Toma tu merecido, compañero de mierda», mi lobo comenzó a descostillarse de la risa en mi cabeza.
«¡Cállate, sarnoso!», le rugí internamente, el orgullo herido. Volví a centrar mi atención en ella.
—Amber, necesito de verdad que me acompañes a esa reunión.
—N-No.
—Por favor —insistí, tragándome el orgullo—. Son los ancianos de tu manada ahora, tienes obligaciones.
—U eidite, no yo —dicho esto, se cruzó firmemente de brazos, plantándose en su sitio con una mirada completamente desafiante que me desarmó.
Eidite? Que es eidite?
«Decidiste imbécil, que tu decidiste por ella».
Solté un suspiro de absoluta derrota, rindiéndome ante su terquedad.
—Por favor, Amber. Si no vienes conmigo de buena gana a la casa de la manada, lo único que va a pasar es que los ancianos vendrán a visitarte directamente aquí cuando yo no esté en la zona. Y no quiero dejarte sola con ellos después de lo que pasó ayer en el Consejo.
—¿Oe?
—Solo... prefiero estar cerca para intervenir si hace falta —admití en voz baja.
Algo en mi explicación o en la genuina preocupación de mi tono debió de convencerla, porque guardó el aguacate de vuelta en la heladera con cuidado y comenzó su habitual, lenta y pausada caminata en dirección a la puerta de entrada.
La abrió de par en par y me hizo una seña clara con la mano para que saliera al porche.
—Primero las damas —le dije, extendiendo el brazo para cederle el paso y obligándola a salir antes que yo. No fuera a ser que me cerrara la puerta en la cara con un ventarrón si cometía el error de salir primero. Con Amber, las precauciones nunca sobraban.