Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2)
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1 Bastian
Bastian
—¡Buenos días! —saludó una voz llena de energía.
Ignorando olímpicamente a todos los demás en la mesa, me acerqué lentamente a mi compañera, quien había saludado con mucha efusividad. La abracé por detrás, rodeando su cintura con mis brazos, y aspiré profundo para llenarme de su único y adictivo aroma.
—Buenos días, compañera —le dije al oído, improvisando un puchero—. Me sentí muy solo esta mañana cuando me desperté y no estabas a mi lado.
Podía sentir las sonrisas divertidas de los demás a nuestro alrededor, pero no me importó. Que pensaran lo que quisieran. Yo había pasado demasiado tiempo rechazando a esta mujer. Ahora iba a aprovechar cada segundo con ella.
Cory se dio la vuelta dentro de mi agarre, enredando sus manos alrededor de mi cuello para hablarme a milímetros de los labios.
—Lo siento, de verdad. No puedo manejar la ansiedad, así que me levanté temprano y me fui a correr —se disculpó, sellando sus palabras con un beso que me borró cualquier queja.
—Consíganse una habitación —vociferó Rhys desde su silla, rodando los ojos.
—Tenemos una hermosa casa, gracias —le señaló Cory, dándose la vuelta.
Me reí por lo bajo contra su cabello. Era imposible no quererla.
A pesar del beso, la noté más nerviosa que de costumbre.
Desde que había recibido la noticia de que su hermana venía hacia la manada, no había parado de hacer suposiciones ni de preocuparse.
Yo ya le había repetido que era más que bienvenida, pero aun así no se calmaba.
Suponía que habría algo más de fondo que no me estaba contando, pero decidí no presionarla; ya hablaría cuando se sintiera lista.
—Siéntense, chicos —intervino Carla, que como siempre había horneado para todos y ya estaba emplatando sus maravillas culinarias sobre la mesa.
Quería sentar a Cory directamente en mi regazo, pero eso significaría escuchar las quejas de Rhys y luego tener que matarlo, así que me limité a apartarle una silla a mi Luna y me senté justo a su lado, lo suficientemente cerca para acariciar su mano sobre la mesa.
Para mi felicidad, Layla sacó el tema que flotaba en el aire.
—Cory, ¿ya sabes cuándo vendrán tus hermanas? —preguntó mientras tomaba una medialuna casera.
—Aún no... y hasta donde yo sé, viene una sola —respondió, concentrada en untar manteca a un panecito casero.
—¿Ya sabes cuál? —La ansiedad de Amy igualaba la de Cory por momentos.
—Amber.
«Sabes, compañera, las respuestas cortas y monosilábicas no las van a apaciguar», le dije a través de nuestro enlace mental.
Al final resultó que todas las parejas de la manada tenían un canal privado, con la única diferencia de que el nuestro nos permitía comunicarnos a mucha más distancia que el resto y también funcionaba a la perfección en nuestras formas de lobo.
—Lo siento, es que estoy nerviosa —se disculpó Coralie, dejando el pan y el cuchillo sobre el plato.
—¿Por qué los nervios? Sabes que es bienvenida —dijo Soren, portándose como el perfecto caballero que siempre era.
—Eso es lo que me preocupa... —murmuró Cory en voz baja.
—¿Que lo sea o que no lo sea? —intervino María.
Si bien ella no era pareja de nadie ni tenía rango de Alfa o Beta, era una de las mejores amigas de Cory y a mi compañera le encantaba tenerla cerca.
Además, después de haberle profesado una confianza ciega a mi Luna desde el primer día, lo mínimo que podíamos hacer era dejarla compartir los desayunos con nosotros.
Siempre aportaba comentarios sensatos y tranquilizantes.
—Bueno... espero que no se ofendan... pero... —Cory se interrumpió, retorciéndose las manos en el regazo.
«Nunca la vi tan temerosa», señaló mi lobo en mi mente, inquieto. No le gustaba en lo absoluto ver a su compañera en dificultades.
—Di lo que tengas que decir, Cory. Somos grandes y podemos enfrentarlo —la incitó Amy, dándole un empujón de confianza.
—Oooooookeeeeyyyyy.... bueno —mi chica se armó de valor, mirando a la mesa—. Viendo cómo me trataron a mí cuando llegué…, temo que con mis hermanas vayan a comportarse aún peor.
La mesa se quedó en un silencio sepulcral.
Mierda.
Eso no me lo esperaba.
El golpe de realidad nos dio de lleno a todos.
