Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 14 Amber
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Amber

Después de unos días realmente malos, volví al ruedo como nueva.

Y la verdad, era que nunca me había pasado algo así.

Mi salud siempre había tenido etapas cíclicas muy marcadas: primero todo estaba bien, luego iba desmejorando de a poco, empezando con tics más acentuados que me producían un desgaste muscular altísimo, seguidos por los dolores que pasaban a presidir la escena, para después ir mermando lentamente hasta quedar en una molestia soportable y volver a empezar el ciclo.

Esta vez fue completamente diferente. Estando en el peor momento físico que jamás hubiera sentido antes, experimenté una mejoría repentina, de la noche a la mañana.

Podría jurar que, así como nunca había estado tan mal, jamás me había sentido tan sana, ligera y llena de vitalidad como ahora.

Supuse que la aparición de esos dolores atroces e inéditos habían sido producto del rechazo constante de Soren, pero ni por casualidad lograba comprender qué demonios había pasado para que amaneciera tan recuperada.

Lo que fuera que hubiese ocurrido mientras dormía, esperaba que volviera a pasar, porque me sentía espléndida.

Fui caminando sola hasta la escuela para darle una sorpresa a Layla y a los niños.

Me distraje por el camino al ver a un lobo que deambulaba por los edificios.

Si bien me parecía conocido, no le di demasiada importancia, así que seguí mi camino hacia la escuela Ni bien me vieron cruzar el portón del patio, comenzaron los gritos de entusiasmo.

—¡Amber! ¡Volviste! ¡Chicos, volvió Amber!

—¡Amber!

—¡Amber! ¡Amber!

—¡Te extrañé, Amber! ¿Dónde estabas?

En un segundo, una marea de brazos pequeños rodeó mi cintura y mis piernas. Me sentí flotar, tan feliz y esperanzada, deseando con todas mis fuerzas que la vida siempre fuera así y que nunca más tuviese que percibir lástima o decepción en la mirada de nadie.

—Chicos, tengan cuidado. Déjenla llegar y respirar —intervino Layla, saliendo al patio y mirándome con una enorme sonrisa de alivio.

—Hola —dije sin vacilar.

Me sorprendió a mí misma lo limpio que sonó, sin el tartamudeo trabado de siempre.

Pasé todo el día jugando con los niños bajo la supervisión de Layla.

Volví a tartamudear un poco con las horas, pero casi nada comparado con las veces anteriores; aun así, me seguí manejando mayormente con el viento cuando las palabras no querían cooperar.

De golpe, a mitad del recreo, me llamó la atención un barullo que se había armado en un rincón del patio.

Me acerqué despacio, cambiando la dirección del viento a mi favor para que me trajera las palabras exactas de los niños.

Se estaban peleando a los gritos para ver quién tenía la razón en un debate crucial.

—¡Amber! ¿Es verdad que puedes volar?

—¡No, te digo que no puede! Si vuela usa el viento, ¡no tiene alas de pájaro!

—¡No! ¡Ella puede volar como las águilas!

—¡Es mentira!

—Ya basta, niños. Si siguen gritando no van a poder escuchar la respuesta de Amber —Layla lograba calmar multitudes con su habitual tono cariñoso pero firme, poniéndose a mi lado.

... No tengo alas, lo siento…

Les hablé con el viento, mirando divertida al grupo que insistía con vehemencia en mi supuesta transformación en pájaro.

…Soy una loba como ustedes, así que no puedo transformarme en otro animal...

—¡¿Viste?! ¡Te dije que no podía volar!

Me agaché un poco y agarré delicadamente el hombro del niño que estaba gritando, mirándolo fijo a los ojos con una sonrisa cómplice.

... Pero sí puedo volar, y también puedo hacer que otros vuelen…

Le guiñé el ojo.

A continuación, llamé al viento con toda la fuerza y vitalidad que me desbordaba el cuerpo.

Unos pequeños y controlados remolinos comenzaron a envolver a los niños en el patio, incluyendo a Layla.

Las ráfagas de aire tibio acudieron sumisas a mi llamado, levantando despacio y con una suavidad absoluta a todos los presentes, que comenzaron a reír sorprendidos a medida que se elevaban del suelo.

—¡Estamos volando! ¡Estamos volando! —gritaban eufóricos.

Me quedé abajo, firme en el suelo para controlar la corriente con precisión y garantizar la seguridad de la situación.

Desde mi posición podía escuchar las risas felices y completamente despreocupadas de todos.

Algunos de los cachorros se acercaban flotando en el aire y se tomaban de las manos, armando círculos flotantes; otros más audaces daban vueltas carnero aprovechando la gravedad cero del viento.

Todos se sentían plenos, y yo me sentía aún más feliz, sabiendo que era mi propia habilidad la que los hacía reír a carcajadas.

Cuando tocó el timbre que marcaba el final del día, los hice bajar a todos lentamente, amortiguando la caída. Al tocar el suelo, todos los cachorros, sin excepción, vinieron corriendo a abrazarme y a agradecerme por la experiencia.

Layla se acercó al final; tenía los ojos llenos de lágrimas. Esperaba de corazón que fuesen de felicidad y no de miedo ante mi despliegue de poder.

—Gracias, Amber. Fue simplemente increíble —me dijo, dándome un abrazo apretado.

«Sí, fue de pura felicidad», me aseguró mi loba, sintiendo el corazón de Layla.

Suspiré para mis adentros, relajando el viento. Realmente odiaba las confrontaciones y las miradas de juicio, por lo que ver que todos se lo habían pasado en grande, me llenaba el alma de una paz que no recordaba haber tenido en mucho tiempo.