Susurros de Sombras (Los misterios de la bruja de la armonía 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

L a carne de gallina se extendió por los brazos de Lara cuando la temperatura del cobertizo bajó varios grados.

Cualquier otra noche, habría agradecido el fresco alivio del calor persistente del exterior, pero aquel frío traía consigo algo más: una corriente subterránea de inquietud que se le instaló en los huesos.

Maeve mantenía los ojos cerrados. Se balanceaba en pie, con el cabello rubio plateado flotando como si lo tirase un viento invisible. Una sola lágrima le resbaló por la mejilla mientras su voz continuaba con aquella llamada resonante y estratificada.

El impulso de acercarse a sostenerla brotó con fuerza, pero Lara se obligó a quedarse quieta. Interferir en ese momento podría romper cualquier frágil puente que Maeve estuviese tendiendo.

En lugar de eso, se abrazó a sí misma cuando la bombilla del techo parpadeó una vez, dos veces, y luego se apagó.

La oscuridad engulló el cobertizo.

Al cabo de un momento, sus ojos se adaptaron.

Un tenue resplandor plateado emanaba de Maeve, débil al principio, luego cada vez más intenso hasta perfilar su silueta como la luz de la luna entre la niebla.

Jirones de aquella luz se desplazaron hacia afuera en lentas espirales, filamentos de algo que no era del todo humo ni del todo energía.

Rozaron la mesa de trabajo, se deslizaron sobre las estanterías y se enroscaron en torno a las herramientas colgadas.

Un filamento le rozó la manga a Lara, frío y eléctrico a la vez. Ella no se movió.

Durante un instante, no pasó nada.

Luego comenzaron a tomar forma unas siluetas.

Conceptos borrosos se superponían unos sobre otros, como fotografías a medio revelar que se negaban a enfocar. Movimiento sin nitidez. Brazos. Un torso. La perspectiva se desplazó, inclinándose hacia abajo como si alguien estuviese mirando su propio cuerpo.

Lincoln.

Los fragmentos vacilaban y se solapaban, estabilizándose en ráfagas irregulares.

Las manos del espíritu fueron haciéndose más nítidas.

Unos dedos manchados de tinta sujetaban un bolígrafo.

Estaba inclinado sobre un diario en la mesa de trabajo, escribiendo con rapidez.

Las palabras eran en su mayoría ilegibles, las letras se movían y deformaban, pero los Sigilos eran más claros.

Lara se acercó a la aparición, escrutándola como si pudiera distinguir la forma de los símbolos desde un ángulo mejor. Se le cortó la respiración.

Reconocía algunos de ellos.

Memoria. Cambio.

El pulso se le disparó. Lincoln había encontrado el hechizo de alteración de la memoria.

Los Sigilos de la página se transformaron ante sus ojos, reordenándose en patrones sutiles, con líneas que se alargaban y curvas que se tensaban como si estuviesen vivos, haciéndole erizarse la piel.

Luego los símbolos tintados se hincharon hacia afuera, la página se arrugó como si se calentase desde dentro.

Un pequeño estallido de onda expansiva rasgó el aire.

El diario se ennegreció en los bordes, una sección de la página se enroscó y ardió antes de que la imagen parpadeara.

El hechizo se había destruido parcialmente a sí mismo.

¿Por qué?

La escena volvió a cambiar.

Lincoln se incorporó. Giró la cabeza.

En el umbral del cobertizo había una figura con túnicas de mago, la capucha bien calada para ocultar el rostro. Lincoln no retrocedió ni pareció alarmarse.

La figura extendió la mano.

No había sonido. Los labios del mago se movían, pero la visión solo transportaba el eco del canto de Maeve.

Entonces el aire frente a Lincoln vibró.

Comenzó como una distorsión, una ondulación de calor en el espacio estrecho, antes de que esquirlas de luz salieran disparadas desde la palma de la figura encapuchada.

Lara había esperado un rayo, pero en su lugar apareció un violento entramado de arcos blancos y azules que crepitaba y se ramificaba, avanzando como un enjambre de insectos luminosos.

Alcanzaron a Lincoln de lleno en el pecho.

Su cuerpo se convulsionó, los hombros se sacudieron hacia atrás como si unos hilos invisibles lo arrastraran. La luz lo inundó, delineando huesos y tendones durante una fracción de segundo con una brillantez deslumbrante antes de que se desplomara.

La sacudida golpeó a Lara sin previo aviso.

Era una mezcla de conmoción, traición y rabia comprimida en una sola fuerza explosiva. La ola golpeó tanto a ella como a Maeve: un contragolpe psíquico de una muerte que se negaba a ser reproducida.

Maeve se tambaleó, pero se mantuvo firme.

Lara no.

La fuerza la lanzó hacia atrás. El mundo se inclinó violentamente y la pared del cobertizo se abalanzó hacia ella. El dolor estalló en la nuca cuando golpeó algo sólido. Su visión se oscureció en los bordes y el resplandor plateado se contrajo hacia dentro.

El último vestigio de luz se desvaneció de su campo visual.

Lo siguiente que supo fue que un par de grandes ojos marrones con motas doradas llenaban su campo de visión, con una alarma viva en ellos y un profundo surco entre las cejas.

