Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 9 Alex
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Alex

No podía creerlo.

Mi Alfa estaba pensando seriamente en rechazar a su compañera predestinada por una discapacidad que sabía perfectamente que se esfumaría en cuanto la aceptara de verdad.

Decir que estaba molesto era poco; tenía la firme sensación de que Soren estaba siendo un absoluto irrespetuoso con la Diosa de la Luna, por no hablar de la misma Amber.

Yo nunca esperé encontrar a mi compañera, pero el día en que conocí a Layla, nada más en este mundo importó.

Todo el resto pasó de inmediato a un segundo plano.

No me hubiese importado en lo más mínimo que ella fuese manca, coja o que no cumpliera con los estrictos cánones estéticos que a mí me gustaban en ese entonces.

De hecho, no los cumplía. Aun así, la amé desde el primer segundo por el simple hecho de que su alma es la mitad exacta de la mía; ella me completa.

A veces no sé cómo nos las arreglamos para vivir sin nuestros compañeros tanto tiempo antes de conocerlos. Solo ahora que tengo a Layla en mi vida me doy cuenta de cuán vacío estaba antes, y de cuán equivocado vivía.

El gran problema ahora era cómo hacerle entender a Soren el tremendo error que estaba cometiendo.

Sabía de sobra que a Soren no le importaba si Amber era o no una elemental, entonces, ¿por qué demonios le pesaba tanto que no pudiera hablar correctamente?

Sabiendo, además, que era algo puramente temporal...

Llegué a casa con el ánimo apesadumbrado y me encontré a Layla sentada en el sofá, concentrada en la lectura de su novela de turno.

Me desplomé a su lado y, sin esperar a que me invitara, recosté mi cabeza directamente sobre su regazo.

Sus delicados dedos no tardaron en acariciar suavemente mi frente, mis sienes y mi cabello, quitándome mágicamente toda la tensión que había estado acumulando desde que salí de ese despacho.

—¿Qué ocurre? —preguntó preocupada, interrumpiendo su lectura al notar mi pesadez.

—No te va a gustar... —advertí con un suspiro cansado.

—Soy una niña grande, Alex —se escuchó una pequeña sonrisa en su tono de voz, intentando aligerar el ambiente.

—Aun así...

—Dime, por favor. Me estás preocupando de verdad.

Tomé aire antes de soltar la bomba.

—Soren no quiere reconocer a Amber como su compañera.

—¿Qué? ¿Amber es su compañera? ¿En serio? ¿Y por qué no querría reconocerla? —preguntó del todo extrañada, dejando el libro a un lado.

Sabía perfectamente que con mi siguiente confesión le rompería el corazón. Mi compañera era sumamente sensible y sabía que sufriría horrores por la situación de Amber.

—No puede aceptar que tenga una discapacidad motriz y en el habla.

—¿Es... es en serio? —dijo con un hilo de voz, la sorpresa transformándose en desconcierto.

—Me gustaría decirte que no, que es una broma de muy mal gusto, pero sí, es completamente en serio —admití con amargura—. La rechaza aun sabiendo que, si la acepta, el hechizo de la Diosa desaparecería.

De golpe, sentí un par de gotas húmedas caer directamente sobre mi mejilla.

Odié profundamente a Soren en ese preciso instante por obligarme a decirle cosas a mi compañera que sabía que le traerían tanto sufrimiento.

Me levanté rápido de su regazo y, agarrándola firmemente por la cintura, la acomodé de lado para sentarla sobre mis piernas.

—No llores, por favor. Me matas que estés tan triste, Layla.

—Es... que... no... —Intentó hablar, pero las lágrimas no la dejaban.

No había forma de tranquilizarla en ese momento. La abracé con fuerza contra mi pecho, protegiéndola, y dejé que el dolor inicial por Amber fuera pasando poco a poco. Cuando logró recomponerse un poco y estuvo en condiciones de articular palabra, comenzó el verdadero interrogatorio:

—¿Qué dijo exactamente? Sabes que voy a herirlo de gravedad, ¿verdad? Tal vez incluso lo mate. Nadie lo va a extrañar en esta manada por ser tan imbécil. Y además...

