Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 18 Soren #2
28%

18 Soren #2

—¿Lo vieron? ¿Lo vieron todos con sus propios ojos?

—Erika gritó, dirigiéndose primero de cara al público de las gradas y luego girándose hacia los ancianos del estrado—.

¡Esa monstruosidad discapacitada no puede ni siquiera articular una frase coherente!

¿De verdad quieren que sea ella quien se ocupe de la educación y seguridad de sus hijos?

¡Mírenla bien! ¡Es tan deforme que apenas puede mantenerse parada en sus propios pies sin parecer un espantapájaros! Está más que claro que...

Erica no pudo terminar la atrocidad que estaba escupiendo por la boca porque, de la nada más absoluta, aparecieron una decena de espadas de hielo macizo, afiladas como navajas, apuntando directamente a milímetros de su cuello, su pecho y su cabeza.

La loba se quedó completamente congelada en el sitio, el color abandonando su rostro en un segundo, con los ojos muy abiertos y la boca todavía abierta en la última sílaba que no llegó a pronunciar.

—No.

Me di la vuelta rápido, estupefacto, al escuchar el susurro. Amber estaba mirando seriamente a Coralie, mientras le sostenía con su mano temblorosa la muñeca del brazo con el que la Luna había conjurado las armas de hielo.

Coralie desvió su mirada asesina de Erika para fijarla en Amber; sus ojos brillaban con intensidad. Tras un segundo de muda resistencia, soltó su muñeca del agarre de su hermana de un solo tirón y se dio la vuelta, abandonando la sala del Consejo a paso furioso, dando por terminada su diplomacia.

Las espadas de hielo que rodeaban a Erika se derritieron instantáneamente, cayendo como una cascada de agua helada directamente sobre su cabeza y sus hombros, empapándola por completo en medio del recinto. La mujer temblaba, humillada y aterrada.

Amber, por su parte, bajó la mirada directo al piso de madera, encogiéndose en su lugar.

—Bueno... risas o no en el patio, el lanzar a los cachorros indefensos por el aire no es un comportamiento digno ni seguro para una educadora —continuó Sofía con un tono de voz gélido, hablando como si absolutamente nada de lo anterior hubiese sucedido—.

Mi consejo para esta asamblea es que se aleje de forma permanente a la loba Amber de las aulas, de los niños y del núcleo de la manada, para evitar cualquier otro conflicto de convivencia con los menores.

Si les parece bien a los miembros del estrado, podemos proceder a votar el exi...

Esta vez fui yo quien interrumpió a Sofía. Mi voz tronó con un comando de Alfa que hizo vibrar las paredes de la sala circular y acalló cualquier intento de murmullo. Ya me habían cansado por completo con sus intrigas políticas baratas, su podredumbre moral y su envidia oculta.

Miré de reojo a Amber y vi que un par de lágrimas silenciosas volvían a correr por sus mejillas, manteniendo los hombros caídos como si estuviera esperando resignada una sentencia irreversible a la que ya estaba dolorosamente acostumbrada.

Me enterneció profundamente el hecho de que aceptara una injusticia de ese calibre sin protestar, y me enfureció a niveles volcánicos la discriminación abierta de estas lobas pulgosas, envidiosas y resentidas.

—Amber no es ninguna educadora contratada por esta manada —sentencié, dando un paso al frente desde mi grada de honor—, y su comportamiento ha sido ejemplar y excelente en todo momento desde que pisó nuestra manada.

—Alfa Soren, yo... —intentó interrumper Sofía, abriendo los ojos con sorpresa.

—Alfa, usted debe comprender el protocolo... —quiso sumarse la madre de Derek.

—Comprendo perfectamente que están empecinadas en encontrarla culpable de un delito que jamás ha cometido —las corté en seco, barriendo el estrado con una mirada cargada de intenciones asesinas—.

Ningún niño fue llevado de urgencia al hospital de la manada, la propia testigo presencial que ustedes mismas citaron ante este Consejo confirmó que lo único que se escuchaba en el patio eran risas felices, y lo único que están haciendo ustedes tres en este recinto es discriminar activamente a una loba por sus dificultades físicas y motoras.

Eso en mi manada se llama hostigamiento y persecución, y no permitiré bajo ningún concepto que se lleve a cabo algo tan sumamente vil y bajo.

Hice una breve pausa, dejando que el peso de mi autoridad de Alfa asfixiara el ambiente de la sala.

—Tenía el entendimiento de que este Consejo se ocupaba de resolver problemáticas de verdadera importancia comunitaria, no de difamar y atacar a lobas recién llegadas que solo buscan aportar alegría a los cachorros.

Si tienen tanto tiempo libre disponible para difundir estas bajezas, significa que les sobran horas que bien podrían emplear a partir de mañana en tareas comunitarias de labranza y patrulla fronteriza mucho más útiles para la comunidad.

Las caras de las tres mujeres empalidecieron de golpe, perdiendo todo el rastro de suficiencia. Amber levantó la cabeza despacio, mirándome con una expresión de absoluto desconcierto y extrañeza en sus ojos celestes.

A mi lado, Bastian, Orion y Rhys mantenían una media sonrisa idéntica en sus labios, cruzados de brazos y disfrutando del despliegue.

—Amber es mi compañera predestinada, designada por la Diosa de la Luna —declaré, soltando la verdad ante toda la asamblea con voz firme—, y por lo tanto es completamente libre de moverse, jugar y actuar por todo el territorio de esta manada cuando y como a ella se le dé la maldita gana.

Otro sonoro coro de exclamaciones, jadeos de asombro y susurros escandalizados resonó por cada rincón de la sala circular. Las tres caras de las acusadoras pasaron del blanco pálido a un tono verdoso por el puro terror. Se habían metido con la compañera de un Alfa, una Luna.

—Y a quien no le guste su presencia o sus métodos... —rematé, clavándoles la mirada— es libre de armar sus maletas e irse exiliado de la manada por su propia voluntad. Nadie los retiene aquí.

Me di media vuelta de inmediato, ignorando al Consejo por completo, y le señalé con un movimiento de cabeza la salida a Amber.

Ella me miraba completamente anonadada por la sorpresa del anuncio.

Al notar que daba unos pasos sumamente temblorosos y torpes hacia la gran puerta doble, y leyendo el dolor físico latente en su mirada por culpa del esfuerzo de la reverencia, no lo pensé dos veces.

Me acerqué en dos zancadas, la levanté en volandas con una delicadeza y la acuné contra mi pecho.

Salí de la sala del Consejo a paso firme, cargándola en mis brazos delante de toda la manada.

Necesitaba tomar aire fresco urgente para calmar mi furia y la de mi lobo antes de cometer un triple asesinato y dejar huérfano de madre a un cachorro de seis años.