Un cálido lamido de lengua áspera en la mejilla de Lara le indicó que Bella estaba al otro lado. El suelo bajo ella era blando, y cuando cerró los dedos, estos se cerraron sobre frescas briznas de hierba.

Rhys debía de haberla sacado al jardín en brazos.

—Tienes un don especial para ponerte donde el peligro elige golpear —gruñó Rhys sobre ella.

—No tienes ni idea —concordó Bella—. A este ritmo me saldrán canas, y eso es del todo inaceptable.

A pesar del tono seco, Lara captó la preocupación entretejida en sus palabras. Logró esbozar una sonrisa en dirección a Bella.

—¿Estás bien? —la melodiosa voz de Maeve llegó flotando desde algún lugar detrás de Rhys.

—Estoy bien —dijo Lara, la respuesta fue instintiva, y para demostrarlo intentó incorporarse.

Rhys estaba allí, con un brazo deslizándose en torno a sus hombros para ayudarla a sentarse. Su calidez la ancló más deprisa que la hierba bajo sus palmas.

—Si tuviese una joya por cada vez que has pronunciado esas palabras —murmuró Bella mientras se acomodaba sobre los cuartos traseros—, a estas alturas ya tendría varios tesoros.

—Gracias al cielo —suspiró otra voz. Anastasia debía de haber salido al escuchar el alboroto.

Lara se llevó la mano a la nuca. —¿Me he golpeado contra la pared?

—Peor —dijo Bella, clavando en Rhys una mirada elocuente—. Chocaste contra el granito.

La comprensión se fue abriendo paso a través de la nebulosa que aún la envolvía.

Rhys la había sujetado antes de que golpease contra la pared.

La claridad le envió una nueva oleada de calor: en parte vergüenza por lo rápido que se había desmayado, en parte irritación consigo misma por su falta de preparación. Pero la vergüenza se disolvió en el momento en que vio la expresión en sus ojos.

Culpa.

—En serio —dijo, esforzándose por que su voz sonase firme—. No es para tanto.

—Fue el contragolpe emocional —dijo Maeve—. No el impacto.

—¿Ah, sí? —preguntó Lara, aunque incluso mientras lo decía, supo que era verdad.

—Cuando se reproduce una muerte violenta —continuó Maeve—, la fuerza de esta no permanece pasiva.

Los últimos sentimientos del espíritu, probablemente miedo e ira, pueden desencadenarse.

Si estás abierta a ello, aunque sea un poco, golpea el sistema nervioso.

El cuerpo reacciona antes de que la mente pueda protegerse.

Mareos, pérdida de control muscular e inconsciencia. No es infrecuente.

Claro. Eso habría sido útil saberlo de antemano.

—Así que fue una suerte que el Capitán Mendes te interceptase antes de que sufrieras daños físicos.

—Rhys —la corrigió él.

Maeve ladeó la cabeza. —Rhys.

Lara los miró alternativamente y luego volvió a mirarle a él. La tensión en su mandíbula no había cedido.

—Estoy bien, te lo prometo. —Sonaba como un disco rayado.

Él la estudió un momento más, como si sopesase la veracidad de esa afirmación, antes de asentir con la cabeza apenas perceptiblemente.

—¿Habéis averiguado algo? —preguntó Rhys mientras la ayudaba a ponerse completamente en pie, con el brazo firme en torno a su cintura, cargando con más peso del necesario.

—¿Tú no lo has visto? —preguntó Lara, odiando lo entrecortado que sonaba su tono.

Rhys negó con la cabeza una sola vez.

Ella se volvió hacia Maeve.

—No habrían podido —dijo Maeve, ladeando la cabeza con una actitud pensativa que sugería que Lara tampoco habría debido verlo—. ¿Qué viste?

Lara recompuso los fragmentos en orden.

—Lincoln estaba escribiendo en un diario —comenzó—.

Sigilos. Reconocí la espiral interior de «memoria», encerrada en un fino anillo de contención, y la línea bifurcada de «cambio» atravesándola como una fractura.

Había encontrado el hechizo. —Su mirada se desvió hacia Rhys—.

Pero no se comportaba con normalidad. Los símbolos se desplazaban, se reordenaban, y luego la página ardió.

Parecía como si el hechizo intentase destruirse a sí mismo, o Lincoln lo hiciera.

El ceño de Maeve se frunció.

—Alguien entró en el cobertizo. Un mago con la capucha puesta, el rostro oculto. Al principio, Lincoln no reaccionó como si se sintiese amenazado. —Su voz se tensó—. Estaban hablando, aunque no pude oírlos.

Se volvió hacia Maeve.

—Yo tampoco —confirmó su amiga.

Lara suspiró. —Y luego… electricidad. Le golpeó y… —Tragó saliva—. Se desplomó.

El brazo de Rhys se tensó levemente en torno a su cintura.

—Entonces —dijo Rhys por fin—, se confirma que buscamos a un mago que Lincoln conocía. Alguien lo suficientemente poderoso para manejar una descarga eléctrica controlada.

—No olvides el hechizo a medio destruir —dijo Lara—. El mago habría cogido los trozos de papel que sobreviviesen a ese fuego.

Sus pensamientos volvían a moverse deprisa, y esta vez estaba completamente despierta.

Tendría que esperar hasta estar en casa para hablar de ello con Bella.