Susurros de Sombras (Los misterios de la bruja de la armonía 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

L a pantalla de Lara se iluminó con el nombre de Maeve.

—Debería contestar —dijo Lara—. Puede estar relacionado con el caso.

Rhys asintió.

—Hola, Maeve.

—Lara, perdona que te llame tan tarde. Si es mal momento…

—No, está bien. Acabo de llegar a casa.

—Tengo una idea.

Sonaba indecisa, pero Lara estaba dispuesta a considerar cualquier cosa a estas alturas, y Maeve no era de las que hablaban sin reflexionar primero.

—Dime, por favor.

—¿Recuerdas al mago encapuchado que estaba allí?

—Sí.

No habían tenido ocasión de hablar de ello, pero Lara creía que haber visto el espíritu había sido una anomalía.

Cuando las cosas se calmaran, tendría que preguntarle a Maeve qué significaba.

Su sospecha era que tenía que ver con la resonancia de la vida.

La esencia de una persona podría dejar un eco incluso después de la muerte, algo a lo que una bruja de la armonía como ella podría sintonizarse.

—He estado dándole vueltas y me he dado cuenta de algo —continuó Maeve—. Cuando experimento una visión, no solo veo a las personas presentes. También registro su… ¿patrón vital?

—¿Te refieres a su firma mágica? —preguntó Lara.

—Algo similar. No le presté mucha atención entonces porque estaba centrada en la violencia de lo que ocurría. Si estuviera de nuevo en la misma habitación que esa persona… —Maeve vaciló.

La esperanza se disparó. —¿Podrías reconocerla?

—En teoría. Una banshee percibe el pulso de vida.

Cada vida tiene un patrón distintivo, una huella dactilar, los hilos de la experiencia y la esencia entretejidos en algo único.

—Su voz se animó—. Esa impronta está presente en los vivos.

Es como un olor. Si estuviera cerca de esa persona de nuevo, quizá podría identificar la firma correcta.

—¿Quizá?

—Nunca he oído que nadie lo haya usado así —admitió Maeve—. Pero el principio es sólido. Existe la posibilidad de que pudiera, si estuviera físicamente allí con ellos.

Rhys se irguió. Era a la vez conveniente y un poco inquietante que pudiera oír el otro lado de la conversación con sus agudos sentidos.

—¿Dices que si el mago encapuchado estuviera presente entre los asistentes, lo reconocerías? —preguntó Lara.

—Eso es lo que espero —dijo Maeve—. No es perfecto, pero la impronta debería resultarme familiar.

La emoción prendió en Lara. —Eso sería increíble.

—Y arriesgado —añadió Rhys desde su lado.

Lara lo miró.

—¿Está el Capitán Mendes ahí?

—Sí.

—Bien. Porque si vamos a intentar esto, prefiero no entrar en una habitación llena de magos potencialmente asesinos sin él cerca.

En eso coincidían los dos.

Colgaron con Lara prometiendo llamar a Maeve en cuanto hubieran decidido el siguiente paso. Se volvió hacia Rhys.

—No me gusta —dijo él.

—Te preocupa nuestra seguridad.

—Sí.

La tensión que se le formó alrededor de los ojos sugería que había algo más detrás de la respuesta de lo que estaba diciendo.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Rhys se levantó y comenzó a pasearse. El movimiento la sorprendió; nunca lo había visto cargar con esa energía nerviosa.

—Caldwell te contó cosas sobre las gárgolas —dijo tras un momento—. Probablemente nada muy halagador.

—No le creí —respondió Lara—. Y no necesito saberlo. —Se levantó y se acercó a él, posándole una mano en el brazo, con el pulgar rozándole la manga.— Te conozco, y con eso me basta.

—No me conoces —dijo él.

—Quizá no tu color favorito. —Lo estudió—. Aunque me atrevería a apostar que es el negro. —Nunca lo había visto vestir de otro color, aunque, siendo justos, tampoco lo había visto fuera de uniforme.

Intentaba aligerar la tensión que se había instalado sobre él.

—Antes lo era —dijo él.

—¿Ah, sí?

—Ahora es el azul verdoso. Es el color que más llevas tú.

Un calor le trepó por el cuello.

—Bueno —dijo ella, recomponiéndose—, también sé que te gustan la tarta Selva Negra y las croquetas, y que dibujas; aunque todavía no me hayas enseñado ninguno de tus bocetos.

Las comisuras de su boca se curvaron mientras le cubría la mano con la suya.

—Y sé que te importa la gente —continuó ella—. Quieres ayudar a las personas. Eso es lo que me importa a mí.

—No sé si eres de las que ven el vaso medio lleno o si lo llevas escrito en el ADN ver el mundo con optimismo. —Un leve matiz de exasperación se coló en su voz, aunque la admiración también estaba ahí.

—Es que siempre hay algo bueno que encontrar —dijo ella.

—Acabas de demostrar lo que decía.

Le buscó la mejilla con la mano y la sostuvo, trazando un arco lento a lo largo de su mandíbula. —Necesito contarte algunas cosas, porque no tengo intención de que lo que sea que hay entre nosotros sea algo casual. No es mi estilo.

La escrutó como si esperara confirmación, así que ella asintió. Le daba miedo esa sensación, pero no iba a echarse atrás. Se sentía bien.

—Entonces, ¿qué debería saber de ti que no sé?

—Las gárgolas guardianas son protectoras por naturaleza. Eso se intensifica cuando se trata de quienes nos son cercanos.

