12 Amber
cUZ
Amber
Amedida que transcurrían los días, se afianzaba cada vez más mi rutina en la manada de las Cuatro Lunas.
Como la escuela me quedaba a unos pocos pasos, desayunaba tranquila en mi casita y esperaba a que Layla pasara por mí.
Compartir con ella las mañanas, ayudándola con los niños, me permitía conocerlos un poco más cada día.
Ya tenía mis favoritos, claramente. Como siempre, los más chicos no tenían ningún problema en hablar conmigo; escuchaban mis palabras en el viento, al igual que Layla, y de esa forma toda la comunicación con ellos era muchísimo más fluida.
Al mediodía, Layla y yo nos íbamos juntas a almorzar a la casa de la manada.
Ahí pasaba tiempo con Cory y tuve la oportunidad de conocer mejor a las demás chicas.
Carla se había tomado muy en serio lo del desafío, así que era un paso obligado ir a su pastelería durante las meriendas para catar sus delicias culinarias.
Cada día me proponía un postre diferente, acompañado de una mirada pendiente de cada gesto que hacía.
A propósito, yo ponía una cara completamente indescifrable cuando probaba sus platos, pero la realidad era que me costaba horrores no saltar de la pura felicidad ante cada bocado.
Carla era una pastelera extraordinaria y mentiría si dijese que había probado postres más ricos que los suyos en el mundo humano.
María, por su parte, estaba decidida a ayudarme a aliviar el dolor de la mano cada vez que intentaba escribir.
La verdad es que no tenía el corazón para decirle que ni siquiera Cory, con su don de sanación del agua, ni Jade, con sus conocimientos de las hierbas, habían logrado mitigar los dolores.
Así que simplemente me dejaba consentir y aprovechaba el tiempo que pasábamos juntas para conocerla mejor.
Me sorprendió mucho saber que su tiempo de prueba en la manada ya se había terminado y que, para poder quedarse, tomó la difícil decisión de renunciar formalmente a su manada de origen solo para estar cerca de Cory y de las demás chicas.
Estaba un poco resignada con el tema de encontrar a su compañero predestinado, pero estas eran cuatro manadas que recibían constantemente lobos de todos lados, así que intentaba ser optimista.
Amy, por su parte, era una auténtica fuerza a tener en cuenta.
Se ocupaba de mil cosas a la vez, resolvía problemas logísticos de la manada y encima le quedaba tiempo para relajarse con sus amigas y pasar tiempo de calidad con su compañero.
Su energía activa me hizo acordar muchísimo a Rubina. Siempre en movimiento.
Y Layla... bueno, Layla había pasado a ser mi persona favorita en el mundo entero.
Tenía un humor excelente, era calmada y sumamente protectora con los suyos.
Con los niños en el aula era simplemente fantástica: los dejaba explorar y ser ellos mismos, pero siempre manteniéndolos dentro de las reglas que establecía y nunca de una forma autoritaria.
Me hubiese encantado tener una maestra como ella cuando era pequeña.
Los Alfas y los Betas del consejo eran todos muy amables y amigables conmigo, con la única y predecible excepción de mi compañero, que seguía limitándose a observarme desde las sombras.
El viento siempre me traía su inconfundible olor cada vez que se acercaba a los perímetros, por lo que sabía perfectamente que estaba ahí, vigilándome a la distancia, como si tratara de descifrar un misterio bien custodiado que no terminaba de comprender.