8 Soren
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Soren
Después del fiasco de la intervención de mis amigos en mi oficina, salí de la casa de la manada a paso apresurado.
Comencé a caminar sin un rumbo fijo, con la única esperanza de que el aire fresco de la tarde calmara mis nervios.
De calmar a mi lobo, imposible; el maldito seguía intratable, insistiendo de manera salvaje con que corriera hacia Amber para marcarla y reclamarla.
En un determinado momento de la caminata, me congelé en mi lugar al alzar la vista y darme cuenta de dónde estaba exactamente.
«¡Aprovechaste que estaba concentrado en mis propios pensamientos y tomaste el control para guiar mis pasos hasta su puerta, ¿verdad?!», le recriminé a mi lobo, furioso.
«Si yo hubiese tomado el control de tu cuerpo, ya estarías con ella desde el mismo minuto en que llegó, imbécil», me retrucó con desprecio.
Estaba intratable. Pero, aun con la disputa interna, me encontré subiendo los tres escalones de madera del porche y tocando a la puerta con los nudillos.
«Yo no fui», señaló mi lobo, burlón.
Jamás lo admitiría en voz alta, pero tenía toda la razón. Esta chica tenía una especie de imán invisible que me atrapaba y me obligaba a gravitar directo hacia su órbita.
Unos minutos después, la puerta se abrió con un leve chirrido. Amber apareció en el umbral y me miró fijamente, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Ai ke ees tu —dijo, batallando con las palabras mientras las muecas involuntarias surcaban su rostro.
—¿Yo? —La miré sorprendido. No me imaginaba que tuviera tanta soltura para encarar la situación de frente.
—Ssi, i ompaero —soltó.
Su mirada era firme, serena y segura, como quien simplemente constata que el sol ilumina el cielo y no hay vuelta que darle.
—Em, yo... —Me aclaré la garganta, clavando mis ojos en los suyos—. Sí, somos compañeros —admití, esforzándome al máximo para que no se me filtrara ninguna emoción que no fuera absoluta solemnidad.
Ella soltó un sonido que me pareció un bufido resignado y me hizo un gesto con el brazo, invitándome a entrar. O eso supuse... Con esta chica todo se estaba volviendo una suposición constante; no terminaba de comprender del todo qué quería decirme o hacer con sus movimientos.
La imité, pasé al interior de la cabaña y me senté en la mesa del comedor, justo frente a ella, mirándola con fijeza.
Era realmente preciosa. Al tenerla tan cerca, las pecas de su rostro me daban unas ganas absurdas de contarlas una a una; sus ojos celeste hielo, casi transparentes, me desafiaban abiertamente.
Tenía los rasgos delicados de un hada y su cabello dorado y corto parecía sumamente sedoso, invitando a tocarlo.
Claramente, no hice nada de eso. Me mantuve rígido en la silla.
—Quise venir a hablar contigo una vez que estuvieses sola. No sé qué planes tienes —dije, soltando la primera estupidez que me vino a la cabeza. De repente, sentía que había perdido toda mi educación y la diplomacia de la que tanto me jactaba ante los demás Alfas.
Amber ladeó la cabeza, frunciendo el entrecejo con fuerza. Parecía no haber entendido a qué me refería.
—¿Lanes?
Sí, definitivamente iba a ser una tarea titánica conocerla si nos comunicábamos a base de una sola palabra mal dicha por turno.
—Sí, planes —insistí, tratando de ser más específico—. ¿Vienes para quedarte? ¿Te irás pronto? ¿Viniste con la intención de buscar a tu compañero... o a trabajar? ¿Estudias? ¿Qué rol tenías en tu anterior manada? ¿Ayudabas con el aire en algo?
Ahora me miraba con una mezcla de confusión y perplejidad absoluta, como si le estuviera hablando en otro idioma.
Esto mejoraba minuto a minuto.
De golpe, se levantó de la silla sin decir nada y caminó hacia la habitación.
Noté que su paso era mucho más lento y pesado que el de hoy temprano al llegar a la cabaña; evidentemente el viaje y el estrés la tenían agotada.
Debería sentarse y descansar. O mejor aún recostarse… ¿Y porque me importaba?
Regresó a los pocos minutos trayendo consigo unas hojas de papel y una lapicera. ¡Al fin alguna respuesta concreta! Volvió a sentarse frente a mí.
