18 Soren
Soren
—¿Ybien, Elena? ¿Quieres contarnos qué fue lo que motivó tu denuncia? —el que hablaba ahora era Mario, uno de los dos ancianos representantes de la manada de Bastian.
—Sí, claro... em... yo...
—No tengas vergüenza de hablar en público, querida Elena —intervino Sofía, la otra anciana de la facción de Bastian.
Se relamía en su asiento, previendo un conflicto mayor que sirviera a sus intereses—.
Tu denuncia está dirigida hacia la loba que estuvo acompañando a la Beta Layla estos días en las aulas, ¿no es así?
—Su sonrisa de arpía daba auténticos escalofríos.
«¡Está acusando abiertamente a nuestra compañera!», mi lobo comenzó a pasearse de un lado a otro dentro de mi cabeza, frenético y con el pelaje erizado.
La sutil ayuda y el tono protector de la anciana le infundieron los ánimos que le faltaban a Elena.
—¡Sí! Sí, así es —soltó la mujer, ganando confianza—.
Mi hijo ayer volvió muy entusiasmado de la escuela porque esa loba...
—dijo con rabia implacable, señalando con el dedo directo al frente, donde Amber permanecía con la cabeza baja—...
¡los lanzó por los aires a alturas inimaginables con su poder!
—Elena, ¿qué demonios estás haciendo? —el “susurro” de su compañero, Darius, se escuchó con claridad en toda la sala. Estaba notablemente preocupado y enojado por el rumbo que tomaba la situación.
De inmediato, un coro de voces sorprendidas y murmullos escandalizados recorrió las gradas del recinto.
¿De verdad una loba en la condición física de Amber podía revolear por los aires a todo un grupo de cachorros?
Me resultaba increíble cómo hacían los presentes para creerse semejante mentira retorcida.
—De no haber estado la Beta Layla allí para intervenir —continuó Elena, engreída por la atención de la asamblea—, los niños podrían haberse matado de un golpe seco al aterrizar contra el suelo, y hoy estaríamos en una situación trágica muy diferente.
Miembros del Consejo, esta preocupante historia ha sido completamente corroborada por todos los niños de la clase de mi hijo.
Las voces sorprendidas de las gradas mutaron rápidamente a un tono de indignación moral colectiva.
Qué malditos hipócritas. Se notaba a leguas que esta gente no tenía absolutamente nada útil que hacer con sus vidas y perdían el tiempo viniendo aquí a sembrar discordia en asuntos ajenos.
Tal vez unas cuantas tareas extras de les darían el incentivo que necesitaban para meterse en sus propios asuntos.
—Por lo tanto, todos nosotros, como madres y padres legítimamente preocupados por la incolumidad física de nuestros hijos —sentenció Elena, mirando de reojo a su hermana Erika—, exigimos formalmente que esa loba sea exiliada del territorio de las Cuatro Lunas de forma inmediata y que se revise minuciosamente el rol de la dirección escolar en todo esto.
Claramente, la directora no hace bien su trabajo si permitió ingresar a las aulas a este monstruo psicótico.
—Voy a matarla... —la voz de Coralie, que resonó cerca, baja y letal, reflejaba con absoluta precisión mi propio estado de ánimo en ese instante.
—Calma, amor, nadie va a exiliar a nadie —la frenó Bastian, aunque él mismo ya estaba al límite de su propia paciencia.
—¡¿Cómo te atreves a decir cosas tan horribles e infundadas de otra persona, Elena?
! —Layla se envaró de golpe en su asiento, levantándose con una furia asesina acechando en el fondo de sus ojos mientras clavaba la mirada en la demandante—.
¡Amber es MI invitada de honor en MIS clases y definitivamente no ha hecho NADA de lo que estás describiendo!
Ninguna niña ni ningún niño estuvo en peligro bajo nuestra supervisión.
Yo misma estuve allí presente en cada segundo.
Tal vez deberías limitarte a escuchar lo que realmente dice tu hijo en lugar de retorcer sus palabras para adaptarlas a tu favor.
—Es un gesto muy loable de tu parte asumir la responsabilidad de todo esto, Beta Layla —Sofía pasó de inmediato a la acción, rescatando el conflicto antes de que se apagara—.
Pero si de verdad existió una negligencia grave por parte de la señorita Amber y de la dirección escolar, esto merece ser investigado a fondo por el Consejo y no zanjado a la ligera.
Realmente habría que asignarles más tareas administrativas a estos ancianos. Se aburrian demasiado rápido.
—Hubo testigos directos del hecho, miembros del Consejo —agregó Sofía con aire de suficiencia—. Una loba vecina del predio escolar afirma haber visto a los cachorros flotando en el aire y gritando a todo pulmón.
—¿Quién es exactamente esa supuesta testigo? —preguntó Alma con curiosidad y desconfianza en la voz.
—Yo —una loba de contextura baja, que estaba sentada de la mano de un soldado de la patrulla fronteriza, se levantó lentamente de su asiento en la parte media de las gradas—.
