15 Amber
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Amber
Al día siguiente, Layla pasó a buscarme como siempre por la cabaña y nos encaminamos juntas hacia la escuela.
Mi tartamudeo había vuelto en todo su esplendor, así como mis tics faciales y mi caminar pausado y errático.
Traté por todos los medios de que no se me notara en el rostro la profunda decepción que sentía al darme cuenta de que el bienestar absoluto del día anterior había sido un simple impasse; una gracia pasajera de la Diosa de la Luna, nada más. El hechizo había reclamado su lugar.
Llegando al perímetro de la escuela, el viento comenzó a traerme voces distantes que discutían de forma acalorada.
Me pareció escuchar a la directora de la institución, que intentaba en vano tranquilizar a otras personas, pero debido a la distancia no lograba comprender el motivo real de la furia que destilaban sus palabras.
En cuanto cruzamos el portón y fuimos visibles en el patio, un grupo de unos diez lobos —padres y madres de los niños, supuse— se desprendió de la entrada y se acercó a nosotras con una agresividad evidente en sus posturas.
Nos frenamos de golpe. Layla, por puro instinto de protección, se plantó unos dos pasos por delante de mí.
—¿Es ella? ¿Fue ella la que lo hizo? —comenzaron a murmurar entre ellos.
Layla intervino de inmediato, intentando calmar a las hordas barbáricas con su habitual tono conciliador de docente.
—Buenos días a todos. ¿Pasó algo con los niños? ¿Están todos bien?
—¡Claro que no está todo bien! —una loba de cabello castaño gritó con virulencia desde el medio del grupo.
—¿Le pasó algo a Derek, señora Portman? —preguntó Layla. Sentí un escalofrío en la espalda ante la idea de que algo malo le hubiera ocurrido. Derek era, sin duda, uno de mis cachorros favoritos.
—¡Ella le pasó! —bramó la mujer, señalándome con el dedo mientras se adelantaba unos pasos para acusarme directamente con la mirada.
Abrí mucho los ojos, completamente desconcertada. No recordaba que hubiese pasado nada malo con Derek en estos días; más bien todo lo contrario. Me señalé el pecho con mi mano torpe.
—¿O? —logré articular en un murmullo gangoso.
—¡Sí, tú! ¡Casi matas a mi hijo y a todos sus compañeros de clase! ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¡Son niños pequeños, monstruo, ¿es que no te das cuenta?!
—¿Aarlo? —dije en un rápido suspiro, el pánico instalándose en mi pecho.
Miré a Layla buscando que me explicara qué demonios estaba sucediendo, pero ella lucía tan confundida y perpleja como yo.
—Señora Portman, Amber estuvo siempre a mi lado durante todo el día de ayer, y puedo asegurarle bajo mi palabra que nada malo pasó con Derek ni con ningún otro niño en este patio —declaró Layla con absoluta seguridad y aplomo, cruzándose de brazos.
La señora Portman dio rienda suelta a toda su maldad, alzando la voz y negándose a dejar que nadie más interviniera para poder esparcir su veneno con total libertad.
—¿Y qué clase de docente eres tú, Layla, que dejas que una deficiente e inválida como esta revolee a nuestros hijos por los aires con sus brujerías?
La mirada de Layla se volvió instantáneamente asesina en dirección a la mujer.
—Recuerde muy bien con quién se está metiendo y a quién se está dirigiendo, señora Portman. Soy la Beta de esta manada. No le permito faltarme el respeto ni a mí, ni muchísimo menos a Amber.
—Tú no eres mi Beta de sangre; Bastian y Coralie son mi Alfa y mi Luna, y a ti no te debo absolutamente ningún respeto. ¡Menos desde el momento en que dejaste que este monstruo jugara con la vida de mi hijo y la de sus compañeros!
Layla comenzó a emitir un gruñido sutil y peligroso desde el fondo de su pecho. Supongo que, con toda la razón del mundo, se estaba imaginando a sí misma arrancándole la cabeza a la dichosa mujer ahí mismo.
