Susurros de Sombras (Los misterios de la bruja de la armonía 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

L ara cerró la puerta de su dormitorio y se apoyó en ella. Respirando hondo varias veces, intentó calmar el aleteo de su corazón. Solo la necesidad de proteger a Rhys y a los demás agentes de un peligroso hechizo de alteración de la memoria la mantuvo centrada en la tarea que tenía por delante.

Habría resultado demasiado fácil entregarse a las sensaciones que amenazaban con arrastrarla. La manera en que Rhys conseguía que todo lo demás se desvaneciera —su trabajo, incluso su propia armonía— era sencillamente asombrosa.

Y más que un poco aterradora.

Pero la música y la danza exigían disciplina, y de eso tenía de sobra.

Un trueno sordo retumbó a lo lejos.

Unos ojos relucientes la miraban desde el rincón donde Bella había construido su nido.

La dragoneta se había apropiado de un impresionante conjunto de cojines y mantas —almohadas de terciopelo robadas del sofá, una manta doblada y varios objetos que Bella consideraba imprescindibles: un botón de latón pulido, un fragmento de vidrio de colores recogido en una playa y una pequeña cuchara de plata que custodiaba con sorprendente ferocidad.

No era su verdadero tesoro, cuya ubicación era un secreto que ni siquiera Lara conocía.

Bella era de naturaleza cálida y así le gustaba. Según ella, eso mantenía el fuego vivo, porque «nunca se sabe».

Lara se llevó un dedo a los labios.

El oído de Rhys era excelente y, aunque confiaba en que respetaría su intimidad, probablemente estaba alerta ante cualquier peligro. Cantar, en cambio, no lo alarmaría.

Así que fue por ahí por donde empezó.

Believer se fue colando suavemente en la habitación; las primeras notas no eran más que un murmullo hasta que la música se instaló en sus huesos y su voz fue ganando fuerza.

Buscó la magia que había sentido en su infancia, ese extraño e inquietante tejido de la memoria.

El hechizo tenía un patrón, un ritmo, pero cada vez que creía asirlo, el hilo se le escapaba.

Lo intentó de nuevo, moldeando la melodía en algo que pudiera deshacerlo, buscando algo que reparara el daño sin desgarrar la mente.

La lluvia empezó a golpetear el cristal, un ritmo tímido que fue integrándose en la música.

Nada.

La armonía vaciló.

Bella se acercó y apretó la cabeza contra el muslo de Lara, con un suave ronroneo vibrándole por todo el pequeño cuerpo. Ese calor constante y esa presencia anclaron a Lara, dándole tierra firme bajo los pies mientras volvía a empezar.

Lara cerró los ojos y dejó que la música guiara sus dedos a través de los hilos invisibles del hechizo.

En algún lugar de la melodía tenía que haber una nota que respondiera.

Pero por mucho que lo intentara, se le escurría.

La frustración burbujeó en su interior. Nada funcionaba y tenía demasiado miedo a liberar el hechizo real para estudiarlo. ¿Y si se le iba de las manos y encontraba una víctima involuntaria?

Las notas de la canción se apagaron.

Otro trueno retumbó, esta vez más cercano, y la lluvia arreció convirtiéndose en un repiqueteo constante contra el cristal.

—El pasado no está hecho para habitarlo —murmuró Bella—. Sus errores son apenas señales a lo largo del camino que queda por delante, y quienes son sabios los tratan como regalos.

Bella tenía razón. La culpa y el miedo le estaban nublando la concentración. La culpa no servía de nada; lo hecho, hecho estaba. Y el miedo era una advertencia —como una nota falsa en una partitura—: se advertía, se corregía y se dejaba atrás mientras la melodía seguía su curso.

Lara asintió.

Volvió a empezar la canción, pero esta vez no se quedó quieta. La música le recorrió el cuerpo y dejó que el ritmo la guiara.

Un destello de relámpago iluminó el dormitorio por un instante; la tormenta en el exterior cobraba fuerza a la vez que su voz crecía con la canción.

Poco a poco, fue atrayendo la magia de la memoria hasta ponerla al alcance de la mano, con la cautela con que uno podría persuadir a una cobra para que se uniera al baile.

El dormitorio ofrecía poco espacio para movimientos amplios, pero no los necesitaba. Se balanceó y giró, dejándose llevar por la música a través de pequeñas espirales y pasos cuidadosos. Una y otra vez, buscó el patrón del hechizo, escuchando la cadencia oculta.

Los minutos se alargaron. La canción se apagaba y volvía a empezar. El sudor le perlaba las sienes y su respiración se hacía más profunda mientras repetía los movimientos, buscando, ajustando, intentándolo una vez más.

La lluvia azotó con más fuerza; el viento sacudió las ventanas en ráfagas irregulares antes de empezar a amainar.

Y entonces algo cambió.

No fue una revelación, sino un patrón de respuesta que se reveló dentro de la estructura del hechizo, resonando en modo menor. Con cuidado, quizás podría persuadirlo para que se convirtiera en mayor y remodelar la magia por completo.

Lara aminoró el paso, sosteniendo la nota en su sitio como una bailarina en equilibrio sobre las puntas.

Se disolvió cuando sus últimas reservas de energía cedieron por fin, y el agotamiento le robó el resto del equilibrio.