Soy Lía Castro, y con mi compañero vivimos a unas pocas cabañas de distancia del patio de la escuela.
Ese día en particular me encontraba caminando hacia el hospital de la manada.
Levanté la cabeza de forma casual y los vi a todos en el aire. Pero...
Sofía la interrumpió de inmediato, buscando dirigir el testimonio hacia su terreno.
—¿Por qué motivo se dirigía al hospital, Lía?
—Trabajo allí como personal del servicio de cocina —explicó Lía con timidez—. Y al salir...
—¿Y no pensó en dar la alarma general de inmediato al ver que unos cachorros indefensos alcanzaban cuotas de altura demasiado elevadas para un salto normal?
¿Se fue directamente a su puesto de trabajo sin más?
—Sofía continuó con su interrogatorio implacable y, por alguna razón, de golpe una fuerte sospecha me caló los huesos.
—Lo comenté al llegar a la cocina del hospital, pero no di ninguna alarma general porque...
—Un comportamiento sumamente negligente e irresponsable de su parte, ¿no lo cree? Comprendo perfectamente que no sea una sanadora titulada, pero un poco de sentido común básico debería tener, querida —la atacó Sofía. Ahora el chivo expiatorio pasaba a ser la pobre Lía.
—Ya deje de interrumpirla, Sofía —la voz de Coralie tronó en la sala circular, cortando el aire como una cuchilla de hielo—.
Si realmente tiene un genuino interés en escuchar el testimonio de la testigo, debería dejar que termine de hablar y no interrumpirla cada dos segundos con juicios de valor.
Pareciera que es usted la que quiere testimoniar ante este estrado; de ser así, puede dejar la silla que ocupa en el Consejo ahora mismo y le haremos un lugar aquí abajo.
Mi lobo y yo aplaudimos internamente a Coralie con absoluto fervor.
—Por supuesto, Luna Coralie... puedes seguir con tu relato, querida —cedió Sofía, conteniendo la rabia.
—Gracias —Lía miró a Coralie con profunda gratitud en los ojos—.
Lo que estaba intentando explicar es que me limité a contarlo en la cocina como una anécdota graciosa y hermosa, porque en el aire lo único que se escuchaba...
eran risas contagiosas. No di ninguna alarma porque los niños estaban visiblemente felices.
Un coro de voces aún más sorprendidas y murmullos descolocados siguió a las afirmaciones de Lía. Esta última se apuró a terminar su relato antes de que Sofía o alguien más intentara distorsionar sus palabras.
—De hecho, en el momento pensé que era nuestra Luna Coralie que los estaba haciendo flotar en el aire usando alguna clase de vapor o juego de agua.
Los niños estaban suspendidos en el aire de forma segura, daban vueltas carnero divertidos y hacían rondas tomados de las manos.
Habían trasladado su patio de juegos habitual unos metros más arriba, eso fue todo.
La sonrisa nostálgica que puso Lía al recordarlo coincidía exactamente con las expresiones de Derek, Layla y la propia Coralie.
Desvié la mirada hacia mi compañera de reojo y pude notar cómo sus mejillas se encendían de color por la vergüenza y el arrepentimiento.
Vi cómo Amber comenzaba a levantarse lentamente de su asiento.
Se dio la vuelta con esfuerzo, quedando de cara al público de las gradas y de espaldas a la medialuna del Consejo.
Con una breve e incómoda inclinación hacia adelante, una reverencia física que le valdría una noche entera de dolores musculares, tomó aire y habló:
—O iento. O ise u-ustar a aie.
El esfuerzo titánico que tuvo que realizar entre sostener la reverencia física y forzar las palabras a salir de su garganta deformó aún más sus rasgos al hablar, volviendo su tono gangoso.
Su mano derecha comenzó a repiquetear incansablemente contra su muslo en un golpe rítmico y veloz, el signo evidente del profundo nerviosismo y la angustia que estaba atravesando en su interior.
«¡Ve a abrazarla! ¡Tienes que ir ahora mismo a consolar a nuestra compañera! ¡Está sufriendo horrores delante de todos!», me rugió mi lobo, destrozándome la mente con sus garras por la desesperación.
«No puedo saltar al centro del estrado ahora, está bajo la lupa directa del Consejo», le respondí, aunque apretaba los puños con tanta fuerza que mis propias uñas me cortaban las palmas.
«¡A quién carajos le importa el Consejo! ¡Es nuestra compañera y debemos protegerla de estas hienas! ¡Ve y arráncales la cabeza a esas dos malditas hermanas! Y a la anciana maliciosa también ya que estás».
Nunca en toda mi existencia había estado en tanta sintonía con mi mitad animal.
Estuve a un milímetro de perder los papeles y saltar para asesinar a Erika Portman, quien en ese preciso instante cometió el peor error de su vida al desafiar abiertamente las indicaciones previas de silencio del Consejo y ponerse de pie de un salto.