—¿Son todas guerreras del agua con hechizos estéticos? —preguntó Orion. Él era siempre el más calmado de los Alfas y, al ser tan observador, solía dar en el blanco con sus dudas.
—No.
«Otra vez los monosílabos, amor», le llamé la atención con suavidad. Cory me miró de reojo, disculpándose con los ojos, y de repente tomó aire para hablarnos a todos de frente.
—No sé cómo decir correctamente esto sin que nadie se sienta dolido u ofendido, así que lo digo y ya —soltó, decidida—. Las que yo llamo mis hermanas no son realmente hermanas de sangre. Yo tenía dos hermanos gemelos varones, mayores que yo, y que Varis mató.
El dolor en su voz hizo que quisiera levantarme y abrazarla, pero me contuve.
—A las que llamo mis hermanas son, como yo, elegidas por la Diosa de la Luna.
Nuestros poderes comenzaron a manifestarse cuando teníamos unos cinco años aproximadamente, y nuestras familias siempre los mantuvieron en secreto.
Aparte de nuestros padres, solo el Alfa Nolan sabía de esto.
Solo después de la masacre descubrimos que estábamos todas tocadas por la Diosa.
Los poderes que poseo, al control del agua me refiero, me los otorgó ella, pero no a la loba, sino a la humana.
Mi loba, en su forma pura, no posee estos dones, así que los puedo usar solo en mi forma humana o de mística.
Hizo una respiración profunda antes de continuar.
—Al conseguir a nuestras lobas, la Diosa nos disfrazó con un hechizo para evitar que cualquiera se aprovechara de nosotras.
Únicamente nuestro verdadero compañero, quien sabría ver más allá del disfraz, tendría acceso a estos poderes a través de nosotras para proteger a la manada. Solo para proteger.
—Así que lo que estás diciendo es que tus hermanas también están hechizadas y temes que las discriminemos por eso —resumió Alex, mientras acariciaba la mano de Layla sobre la mesa.
—Sí...
—¡Entonces no hay problema! Si ya todos saben lo que te pasó a ti, sabrán también que con tus hermanas pasará lo mismo. ¡Las apariencias engañan! —Amy no la dejó continuar, queriendo quitarle hierro al asunto.
—No, Amy, porque mis hermanas no tienen un hechizo de fealdad.
Para algunas es mucho más complicado, y Amber es una de ellas —explicó Cory, y su rostro se fue entristeciendo cada vez más—.
Además... porque si mis suposiciones son correctas, ella es compañera de uno de ustedes, y temo que la vayan a rechazar como Bastian lo hizo conmigo.
Otra vez cayó un silencio absoluto sobre el comedor, pero esta vez estaba cargado de un dolor denso.
Me recordó lo muchísimo que me costaría hacer que Cory confiara plenamente en mí otra vez, y por lo que veía, esa desconfianza se extendía a la manada y a mis propios amigos por los errores de nuestro pasado.
—Auch, eso dolió, Luna —dijo Rhys, haciendo una mueca adolorida.
—¿Puedes culparme? ¿Acaso no fue tuya la idea de que Bastian actuara su aceptación conmigo en beneficio propio cuando todavía me creían fea?
—El café de las tazas comenzó a vibrar y a salpicar la mesa, respondiendo a la emoción de Cory—.
¿Cómo puedes pensar que me quedo tranquila sabiendo que hay posibilidades de que Amber, o cualquiera de mis hermanas, sea tu compañera predestinada después de lo que hiciste?
—Pensé que me tenías en mejor estima, Luna —comentó Rhys con un toque venenoso.
No logré reprimir el gruñido que me subió por el pecho al escucharlo hablarle así a mi compañera. No intervine físicamente porque a Cory le gustaba ocuparse de sus propias batallas y no le iba a quitar la diversión de poner a Rhys en su lugar.
—Te tengo en gran estima como Alfa, Rhys, pero no así como compañero —le espetó ella, levantando una ceja—. En tu caso, falta que corra bastante más agua bajo ese puente antes de que cambie mi percepción de las cosas.
Rhys estaba por responder, pero Soren impidió su retruco adelantándose en la conversación.
—Entendemos, Cory. Y lamentamos todo lo sucedido, de verdad lo sabes —dijo Soren con sinceridad—. Eres lo mejor que le pasó a Bastian y a nuestras manadas. Aun así, trata de darnos un poco de crédito; nosotros también aprendemos de nuestros errores.
—Eso espero —dijo ella, levantándose de golpe de la silla—... porque acaba de llegar.
Sin dar tiempo a que nadie reaccionara, Cory salió corriendo a la velocidad del rayo en dirección a la entrada oeste del territorio.