Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 4 Amber
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Amber

Si bien la amiga de Cory intentó amenizar la situación con su comentario sobre la mochila, me di cuenta perfectamente de las caras de todos. Había de todo en ese grupo. Sorpresa. Lástima. Incomodidad. Y en alguno, apenas disimulado, horror.

Supongo que Cory ya les habrá contado sobre los hechizos y las fachadas de la Diosa Luna, pero una cosa muy diferente es oírlo y otra bien distinta es convivir con ello en primera persona, o tener que involucrarte.

Podía entender su desconcierto, pero aun así, dolía horrores.

Lo único que esperaba de corazón era que alguno de los sorprendidos fuera mi compañero predestinado, y no de los horrorizados...

«Ya establecimos que si es de los segundos, él se lo pierde», dijo mi loba en mi mente, intentando animarme.

«Sí, pero no por eso deja de doler», le respondí resignada.

Apreté los dientes y comencé a repetir mi mantra positivo para frenar la marea: Ya basta, Amber, concéntrate en lo bueno. Estás aquí con tu hermana, sana y salva, conociendo a sus amigos y a su manada.

«Eso, excelente. Y si alguien se propasa de maleducado, me transformo y lo muerdo», ofreció ella de inmediato.

«Gracias, pero no creo que sea necesario. Los lobos suelen disimular el asco bastante bien».

—Te vas a quedar en nuestra casa por un tiempo, Amber —me dijo Cory con un tono de voz marcadamente maternal—. Una vez que te sientas segura del todo, puedes mudarte a la casa de la manada o a donde tú elijas.

—No, iero ivir ola —dije, gesticulando a medias mientras luchaba por soltar las palabras.

No pensaba quedarme ni loca como la tercera en discordia en la casa de mi hermana recién apareada.

No iba a pasarme las noches escuchándolos tener sexo.

No señor.

Absolutamente no.

Tenía autismo, no sordera.

—Por favor, Amby, solo por un tiempo —insistió Cory, usando su cara de súplica.

—¡N-N-No! —sostuve con firmeza, negando también con la cabeza para que no hubiera dudas.

Escuché una risita baja por parte de Bastian. Calculé que se sentía aliviado de saber que no tendría a una extraña interrumpiendo su intimidad.

No lo culpaba.

Yo tampoco querría una cuñada viviendo conmigo si acabara de aparearme.

—Si prefieres, hay algunas cabañas libres cerca de la escuela de la manada. Tal vez te sientas más cómoda allí —intervino Bastian, mirándome directo a los ojos.

Aprecié mucho el gesto; me estaba dando la oportunidad de decidir por mí misma sin tratarme como a una niña. Supongo que aprendió la lección a las malas durante su propia lucha contra el vínculo con Cory.

—S-Sí... g-gra-ciass —lo miré, esbozando una sonrisa.

Su expresión no mutó ni mostró incomodidad ante mi mueca, lo cual me obligó a darle un par de puntos a su favor.

«Parece buen tipo».

«Sí, y Cory se ve súper feliz con él, así que...»

—¿Opal no vino contigo? —soltó mi hermana de golpe.

Y ahí estaba de nuevo. Cory, al igual que todos los demás, pensaba que yo necesitaba una niñera las veinticuatro horas del día.

—¿Opal? ¿Quién es? ¿Otra de tus hermanas? —preguntó una de las lobas del grupo. Tenía una mirada astuta y perspicaz, y el cabello castaño claro. ¿Layla o Carla? No estaba segura todavía.

Le clavé una mala mirada a Cory y, usando el aire, le envié una ráfaga de viento directa para hacerle saber mi postura.

La corriente súbita los despeinó a todos y mi mano derecha comenzó nuevamente a golpear mi muslo de manera rítmica, mi señal inequívoca de estrés.

Todos miraron a su alrededor con desconcierto, sin entender de dónde demonios venía semejante corriente de aire, ya que los árboles del perímetro estaban completamente quietos.

—Ok, ok, entendí. Lo siento, es que pensé que estaría contigo, eso es todo —se retractó Cory de inmediato.

…Sabes perfectamente que no es así. Tienes miedo de que pierda el control y la quieres cerca para contenerme, no lo niegues, que ya te conozco, Cory…, le recriminé enviándole otra ráfaga sutil.

Esta vez, todos los Alfas y Betas me miraron con absoluto asombro. Probablemente acababan de hacer dos más dos en sus cabezas y entendieron perfectamente qué tipo de elemental era yo.

«Es que realmente eres muy increíble, Amby», acordó mi loba, inflándose de orgullo.

—Sí, Opal es nuestra hermana más pequeña. Al día de la fecha, es la que mejor control tiene de sus poderes —le explicó Cory a su amiga, intentando disimular el viento.

—¿También iba a venir? —preguntó uno de los Alfas. Era una montaña de grande; por su contextura física parecía más un oso que un lobo.

—Ehm... ella siempre acompaña a Amber a todos lados, pero no, esta vez no me comentó que fuese a venir —respondió Cory, visiblemente avergonzada por haber metido la pata.

«Espero que lo haya entendido de una vez», sostuvo mi loba.

«Lo haya hecho o no, al menos tenemos el apoyo de su compañero. Que, hasta donde sé, es el Alfa de Alfas por aquí».

«Jijiji. Con él respaldándote, nadie se va a hacer el loco».

«No me preocupa. Si a alguien se le ocurre pasarse de la raya, lo mando a volar, literal», le guiñé internamente el ojo a mi loba y seguí caminando.

Avanzar a la par del grupo me requería un esfuerzo físico considerable por culpa de mi limitada motricidad.

«Pide que te esperen o que vayan más lento, Amber. Vas a estar toda dolorida esta noche si sigues a este ritmo», me advirtió ella con preocupación.

«Tranquila. Si sucede, tengo la excusa perfecta para quedarme todo el día en la cama».

«¿Y cuál sería?», preguntó curiosa.

«El viaje hasta aquí, el estrés... tú elige».

Mi loba se acomodó tranquila en mi mente con una queja silenciosa, y nos dispusimos a prestar atención juntas a lo que seguían hablando los demás mientras avanzábamos hacia el interior de la manada.