No empleó la palabra amor, y Lara se lo agradeció. Aún no habían llegado a ese punto, y estaba bien así. Lo que tenían ya era genuino y profundo, pero ella se resistía a examinarlo demasiado de cerca.

—Cuando las personas que me importan están en peligro —continuó—, puedo volverme… desmesurado.

Se pasó una mano por el pelo, y ella comprendió cuánto le costaba decirlo en voz alta.

—Mis acciones pueden llegar a ser extremas —dijo—. Haría cualquier cosa para protegerte.

—No me asusta —dijo ella—. Y no me asusto fácilmente.

Él arqueó una ceja.

—Bueno —corrigió ella—, tengo un miedo completamente irracional a los tiburones, así que siempre nado cerca de la orilla.

Él soltó una carcajada, que había sido su intención.

—Pero no de ti —añadió ella, con la voz suavizándose—. Nunca de ti. —Le depositó un beso en los labios con la mano deslizándose hasta su pecho—. Ahora encontremos un plan con el que tu mente de gárgola pueda vivir, porque yo no voy a echarme atrás.

—Eso ya lo sabía.

—¿Lo ves? Eso significa que también me conoces bastante bien. —Le cogió la mano, entrelazando sus dedos con los de él antes de tirar de él de vuelta hacia el sofá—. ¿Llamamos a Preston?

A pesar de su actitud desenfadada, Lara había deducido que Preston era el oficial de mayor rango de Rhys, o al menos aquel en quien delegaba.

Rhys miró su teléfono. —Probablemente esté abajo ahora mismo relevando a Tamsin.

Marcó. —¿Preston? ¿Estás subiendo? —Una pausa—. Bien. Hasta ahora.

Cuando la puerta se abrió unos minutos después, Preston llegó con Tamsin y Bella a su zaga.

—He traído bollería —dijo Bella—. Supongo que estamos a punto de embarcarnos en alguna planificación inteligente.

Su tono era pragmático, pero sus ojos escrutaron el rostro de Lara. Lo que vio en él pareció satisfacerla, porque asintió levemente.

—No tienes que quedarte, Tamsin —dijo Rhys—. Tu turno ha terminado.

—Con todo el respeto, Capitán, no pienso perderme la diversión.

Preston se acomodó en un sillón. —Además, estás deseando contarle a Finch que se lo perdió.

—Qué va —dijo Tamsin mientras servía la bollería en un plato y lo dejaba sobre la mesa de centro—. Pero es un extra.

Rhys los puso rápidamente al día entre comida y tazas de té y café.

Tamsin dejó su taza. —Lara debería mantenerse al margen.

Miró a Rhys buscando confirmación, pero Preston resopló.

—Eso demuestra que no has pasado suficiente tiempo con Lara.

—La terquedad es un rasgo definitorio de los St Clair —dijo Bella—. Aunque Max es algo más razonable.

A Lara le habría gustado rebatir eso, pero por desgracia era exacto.

—Es peligroso —argumentó Tamsin—. Hemos visto lo que son capaces de hacer los magos cuando están enfadados.

Preston cogió otro bollo. —El capitán los controló.

—Sí —respondió Tamsin—, pero esta vez habrá civiles presentes.

—Así es —confirmó Rhys, pero antes de que Tamsin pudiera regodearse, añadió que dudaba que ninguno de ellos lograra mantener a Lara al margen.

Preston agitó su bollo. —Te lo dije, Tamsin.

—No podemos alertarlos de que lo sabemos —dijo Rhys—. Si lo hacemos, podrían intentar algo.

Tamsin agarró el último bollo. —Y sería mucho más eficiente tenerlos a todos en la misma habitación.

—Además, no me sorprendería que se avisaran entre sí en cuanto intentáramos hablar con ellos por separado —añadió Preston.

Rhys dio un sorbo a su café con leche. —Sí, y también hay que considerar la posibilidad de que dos de ellos estén trabajando juntos.

Eso encendió una conexión. Alguien había mencionado algo antes —Isla o Elias, no lograba recordarlo con exactitud—, pero antes de que el recuerdo terminara de formarse, Tamsin volvió a hablar.

—La ubicación importará si queremos un control adecuado.

—El Cónclave, no —dijo Rhys.

Bella inclinó la cabeza. —Exactamente lo que pensaba.

Ir al cuartel general de los magos después de haber sido atacadas por una turba de ellos era buscarse problemas. Quien hubiera iniciado el movimiento había sido inteligente. Incitar a la violencia no requería mucho. Empieza con el miedo y pronto se convierte en ira.

—¿Podríamos rastrear quién impulsó el ataque en primer lugar? —preguntó Lara.

—El equipo de informática está trabajando en eso —dijo Preston—. Y mañana por la tarde deberíamos tener una orden de Carruthers para todos los magos sospechosos.

Tamsin soltó un silbido suave. —¿También para el Mago Watts?

—Ajá.

—¿Qué has hecho? —preguntó Tamsin—. ¿Ofrecerle tu primogénito?

—Le expliqué la importancia del caso —dijo Preston—. Seguridad pública, justicia, el bien común; me explayé bastante.

Rhys arqueó una ceja.

Preston se aclaró la garganta. —Está bien. Es posible que le ofreciera a su nieto un pase al vestuario y entradas para uno de mis partidos de hockey sobre hielo.

—Bien hecho, Preston —dijo Rhys.

La sonrisa que se extendió por el rostro de Preston fue de pura alegría. Rhys no era un hombre que prodigara los cumplidos con frecuencia.