2 Amber
cBE
Amber
«Bueno, aquí estamos», señaló mi loba en mi mente.
«Sí... yey…».
Respondí mirando las enormes puertas de acero que se alzaban frente a mí.
La manada de las Cuatro Lunas.
El hogar de Coralie. Y potencialmente, el mio también.
Genial. Simplemente genial.
«Déjate de sarcasmos. Si todo sale como Rumi predijo, estás a un paso de volver a ser quien eras».
«Un paso, sí, cómo no. Más bien un continente de distancia. No vas a pretender que uno de esos Alfas superficiales logre ver a través de... esto», le respondí, señalándome el cuerpo con las manos.
«Eres hermosa, Amby. Déjate de estupideces» insistió mi loba con fervor.
«Síp... hasta que me muevo o abro la boca; ahí es cuando todos se horrorizan».
«Tienes que verlo como un... pequeño contratiempo».
¿Pequeño?
«¿Llamas pequeño contratiempo a no poder hablar normalmente y hacer gestos involuntarios cada vez que estoy nerviosa o frustrada? Y claro, ¿se me olvidó mencionar los huracanes que desato cuando me frustro? Sí, seguro esta manada va a estar más que feliz con su nueva adquisición de Luna fallada».
«Ya basta de drama. Pensé que era Cory la más histriónica de las siete, pero claramente me equivoqué».
«No, la que se equivocó soy yo al venir hasta aquí. Mejor me doy media vuelta y…».
«Tarde. Ya te vieron y Cory viene en camino».
«Perfecto, esto mejora a cada segundo».
Me acerqué a la gran puerta blindada que marcaba el acceso al flanco oeste.
Tenía rasguños bastante profundos en el acero; debieron ser los místicos en la última batalla de la que Cory tanto me habló.
De repente, la estructura se abrió bastante rápido para ser tan enorme, y en un parpadeo fui tomada por asalto por una rubia platinada llorosa.
—¡Te extrañé tanto! —me susurró Cory al oído mientras me daba su abrazo estrujador favorito, ese que casi te deja sin aire.
—O amien —logré decir, pero no sin antes arrugar la cara de tres mil formas diferentes debido a mis espasmos y con mi clásica modulación gangosa.
Cory se separó un poco y me miró fijo a los ojos. Vi una sombra de preocupación en ellos y me pareció extraño. En sus últimos mensajes en el viento no hacía otra cosa que contarme lo maravillosa y perfecta que era su vida ahora.
—¿O ien? —dije como pude, sin poder evitar acompañar la pregunta con unos puñecitos de costado en su brazo. Se suponía que era un gesto cariñoso, pero mis movimientos nunca salían como yo quería.
—Bien, solo preocupada por si no te gusta quedarte por aquí —respondió ella, forzando una sonrisa.
Hacerle las mil preguntas que tenía en la cabeza de forma tradicional me iba a demorar hasta el fin de semana por culpa de mi habla, así que cerré los ojos y dirigí una corriente de viento hacia ella para que escuchara mis pensamientos directamente y pudiera responderme.
Mientras Cory cerraba los ojos y se concentraba en escuchar el mensaje que le enviaba con el aire, aproveché para observar el panorama.
Pude individuar doce pares de ojos que me miraban fijamente desde atrás, todos completamente asombrados.
Una de las chicas del grupo tuvo la amabilidad de afirmar en voz baja que yo era hermosa...
pobre, démosle unos minutos a que me vea intentar socializar.
Los hombres eran auténticas torres, una más alta que la otra.
Supuse que el que estaba más cerca era Bastian, el compañero de Cory, por la forma tan preocupada y ansiosa en que la miraba.
Tenía el cabello del color de los rayos del sol y los ojos grises como el acero; menos en la parte melosa, Cory había acertado por completo en su descripción.
Los demás Alfas y Betas eran sumamente atractivos.
Tres de ellos estaban de la mano de otras chicas.
Cuatro estaban solteros (aparentemente), al igual que una de las mujeres del grupo.
Pero hubo uno en particular que me miraba completamente conmocionado.
Probablemente ya había notado las muecas involuntarias que hacía mi rostro al intentar hablar.
Bienvenido al show.
—Sí, todo bien, realmente contenta de que hayas venido —dijo Cory en voz alta, abriendo los ojos. Y aun así, no se le notaba en la voz...
Se dio la vuelta y vio a toda la gente que se iba amontonando en la entrada. Supongo que ver a toda la plana mayor del lugar junta llamaba la atención de cualquiera, así que ahora me había convertido en un espectáculo de circo para el resto de la manada.
«Bueno, habrá que darles de qué hablar, ¿no crees?», le pregunté a mi loba.
«Ya déjate de estupideces y deja que te huelan. Cuanto antes podamos conocer a nuestro compañero, antes volveremos a ser normales».
Ya somos normales, le retruqué con terquedad. No hay nada de malo en todo esto.
A diferencia de Cory, mi hechizo me afectaba solo a mí; mi loba estaba completamente exenta.
Ella había visto de cerca lo que su llegada al cumplir mis dieciocho años había significado para mi vida: la pérdida total de mis habilidades de comunicación con los demás.
La Diosa me había impuesto un disfraz que en el mundo humano llamarían un autismo severo, ya que afectaba mi motricidad fina, algunos músculos de la cara y, lógicamente, el habla.
Por dentro, mi mente seguía siendo la misma de siempre: rápida, libre y llena de ideas; el hechizo no tocaba mi capacidad de pensar, pero rompía por completo los cables para expresarlo.
Siempre había estado orgullosa de mis palabras y de mis pensamientos, pero tal parecía que la Diosa no tanto, ya que me había “premiado” con esta dificultad física.
Supongo que lo hizo para que aprendiéramos, mi loba y yo, un toque de humildad.
Yo ya estaba resignada a mi realidad, pero mi loba aún luchaba con ello y se empecinaba en hablar de normalidad.
Durante mi tiempo en el mundo humano, estuve en contacto con muchas personas autistas y había aprendido muchísimo de ellas.
Gracias a sus consejos, pude empezar a relacionarme con el resto del mundo, aunque fuera de una forma muy mía: había aprendido a utilizar diferentes herramientas, a medida que iban fallando.
A escribir cuando hablar era demasiado, a usar el viento cuando escribir también fallaba, a aceptar el silencio sin llenarlo de vergüenza, y a su vez a aceptar mi situación con la mayor cantidad de paciencia y amor posible en lugar de compararme constantemente con algún estándar arbitrario de normalidad.
A veces reconozco que no hacía un buen trabajo.
En ocasiones la frustración por tener el cerebro atrapado en un cuerpo que no me respondía me ganaba, perdía el control por completo y los demás terminaban pagando los platos rotos, pero realmente lo intentaba todos los días.
«No es cierto. Tú trata de impresionar a nuestro compañero cuando te reconozca, así podremos...»
«Basta con eso de la normalidad. Soy normal. Muchas personas tienen autismo y son normales, así que ya acaba con esa solfa. Y si nuestro compañero no opina igual, entonces simplemente no merece serlo».