Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 10 Amber
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Amber

La visita de mi recién descubierto compañero fue un completo fracaso.

Pero siendo muy honesta conmigo misma, me lo esperaba; tanto su reticencia como su mentalidad cerrada.

Llegó a un punto tan ridículo que, cuando quise decirle con señas que fuera más abierto de mente, lo señalé a él, luego toqué su cabeza y después junté mis puños para abrirlos despacio estirando los dedos, imitando el nacimiento de una flor, y el genio me preguntó muy serio si lo que quería era detonarle la cabeza...

Parecía que entre todos los lobos disponibles, la Diosa me había asignado precisamente al más idiota.

Se marchó un tiempo más tarde sin haber logrado absolutamente nada.

No escucha el viento, no sabe lenguaje de señas, aunque yo tampoco puedo mantener una conversación larga por esa vía sin que la mano se me acalambre, y no entiende nada de lo que digo o intento articular.

Conclusión: él no sabe nada de mí, yo no sé nada de él, y así seguirá la situación por bastante tiempo, al parecer.

Se fue frustrado y sin ninguna respuesta a sus inquisitivas preguntas, y espero que no vuelva por unos días. Me dejó completamente agotada.

«Deberías tratar de entenderlo, Amber. Es difícil para él adaptarse de golpe», intervino mi loba en mi mente.

«¿Y para qué quiero comprenderlo si ya lo haces tú? Además, la última vez que chequeé el panorama, la que tenía el diagnóstico de autismo era yo, no el Señor Perfecto».

«¿Verdad que sí lo es?», suspiró ella, ignorando mi sarcasmo. «Es tan caballeroso, educado, atento...»

«Te salteaste idiota, engreído, egoísta, snob…».

«... y tan jodidamente atractivo», me interrumpió ella.

«Eso no te lo niego», afirmé en nuestro fuero interno mientras acomodaba unas cosas, «pero con la belleza por sí sola no voy a ser quien era, así que definitivamente me toca restarle por lo menos cien puntos a mi compañero».

Antes de que mi loba pudiera rebatir mi lógica, alguien tocó suavemente a la puerta de entrada.

Me encaminé rápidamente a abrirle a Layla.

Eran las ocho de la mañana en punto y habíamos quedado en que la acompañaría a la escuela para estar con los niños.

Estaba más que entusiasmada; Layla me caía súper bien y la perspectiva de pasar la mañana rodeada de cachorros hacía que el día fuera imposible de agriar.

—¡Hola, Amber! ¡Qué bueno que ya estás lista! ¿Vamos o necesitas hacer algo más antes de salir? —La buena predisposición de Layla era genuina y sumamente contagiosa.

—Lista —dije con esfuerzo, saliendo de la casita y cerrando la puerta de madera detrás de mí.

Comenzamos a caminar en dirección a la escuela con un paso lento y acompasado. Se lo agradecí internamente, ya que este ritmo me permitía no cansarme demasiado y mirar el entorno con tranquilidad.

—Verás que los niños te van a adorar —me comentó Layla con una sonrisa mientras avanzábamos—. Yo estoy a cargo del grupo de seis años, pero hay otros docentes con los grupos más grandes y más pequeños. Tú dime si quieres conocerlos a todos hoy o si prefieres ir despacio para no cansarte demasiado.

Asentí con la cabeza. Me encantaría conocerlos a todos, pero definitivamente de a un grupo a la vez para no abrumarme.

Para cuando llegó el primer recreo, ya estaba jugando en el patio con los niños.

La química con ellos fue instantánea y natural.

En cuanto encontré el espacio propicio, comencé a mostrarles cómo jugar con el viento; soplaba ráfagas suaves que elevaban sus juguetes o creaban pequeños remolinos que los hacían saltar de alegría.

Al ver el despliegue, también se sumaron los niños mayores y los más pequeños de los otros salones.

Sus risas cantarinas alegraban el aire y mi mañana por completo, ayudándome a hacer a un lado todas las preocupaciones que me había dejado la visita de Soren.

Al terminar el turno escolar, Layla me acompañó de vuelta a mi casa, otra vez adaptando su paso al mío sin necesidad de que yo se lo pidiera.

La invité a pasar y le ofrecí una taza de café junto con algunas ricuras dulces que Cory había dejado en la alacena.

Yo me preparé un té; el café me alteraba demasiado el sistema nervioso.

Nos sentamos a la mesa y comenzamos a hablar de forma amena. Me preguntó cómo me había sentido hoy y cómo lo había pasado con los cachorros; también, con mucha discreción, me consultó sobre cuál de los Alfas de la manada había resultado ser mi compañero predestinado.

Al igual que me había ocurrido con Soren el día anterior, fue bastante frustrante para ella intentar comprender mis fonemas entrecortados, y para mí el intentar explicarle una historia tan larga con mi habla precaria.