Fuera, la tormenta se alejó; la lluvia se suavizó hasta convertirse en un leve repiqueteo antes de enmudecer.

Se desplomó sobre la cama y miró por la ventana hacia el cielo, ahora parcialmente nublado. Un cuarto de luna asomó tímidamente, como si albergara dudas sobre la posibilidad del éxito, o quizás reflejando sus propias incertidumbres.

Lara cerró los ojos. No le serviría de nada a nadie si no recuperaba fuerzas.

Aun así, el sueño tardó en llegar.

* * *

Lo primero que Lara notó al despertar fue el silencio.

No el silencio de un piso vacío, sino los pequeños sonidos cotidianos de la vida siguiendo su curso sin ella. Un suave chasquido le llegó a los oídos.

Las agujas de Bella.

Lara parpadeó mirando al techo un momento antes de incorporarse.

La dragoneta se había aficionado a tejer con una dedicación que habría impresionado a la abuela más hacendosa.

La semana anterior había sido una bufanda.

La de antes, algo que Bella insistía en llamar una «funda calentadora decorativa» para una tetera.

El móvil le indicó que era casi mediodía.

Se había quedado dormida, lo cual tenía sentido. Eran más de las cuatro de la madrugada cuando por fin se había sumido en el olvido.

Se duchó, dejando que el agua caliente disipara la pesadez que le quedaba en los miembros, y luego se vistió con el uniforme del Gremio. Aunque aquello fuera una investigación por asesinato, estaría allí en su papel de mediadora.

La investigación en sí era un detalle que ella y Bella habían omitido convenientemente en sus informes a su tío, el Maestro del Gremio.

Tarde o temprano tendría que mencionarlo. Si se enteraba por otra persona, la charla resultante pasaría a la historia.

Cuando abrió la puerta del dormitorio, se detuvo a contemplar la escena.

Bella estaba sentada en el sofá, con las agujas rozándose mientras lidiaba con un punto complicado, con la lengua asomando en señal de concentración. La prenda que iba tomando forma en su regazo tenía un tamaño claramente humano —incluso más grande que las que solía tejer para Max.

Al otro lado de la habitación, Rhys estaba sentado a la mesa del comedor frente a un portátil abierto. Había apilado varios libros de Lara debajo para elevar la pantalla a la altura de su línea de visión.

Podría haber usado el escritorio del despacho sin ningún problema.

Lo que significaba que o bien le desagradaba ese espacio, o bien le estaba haciendo compañía a Bella.

Él levantó la vista hacia ella y una leve sonrisa le curvó los labios.

—¿Noche larga? —preguntó.

Ella asintió y esperó la pregunta inevitable, pero nunca llegó.

—Vas vestida para la batalla —dijo él en su lugar.

—Tú también —respondió ella, reflexionando que su comentario se acercaba más a la verdad de lo que él había pretendido.

—Pensándolo bien —añadió—, es lo que llevas siempre.

—En efecto —dijo Bella—. Algo que tengo intención de remediar.

Ah .

El uniforme de Rhys estaba impecablemente planchado, lo cual era admirable teniendo en cuenta que lo había llevado puesto el día anterior. Se preguntó si tendría una hilera entera de ellos colgados en el armario de su casa.

Él se levantó y, de dos zancadas, estuvo ante ella. Extendiendo la mano, le colocó un mechón suelto de cabello detrás de la oreja.

—¿Tienes hambre?

En cuanto lo preguntó, su estómago respondió con un gruñido audible.

—Podría comer algo —dijo ella.

—No sabía a qué hora ibas a despertar, así que no me arriesgué a preparar el almuerzo todavía.

El calor le subió por el cuello. —No tienes que cocinar para mí.

Él se inclinó hacia ella y le dio un beso en la frente, luego en la punta de la nariz y finalmente en los labios.

—Quiero hacerlo.

Debía de ser cosa de gárgola, ese impulso de proteger y alimentar. Su tía había hecho algo parecido en el restaurante, llenándoles los platos hasta arriba. A Lara le gustaba. El instinto era genuino, y había algo profundamente conmovedor en ello.

Rhys la cogió de la mano y la condujo hasta la mesa, apartando una silla para ella.

—¿Un moca?

—Sí, por favor.

Él fue a la cocina y puso la cafetera en marcha.

—Te has perdido la tortilla —dijo Bella, dejando las agujas a un lado—. Aunque no se desperdició nada.

Lara sonrió cuando su mirada se posó en el vaso en el centro de la mesa. Dentro había dos papelitos doblados —las conjeturas de la noche anterior sobre el asesino.

Desde la cocina llegó el sonido del aceite chisporroteando.

Un momento después, el rico aroma de mantequilla y ajo se extendió por la habitación. Rhys laminó los champiñones antes de echarlos a la sartén, donde empezaron a freírse. Añadió una pizca de tomillo y luego metió gruesas rebanadas de pan de masa madre en la tostadora.

Las agujas de Bella volvieron a chasquear.

Él llevó los platos, puso uno delante de Lara y lo espolvoreó con queso pecorino.

—¿Suficientemente rápido? —preguntó.

Su estómago gruñó ante el delicioso aroma. —Podría acostumbrarme a este trato.