—Calma, compañera —la interrumpí con una media sonrisa, intentando frenar su marea de indignación—.

Matar a nuestro Alfa no sería precisamente la mejor opción en este momento.

Además, si quieres hacerlo, te aviso que deberás ponerte al final de una larga fila que encabeza Bastian, seguido muy de cerca por mí, Orion y Rhys.

—¿Cory lo sabe? —preguntó de inmediato, preocupada por su amiga. Sabía que la noticia la iba a destruir; sobre todo porque todo esto reforzaba la sensación de temor que Cory había expresado esa misma mañana, aunque ella le tenía miedo a las actitudes de Rhys, no a las de Soren.

—No creo que Bastian se lo haya dicho todavía.

—No hace falta que se lo diga. Cory es tan receptiva que seguramente se dio cuenta de la tensión esta misma tarde en la entrada.

—Es probable que sí —asentí.

—¿Y qué piensas hacer tú? Es nuestra tarea como Betas proteger y cuidar a la Luna de la manada...

—No lo sé todavía —confesé, pensativo—, pero intentaré que Amber sepa, de alguna forma, que cuenta con nuestro apoyo absoluto para lo que sea que necesite. No puedo simplemente ir y decirle: “Oye, tu compañero es un idiota, pero yo te apoyo”.

—Mañana a la mañana pasaré a buscarla por su cabaña para ir juntas a la escuela —comentó Layla, intentando enfocarse en lo práctico—. Estaba muy emocionada con la idea de ayudarme con los cachorros, así que espero que eso la distraiga un poco de todo esto.

—Yo no creo que ella lo sepa todavía. Pero si ya se enteró de algo y está triste, estoy seguro de que los niños la van a animar.

—Eso espero...

—Por lo pronto, intentaremos que no se sienta sola ni rechazada para que no le den ganas de irse de la manada. Necesitamos a nuestra Luna aquí con nosotros y necesitamos que el idiota de Soren recobre el sentido común rápido.

—Es que no puedo creer que ya la esté rechazando. ¡Si es hermosa! ¡Y encima es una elemental! ¿Viste cómo controlaba el viento en la entrada?

—Sí, es realmente increíble... Pero a él no le molesta su aspecto físico. Es más, el muy bruto llegó a decir en la oficina que prefiere que se quede quieta, como si fuera la imagen de una foto.

—¡¿QUE DIJO QUÉ?! —Layla se puso rígida sobre mis piernas, la indignación encendiéndose de golpe en sus ojos.

—Conozco bien a Soren, amor, y honestamente nunca lo había visto reaccionar así, por lo que supongo que simplemente estaba en un estado de shock —traté de matizar, viendo que Layla literalmente echaba humo por las orejas.

De haberlo tenido enfrente, le habría arrancado la cabeza de cuajo a su Alfa—.

No la quiere sometida ni mucho menos, así que no pienses mal de él en ese sentido.

Sabes que Soren no es un monstruo, y si lo fuera, jamás hubiese sido mi amigo ni lo habría seguido como mi líder.

Layla levantó una ceja, mirándome con pura incredulidad.

—No intentes justificarlo, Alex.

—No lo justifico, simplemente digo que esto lo tomó completamente por sorpresa y no reaccionó como lo hace siempre.

Sé que tarde o temprano irá a hablar con ella para explicarle la situación y buscar la forma de conocerla.

Y si no lo hace él por su cuenta, su propio lobo se ocupará de arrastrarlo hasta allí en algún momento.

No es fácil resistirse a tu lobo y a tu propia alma, Layla. Lo sabes bien.

—Eso espero —sentenció ella, clavándome una mirada cargada de advertencia—, o ya puedes ir eligiendo si te conviertes en un lobo rebelde y te exilias conmigo en el bosque, o si prefieres quedarte aquí. Solo. Porque si Soren no reacciona, pienso matarlo de una forma MUY dolorosa.

No pude evitar sonreír ante su amenaza y le di un tierno beso en los labios. Amaba con locura la lealtad inquebrantable de Layla; era tan increíblemente protectora con las personas que quería, que sería capaz de defenderlas incluso de ellos mismos.