Quería hacer algo más que solo asentir o negar con la cabeza, así que decidí intentar comunicarme a través del viento.

En parte, me negaba rotundamente a resignarme a que solo Cory pudiera escucharme.

Junté con fuerza en mi mente todo lo que quería decirle, concentré la energía y le envié el flujo de aire directo a sus oídos.

Al comienzo, al igual que Soren, Layla se mostró confundida, moviendo la cabeza sin poder oír absolutamente nada más que un silbido. Pero luego de casi un minuto de sostener la corriente, abrió los ojos como platos, fijos en mí.

—Amber, tu voz... Lo escucho todo, yo... —Layla se tapó la boca con ambas manos y comenzó a llorar de la pura emoción. Me asusté por un segundo, pensando que se sentía mal o que la había lastimado, pero de nuevo me sorprendió para bien.

—¡Esto es increíble! Cuando se lo cuente a Alex...

—exclamó, casi hablando para sí misma mientras se secaba las lágrimas—.

¿Soren es tu compañero? ¿Mi Alfa? ¿En serio?

¿Pudiste hablar con él? Es un lobo muy atento y caballeroso, siempre educado.

¡Se va a emocionar muchísimo cuando te escuche hablar a través del viento, ya verás! Él...

... Él no me acepta… le envié con el viento, interrumpiendo su tren de pensamientos. …Intenté hablarle con el viento ayer, pero no escuchó nada...

El rostro de Layla cambió drásticamente de la sorpresa a una mueca de dolor, que derivó rápidamente en una inconfundible e intensa ira.

—¿Qué? ¿Cómo que no escuchó? ¿Qué quiere decir con eso? ¡Jamás te rechazaría, eres su compañera!

... Lo siento, no quería preocuparte o armar un problema…, le soplé con calma. …Tú tranquila, yo estoy bien así, en serio...

—¿Estás loca? —Layla me miró como si me hubiesen crecido cuatro cabezas de más sobre los hombros—. Ya mismo voy a ir a hablar con él y me va a escuchar. Oh, claro que me va a escuchar... maldito estúpido... ¡Aaarggg!

... Por favor, Layla, no le digas nada… le pedí, enviándole una brisa un poco más fuerte para captar su atención.

…Yo ya sabía que esto pasaría. Es inevitable cuando las personas me ven en acción. No será el primero ni el último que reaccione así…

—¡Pero es tu único compañero! —protestó Layla, dando un golpe suave en la mesa—. No puede simplemente rechazarte o ignorarte para el caso.

... Te pido disculpas. Me hubiese encantado tenerlos a ti y a Alex como Betas en un futuro si las cosas fueran distintas; aun así, podemos pasar el rato juntas y ser amigas cuando quieras...

—Gracias por el ofrecimiento, Amber, y claro que seremos amigas —respondió Layla, pero seguía visiblemente alterada—, pero la manada tiene derecho a saber esto.

¡No puedo creer que Bastian no haya intervenido todavía!

Con lo que pasó entre él y Coralie, con toda esa penuria, ya tendrían que haber entendido perfectamente de qué viene la mano con los hechizos de la Diosa...

¡No puedo creer que Soren sea tan rematadamente estúpido!

Layla cada vez iba perdiendo más y más los papeles, la indignación desbordándola por completo.

... Por favor, no te amargues más por esto. Toma tu café tranquila…, le pedí con una brisa suave y cálida.

…Si está destinado a ser, llegará a su debido tiempo. Además, a mí realmente no me afecta. Me lo esperaba, siempre es así. La gente me mira raro en cuanto comienzo a moverme o a hablar. Estoy acostumbrada...

—No debería ser así, Amber —sentenció Layla, mirándome con una profunda seriedad en los ojos—. No tienes por qué acostumbrarte jamás al maltrato de nadie, y menos del hombre que se supone debe protegerte.

... No me maltrató…, le aclaré de inmediato, queriendo ser justa con los hechos.

…Vino ayer a la cabaña a decirme de frente que éramos compañeros y lo hizo con la intención de conocerme. Mi comunicación precaria y mis dificultades de movimiento lo complicaron todo...

—Aun así, no puedo creer que no te escuchara en el viento —insistió ella, todavía frustrada.

... No todos lo logran…

—¿En serio? ¿Y por qué yo sí pude escucharte?

... Supongo que porque eres mucho más empática y logras ver más allá de las meras apariencias físicas…, le respondí con sinceridad, regalándole una pequeña sonrisa.

—Pero Amber...

... Tú tranquila. Si la situación cambia en algo, prometo que serás la primera en saberlo…

Layla me miró un largo rato en silencio, todavía con la respiración un poco agitada por la indignación, pero finalmente asintió y tomó su taza de café, respetando mi decisión por el momento.