En ese momento, otra loba, de rasgos muy parecidos a los de la señora Portman, tomó la palabra con un tono falsamente compasivo.
—Cálmate, Elena. No podemos culpar directamente a la Beta Layla por las acciones descontroladas de una enferma mental. Tal vez la dirección de la escuela debería controlar de manera más minuciosa los antecedentes de las personas extrañas a las que les permite ingresar al establecimiento.
Sentí que la sangre se me congelaba. Me dolió en lo más profundo.
—O iento… —dije con un esfuerzo tremendo, haciendo una leve inclinación hacia adelante con el cuerpo mientras intentaba rebobinar toda la escena de ayer en mi mente—. O ise ustar a aie.
Derek se había reído a más no poder con su grupo de amigos. No había estado asustado ni un solo segundo. Pensé que tal vez esta señora había malinterpretado el juego del viento.
—D-Deek... eaba... f-f-feiz —agregué, intentando regalarle una sonrisa ladeada para apaciguarla, pero mis músculos faciales me traicionaron y se torcieron de forma extraña.
—¡No nos mires de esa forma tan grotesca, monstruo! —escupió la hermana de la mujer—. Mi sobrino regresó a casa súper asustado, ¡tanto que se negó por completo a venir a la escuela hoy! ¡Vas a pagar por haber intentado lastimar a los miembros de esta manada!
Ante sus gritos, los demás padres comenzaron a intervenir en el tumulto.
Algunos, más moderados, pedían simplemente que me alejaran de las aulas; otros exigían que una situación así no se volviera a repetir jamás por seguridad; y un último grupito radical, encabezado firmemente por las hermanas Portman, exigía a los gritos que me expulsaran para siempre del territorio de las Cuatro Lunas, con la prohibición absoluta de regresar.
Layla abandonó por completo su tono amable de docente y adoptó la faceta de una Beta de sangre mística, altamente fastidiada y furiosa. Su voz tronó en el patio:
—Aquí no hubo ningún delito ni negligencia. Y como esta escuela se encuentra geográficamente bajo la jurisdicción directa del Alfa Soren, será únicamente él quien decida sobre este asunto.
—Lo siento mucho, Beta Layla —intervino la tía de Derek con una sonrisa melosa y cargada de viva astucia—, pero es el Consejo de Ancianos el que determina estas cuestiones de índole más...
"doméstica". Habrá que solicitar una audiencia formal para resolver este conflicto de convivencia, ¿no lo cree?
—Bien. Hablaré personalmente con los cuatro Alfas de toda esta absurda situación y serán ellos quienes convoquen al Consejo si lo consideran necesario —retrucó Layla, imperturbable.
—No va a hacer falta que se moleste, Beta —soltó la mujer con veneno—.
Uno de los miembros más antiguos del Consejo de Ancianos resulta ser el abuelo de una de las niñas vulneradas ayer por el viento, así que él mismo ya convocó a una reunión de emergencia.
Será en media hora... en la sala principal.
—Hija de... —Layla no llegó a terminar el insulto, conteniéndose a duras penas.
—Bien. Dada la delicada situación, será mejor que todos los padres se retiren del establecimiento ahora mismo —la directora de la escuela al fin pudo hablar, imponiendo su autoridad y echando a los manifestantes del patio.
Ni bien los padres se dieron la vuelta y estuvieron lo suficientemente lejos, Layla rompió la distancia que nos separaba, me rodeó con sus brazos y comenzó a consolarme con una ternura infinita.
—No te preocupes por nada, Amber. Ya le envié un mensaje de alerta a Alex para que convoque a todos los Alfas de inmediato. Jamás vas a irte de aquí, te lo prometo. Verás que todo esto se va a resolver a tu favor —me dijo con voz suave, mientras usaba sus pulgares para secarme las mejillas.
Me quedé completamente sorprendida ante su gesto. Toqué mi propio rostro con mis dedos torpes y me di cuenta de que, sin haberlo notado por culpa del shock, estaba llorando copiosamente.