13 Soren
cVG
Soren
Los desayunos todos juntos en la casa de la manada se habían vuelto insoportables.
Las caras de Bastian y de Alex ya me tenían harto.
Orion y Rhys me trataban con una mesura distante que casi prefería evitar.
Layla prácticamente no me dirigía la palabra, y Coralie únicamente si estaba estrictamente obligada por alguna cuestión de la manada.
Las demás chicas hacían lo posible por ignorarme...
Únicamente Tyler y Brian se comportaban como si todo estuviese normal, manteniéndose al margen de mi situación.
La ausencia de mi compañera en la mesa era tangible.
Me sentí aliviado los primeros días, al pensar que no quería imponer su presencia entre nosotros, pero cuando descubrí el motivo real de sus ausencias, me sentí mal y culpable.
Le costaba horrores desplazarse hasta aquí, y si caminaba mucho, sufría dolores terribles.
«Si fueses un mejor compañero, me dejarías llevarla en mi lomo», intervino mi lobo.
Estaba horrorizado de saber que nuestra compañera estuviese sufriendo y que yo no hiciera nada para ayudarla, ni se lo permitiera a él.
«No creo que montar a caballo sea un buen ejercicio para un cuerpo dolorido», le respondí con acidez.
«Entonces llévala tú en volandas. Y no soy un caballo, idiota.».
«Tengo mejores cosas que hacer que ejercer de transporte».
«¿Cómo mirarla a escondidas, no? Además, eres su compañero. Lo único mejor que tienes que hacer en tu vida es ocuparte de ella y hacerla feliz».
«Es feliz con los niños, por lo que cuenta Layla».
Al pensar en eso, no pude evitar sonreír internamente.
Layla comentaba constantemente de que Amber tenía un don único, que los niños habían escuchado sus palabras en el viento y que se comunicaba con todos ellos libremente.
Al recordarlo, sentí una punzada de envidia y de profunda decepción; yo no había podido escuchar absolutamente nada cuando estuve frente a ella.
Hasta Layla lo había logrado, al igual que Cory.
«Quiero transformarme y ver si yo puedo escucharla», insistió mi lobo.
«Olvídalo. Capaz que vas y la marcas a traición».
El pensamiento me heló la sangre. A pesar de lo que los demás Alfas pensaban de mí en este momento, yo jamás haría nada en contra de la voluntad de alguien; los “no” eran sagrados para mí, sobre todo los de mi compañera.
«Eso resolvería todos nuestros problemas», refunfuñó de malhumor.
«Claro, pero se le sumaría uno peor: que nos tenga miedo por no respetarla».
Mi lobo se puso a gemir como un gatito herido ante la sola perspectiva de que Amber nos tuviese miedo.
De golpe, un codazo sutil en las costillas me trajo de vuelta a la realidad.
—¿Todo bien? —me preguntó Orion, observándome.
—Sí, todo bien —respondí a secas antes de levantarme de la silla—. Los dejo, sigo con lo mío.
Al salir del comedor, alcancé a escuchar los comentarios en voz baja de mis amigos. Sabía que, a pesar de no estar para nada orgullosos de mis actitudes actuales, en el fondo seguían preocupados por mí.
En contra de mi buen juicio, mis pasos me guiaron directo hacia la cabaña de mi compañera.
Había escuchado a María comentar en la cocina que los dolores que Amber sufría en el cuerpo estaban siendo demasiados para ella, y que nadie había logrado aliviarlos.
Ninguna técnica, ningún ungüento, ningún conocimiento de sanadora había hecho mella.
«Eso debes hacerlo tú, aceptándola...», repitió mi lobo con pesadumbre.
Por más que supiera que tenía toda la razón y que todo lo que aquejaba a Amber era producto directo del hechizo de la Diosa de la Luna, me seguía costando una enormidad proyectar una vida a su lado tal como estaba ahora.
Cuando me imaginaba el momento de tener una compañera, en mi mente aparecían situaciones mucho más domésticas y cotidianas: pasear juntos por el territorio, visitar a las familias de la manada, averiguar qué problemas les aquejaban y tratar de resolver los conflictos juntos.
Pero si trasladaba a Amber a esa visión, con su andar pesado y su dolor a cuestas, no íbamos a poder visitar más de dos casas antes de que colapsara; yo terminaría siendo el único que hablara con las personas y, para colmo, tampoco íbamos a poder charlar entre nosotros para resolver nada, ya que yo no comprendía una sola palabra de lo que intentaba decir. Era todo altamente frustrante.
