7 Amber
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Amber
Una vez que llegamos a la casita, Bastian y los demás Alfas y Betas se retiraron, dejándome a solas con las cinco mujeres.
No tardaron mucho en mostrarme el lugar.
La casa era acogedora y no demasiado grande, lo cual me venía de maravilla ya que me costaba mucho esfuerzo desplazarme durante ratos prolongados.
También noté con alivio que no tenía decoraciones frágiles, de esas que se rompen con solo mirarlas.
Por lo menos menos no me iba a sentir culpable si mis movimientos torpes hacían volar algo al suelo.
Amy tenía razón: realmente viajaba ligera.
La poca ropa que había traído en mi mochila no ocupaba ni un cajón completo del armario.
Aun así, tenía dinero ahorrado, por lo que iba a poder comprarme algunas prendas nuevas, posiblemente algo cómodo que me permitiera jugar con el viento sin andar tropezando.
Para eso iba a tener que pedirle a Cory que me escribiera las cosas en una hoja, ya que mis manos no iban a poder sostener el lápiz el tiempo suficiente para redactar la lista de compras que tenía en mente.
Había algunos víveres básicos en la alacena y en la heladera para evitar que tuviera que salir corriendo a comprar; realmente estaban muy bien organizados en este lugar.
—Si quieres puedes cocinar aquí —me dijo Carla, mostrándome la cocina con un gesto amable—, pero todas las comidas principales se preparan en la casa de la manada, así que eres más que bienvenida a unirte a nosotros. Y las meriendas puedes pasarlas en mi pastelería, siempre hay algo fresco.
—Ten cuidado, Carla —le advirtió Cory, guiñándome un ojo—. Amber es ultra golosa y ama todo lo dulce. Ha probado de todo en el mundo humano y tiene su propio top diez de postres favoritos.
Carla se ilumino como un árbol de Navidad.
—¡Ah, un desafío! ¡Acepto el reto, Amber! —exclamó Carla, entusiasmada—. ¡Vas a ver que voy a adjudicarme tu entero top diez, ya lo verás!
No pude hacer otra cosa que sonreír abiertamente. Me encantaba la dinámica tan natural y cálida que había entre estas mujeres; me hacía sentir en confianza.
—La escuela de la manada está a solo unos pasos de aquí —señaló Layla desde la ventana, mostrándome el edificio a través del cristal—. Realmente está cerca. Si no tienes otros planes, podrías venir conmigo y ayudarme con los cachorros, Amber.
Me encantaba la idea de pasar tiempo con los niños. Ellos nunca juzgan; si algo les parece raro o diferente en la forma en que te mueves o hablas, simplemente lo preguntan de frente, sin malicia y sin esa horrible lástima que suelen mostrar los adultos.
—Aro, me entaía —le dije como pude, esforzándome por articular.
Layla me recompensó de inmediato con una sonrisa genuina, sin rastro de incomodidad.
«Unos puntos para Layla también, entonces», sugirió mi loba en mi mente, y yo no podía estar más de acuerdo con ella.
—¡Genial! Mañana doy clases toda la mañana, así que si gustas puedes acompañarme desde temprano. ¿Quieres que te pase a buscar por aquí o sueles dormir hasta más tarde?
—Ven, v-ven —le respondí, entusiasmada con el plan.
—¡Perfecto! Pasaré por ti a las ocho.
Todas me dieron un fuerte abrazo antes de marcharse.
Correspondí a cada una con mi habitual torpeza física, aunque intenté volcar en esos gestos todo el agradecimiento que sentía.
No habían sido más que amables conmigo desde que puse un pie en el territorio y, a pesar de los temores previos de Cory, sabía perfectamente que iba a encontrarme bien aquí.
«Solo falta que nuestro compañero nos reclame», soltó mi loba rompiendo la paz.
«Eso si supera el shock», le respondí mentalmente con sarcasmo mientras husmeaba en la alacena para ver qué ingredientes tenía disponibles.
Sabía que iría seguido a comer a la casa de la manada para socializar, pero también era consciente de que habría días malos; días en los que la frustración física me ganaría y preferiría quedarme encerrada en mi propio espacio.
«¿Cuál crees que sea?», preguntó mi loba de repente, ignorando mi pesimismo.
«¿Quién?», indagué despistada.
«¡Nuestro compañero, Amby!».
«Ah… no sé. ¿Uno de los tres Alfas solteros?»
«Jaja, muy graciosa. Me refiero a cuál de esos tres específicamente», insistió ella, sin aflojar el hilo.
«El oso no creo. Estaba muy tranquilo y distante», pensé con una sonrisa al descubrir un paquete de mi cereal favorito al fondo del estante, seguro obra de Cory.
«Quedan el de cabello negro y el castaño. ¿Cuál te gusta más a ti?», seguía inquiriendo mi loba, totalmente metida en el tema.
«No me importa y lo sabes», le espeté, cortando la conversación de raíz. «Hice las paces con el autismo hace mucho tiempo, así que no voy a depender de un compañero para salir adelante».
Comencé a acomodar los paquetes de comida en los estantes más bajos de la alacena, dejándolos en lugares que me resultaran mucho más accesibles para mi motricidad.
«Pero deberías pensar en que en algún momento va a venir a decirte quién eres para él, y tendrías que prepararte...»
La interrumpí mentalmente de inmediato; no quería volver a escuchar la misma vieja solfa sobre la normalidad y la supuesta dependencia de un compañero.
«Escucha: si no saltó encima mío gritando “¡compañera!” como un poseso en cuanto me olió en la entrada, es porque el humano en él se quedó completamente espantado al verme en acción. Por lo tanto, entra directo en la categoría de “no vale la pena ni el esfuerzo”».
Cerré la puerta de la alacena con más fuerza de la necesaria.
«Así que ya basta con este tema, ¿quieres? Disfrutemos de estar a salvo en una manada hermosa y rodeadas de mujeres increíbles y empáticas, que nos tratan como persona y no como un proyecto de caridad»
Hice una pausa, sintiendo cómo las emociones se agolpaban en mi garganta.
«¿Podemos simplemente... disfrutar esto? Sin analizar constantemente si algún lobo me va a querer o no».
Mi loba se quedó en absoluto silencio dentro de mi cabeza, sabiendo perfectamente que no tenía ningún argumento sólido para refutar lo que yo pensaba.
Si un compañero reaccionaba con shock y horror en lugar de con alegría y reclamación inmediata, entonces no era un compañero que valiera la pena tener. Doloroso, pero cierto.
Y yo no iba a rogarle a nadie que me amara.
No cuando finalmente me amaba a mí misma tal como era.