20 Soren
Soren
Vi cómo, de a poco, Amber caía rendida ante el sueño.
Sin embargo, su cuerpo no paraba de temblar y de moverse involuntariamente hacia adelante y hacia atrás.
Se notaba a leguas que todo el maldito estrés del juicio le estaba pasando una factura física carísima.
Sabía por experiencia que la cercanía corporal conmigo la iba a ir calmando de a poco, de la misma forma en que su sola presencia aplacaba la ansiedad salvaje de mi lobo.
Y también la mía, para qué negarlo, aunque jamás lo confesaría en voz alta ante los demás.
Una vez que su respiración finalmente se profundizó y se volvió acompasada, comencé a estudiar su perfecto rostro en la penumbra de la habitación.
Estuve a un milímetro de estirar los dedos para ponerme a contar las pecas que salpicaban su nariz y sus pómulos.
Estaba completamente hipnotizado por la longitud de sus pestañas y por la sedosidad de su cabello dorado.
Su piel parecía estar hecha de la porcelana más fina.
Estaba embelesado mirándola, sin poder apartar los ojos de ella.
Por un momento pensé que se me estaba cayendo la baba encima de su almohada, ya que me descubrí con la boca abierta por el puro asombro de tenerla así de cerca.
No podía creer que mi compañera fuera la mítica elemental del aire... y que yo fuera el único incapaz de oír su voz.
Me había enfurecido cuando, hace unos minutos en el comedor, todos los demás se quedaron sorprendidos y maravillados al escucharla hablar a través del viento.
Eso demostraba una verdad que me golpeaba el ego: la aceptación no tenía que ser un trámite burocrático, sino algo que naciera del fondo de mi alma.
Probablemente mi aceptación real influiría de inmediato en el cese de sus comportamientos y movimientos involuntarios.
También me enfureció y me dio asco, darme cuenta de que en mi propia manada había lobos tan prejuiciosos como para tratarla tan mal únicamente por sus movimientos o la forma de articular sus palabras.
«No sé de qué demonios te sorprendes, si tú la trataste exactamente igual de mal», saltó mi lobo, atacándome desde la oscuridad de mi mente.
«No es cierto, no hice tal cosa. Jamás la insulté públicamente ni...»
«Eres su compañero predestinado, Soren. Al no aceptarla de verdad con el corazón, le estás demostrando que para ti ella no es lo suficientemente buena para ser tu Luna. La estás menospreciando».
«¡Yo la acepto! Es solo que...»
«¡No mientas! Y tienes la prueba irrefutable de que no es así en el hecho de que eres el único maldito sordo que no puede escuchar ni una sola palabra de lo que dice en el viento. Tampoco intentas comunicarte con ella por ninguna otra vía».
«¿Y qué quieres que haga, genio? No puede hablar con fluidez, no puede escribir sin acalambrarse, y yo lógicamente no tengo el don de la telepatía...»
«¡Esfuérzate! ¡Haz algo diferente! ¡Aprende!»
«¡Ya deja de interrumpirme y taladrarme la cabeza! Hago todo lo que está a mi alcance. Además, la reclamé, ¿no? ¡Lo hice delante de todo el maldito Consejo de Ancianos y de la manada entera!»
«Eso es puro teatro y lo sabes muy bien. Lo hiciste por orgullo, no por amor. Estás repitiendo, uno por uno, los mismos errores estúpidos que cometió Bastian con Coralie».
«No, no es lo mismo. Yo estoy aquí metido en su cama, abrazándola y calmándola. Bastian la tenía lo más lejos posible de él».
«Esto que haces es solo ponerle una bandita a una herida que sangra a borbotones, ¡necio de mierda!»
Antes de que pudiera replicarle algo para defenderme, Amber comenzó a moverse bruscamente entre mis brazos y a hablar en voz alta en medio de sus sueños.
—Ayúdame... por favor... ¿Dónde están?... Ayúdame...
Sus palabras eran perfectamente correctas.
La miré completamente sorprendido porque, al hablar dormida, su rostro no sufrió ninguna contorsión extraña ni tampoco tartamudeó en absoluto.
Simplemente eran palabras limpias, bien dichas, sin más vacilaciones que las propias emociones de angustia que le estaba provocando la pesadilla.
Como no soportaba verla sufrir de esa manera, intenté despertarla con suavidad para traerla de vuelta a la realidad. La llamé varias veces por su nombre por lo bajo, acunándola, pero parecía estar sumergida en un trance profundo del que no podía salir.
—¡¡Ayuda!!... ¡¡¡NOOOOO!!!!!
Amber se despertó con su propio grito desgarrador, sentándose de golpe sobre el colchón.
—¿Estás bien? —la miré, profundamente preocupado.
Amber estaba completamente desorientada, casi como si en esos primeros segundos no lograra reconocer dónde se encontraba.
Miraba de un lado a otro de la habitación, con los ojos muy abiertos; supuse que buscando una salida de emergencia de la pesadilla que la había atrapado.
Le di el tiempo necesario para que se calmara por sí misma, sin presionarla, mientras continuaba trazando círculos pausados en su espalda con la palma de mi mano.
Esperaba de corazón que el contacto físico de nuestro vínculo la relajara de alguna forma.
Cuando los temblores finalmente cedieron, ella no me miró a la cara. Dirigió la vista hacia abajo, contemplando fijamente la manta que nos cubría las piernas, y cerró los ojos con fuerza.
—Sí... disculpa, ha sido una pesadilla...
«¡Habla de corrido! ¡Habla sin gestos ni tartamudeos! ¡En serio la aceptaste, idiota!», mi lobo comenzó a vitorear con un fervor salvaje en mi interior, y yo mismo me uní a su festejo.
¡Ocurrió! Mi compañera por fin estaba fuera del hechizo de ocultamiento de la Diosa de la Luna. Ahora, despojada de esa fachada, sí era absolutamente perfecta.
Amber se volvió a recostar sobre el colchón, siempre manteniendo los ojos cerrados, y a los pocos segundos su respiración regresó a un ritmo estable y acompasado. Se había vuelto a dormir profundamente, exhausta por el desgaste del día.
Es inútil decir que yo estaba eufórico y sumamente sorprendido en partes iguales. Recordaba perfectamente que a Bastian le había costado meses de dolor y resistencia aceptar de verdad a Coralie para romper el hechizo.
Pero ya nada de eso importaba. El tiempo no era un indicador de nada, evidentemente, ya que yo lo había logrado en cuestión de días.
Me recosté de nuevo en el respaldo, con Amber dormida sobre mi pecho, sintiéndome liviano de una forma que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Mi compañera había vuelto a ser una loba normal ante mis ojos, y con eso me bastaba y me sobraba para dejar atrás cualquier duda.