«Frustrante o no, es nuestra compañera», sentenció mi lobo, inflexible.
«Sí, y por eso mismo estoy yendo a ver cómo está... ¿Contento?»
«Lo estaría si te dejaras de estupideces y...»
«¡Ya basta! Hago lo que puedo, ¿ok?»
«No es suficiente, Soren. Si está cada vez más dolorida es porque la rechazas constantemente en tu cabeza.
Ya sabes perfectamente cómo les afecta este hechizo de ocultamiento; lo vimos de primera mano con Bastian cuando rechazaba a Coralie.
Ella estaba cada vez más demacrada y débil.
Y ahora nuestra compañera está sufriendo, cada vez más adolorida y enferma por tu culpa. Resuélvelo, y rápido, Soren».
No podía discutirle ni una sola palabra.
Mi lobo tenía razón absoluta en todo lo que decía, pero aunque en mi corazón sabía y aceptaba que ella era mi otra mitad, el tirón del vínculo todavía no era lo suficientemente fuerte como para suprimir los prejuicios y los pensamientos que me seguían rondando la cabeza.
Llegué a la pequeña casita y toqué varias veces la puerta con los nudillos, pero no respondió nadie. Esperé unos segundos e intenté llamarla en voz alta, casi gritando su nombre, pero tampoco salió a recibirme ni se escucharon ruidos en el interior.
«Tal vez ni siquiera pueda levantarse de la cama...»
La voz de mi lobo estaba cargada de angustia y yo, comenzaba a preocuparme seriamente.
Di la vuelta a la propiedad con rapidez, intentando mirar a través de los cristales de las ventanas para comprobar si estaba bien.
De golpe, la divisé en la habitación: vi un bulto bajo las mantas que temblaba de manera descontrolada.
No lo pensé dos veces. Regresé al porche, giré el picaporte y abrí la puerta de entrada de un solo tirón.
La cerré detrás de mí con cuidado para no hacer ruido y, en pocas zancadas, crucé la sala hasta el dormitorio.
Me encontré con Amber hecha un auténtico ovillo bajo las frazadas.
Temblaba espasmódicamente y no entendía el motivo, ya que la temperatura ambiente de la cabaña era agradable.
Me sentí invadido por el pánico. Me senté en el borde del colchón, justo a su lado, y corrí las mantas con suavidad para revisar que no estuviera herida.
La encontré vestida con una especie de pijama de una tela celeste, gruesa y suave, muy abrigada.
Se había tapado con un acolchado de plumas y varias mantas pesadas por encima, buscando un calor que su cuerpo parecía incapaz de generar por sí solo.
Hablaba en sueños, pero decía cosas totalmente incoherentes.
Lo que me congeló fue notar que, al estar inconsciente, hablaba sin su característico tartamudeo. Parecía estar sumergida en una horrible pesadilla, además de sufrir un frío intenso que le calaba los huesos. Gemía dolorida ante cada movimiento que hacía, por más mínimo que fuera.
El rechazo le estaba destrozando las articulaciones.
Impulsado por el instinto desesperado de mi lobo, me saqué los zapatos de una patada y me metí en la cama con ella, medio recostando mi espalda contra el respaldo de madera.
Estiré los brazos, la agarré por la cintura con delicadeza y la di vuelta hacia mí, acomodándola por completo sobre mi pecho para poder abrazarla y transmitirle todo mi calor corporal.
Casi instantáneamente, ocurrió el milagro.
Amber dejó de temblar con violencia y los gemidos de dolor cesaron.
Sus palabras susurradas en sueños se volvieron mucho más comprensibles, fluidas, sin el tartamudeo ni el temblor de dientes que me había horrorizado en la entrada.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios.
No pude evitar sonreír cuando, de manera inconsciente, ella se aferró más a mi camiseta, buscando mi cercanía. Extrañamente, me hizo inmensamente feliz el simple hecho de poder ayudarla a estar mejor y restarle un poco de su sufrimiento.
«Te lo dije. Esa es nuestra misión: hacerla feliz», murmuró mi lobo, mucho más calmado al sentir el contacto de nuestra compañera.
«Ahora cállate y disfruta del momento porque no se va a volver a repetir...», pensé, intentando convencerme a mí mismo mientras la estrechaba un poco más contra mi pecho.
Aunque, muy en mi fuero interno, deseaba con todas mis fuerzas que sí se repitiera.