—Genial, así podremos hablar mejor —dije, señalando el papel y aliviado por la alternativa.
Amber posicionó la hoja frente a ella e intentó tomar la lapicera para comenzar a escribir.
Y digo “intentó” porque ni siquiera a los cachorros de la manada que recién están aprendiendo a trazar sus primeras letras los vi jamás tomar tan mal un lápiz.
Parecía que estaba sosteniendo un cuchillo a punto de apuñalar la hoja, con los dedos rígidos.
Calculé que mis cejas tocaron el nacimiento de mi cabello por el puro asombro.
Apoyó la punta y comenzó a escribir algo, pero a mitad de la primera palabra soltó la lapicera con fuerza sobre la mesa y comenzó a masajearse la mano con la otra, cerrando los ojos. Evidentemente le dolía mucho el simple acto de escribir. Y no un poco.
El alivio que había sentido un momento antes se evaporó.
Me quedé mirándola sin saber qué decir, con la lista de preguntas todavía flotando en el aire entre nosotros y ninguna forma visible de responderlas.
De golpe, Amber dejó de masajearse y comenzó a señalarme a mí con el dedo, luego se tocó su propia oreja y después hizo una serie de movimientos de barrido en el aire con las manos.
Como me quedé callado sin responder, volvió a repetir la misma secuencia de gestos un par de veces, antes de bufar con frustración y volver a concentrarse en el papel.
Yo la miraba totalmente anonadado, sin entender nada.
«Aunque sea inténtalo, ¿no? ¡Está tratando de decirte algo importante!», me reclamó mi lobo, exasperado por mi torpeza.
«¡Si tú comprendes todo, entonces ilumíname! ¿Qué mierda está intentando decir con las manos?», le espeté de vuelta.
«Eres tú el sabiondo aquí, ¿no? ¿El Alfa inteligente que la rechaza de plano en su mente y luego viene a charlar como si nada?», se burló.
«Lobo estúpido».
«Humano idiota».
Mientras Amber se tomaba otra sesión de masajes en los dedos, aproveché para girar la hoja hacia mí y leer lo que había alcanzado a trazar.
Tenía una letra imprenta mayúscula bastante despareja, con palitos sueltos que iban en distintas direcciones pero que en conjunto formaban algo perfectamente comprensible.
“¿ESCUCHAS EL VIENTO?”
—¿Que si escucho el viento? —repetí en voz alta, frunciendo el ceño. ¿Qué clase de pregunta era esa?
—¡S-S-Sí! —exclamó ella.
Volvió a repetir los mismos gestos de antes, pero ahora le sumó uno más: juntó los cuatro dedos de su mano con el pulgar apuntando hacia mí, en un movimiento repetido que parecía...
¿el pico de un pato? Realmente no entendía nada de lo que estaba pasando en esta habitación. ¿De qué demonios estaba hablan...
—¿Que si escucho hablar al viento? ¿Es eso lo que me estás preguntando? —inquirí en cuanto los engranajes finalmente encajaron.
Su cabeza se movió de arriba a abajo, asintiendo con un entusiasmo desbordante. Al hacerlo, su cabello corto se movió como una seda dorada bajo la luz que entraba por las ventanas.
—No lo sé... No creo haber escuchado nunca nada en el viento —dije, sintiéndome repentinamente preocupado. Ahora el de la traba comunicativa era yo.
Amber cerró los ojos y se quedó completamente quieta por un momento, concentrada.
Cuando los abrió, una ligera brisa de la nada me acarició el rostro en el interior cerrado de la cocina.
Era una corriente cálida que traía consigo su aroma adictivo a flores, pero por más que aguzaba el oído, no escuché absolutamente nada más que el silbido del aire.
—Lo siento... No escuché nada —admití en voz baja—. ¿Se supone que el viento decía algo?
Sentía la profunda angustia de mi lobo resonando en mi pecho, y lo peor es que yo también me estaba contagiando de ella. Me sentía genuinamente mal por haber decepcionado a mi compañera al no ser capaz de entenderla.
Amber bajó los hombros y dejó escapar un suspiro derrotado, la chispa de entusiasmo apagándose en sus ojos celestes.
Genial. Esto iba de mal en peor.