Susurros de Sombras (Los misterios de la bruja de la armonía 2) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

El efecto fue inmediato. Los hombros de Anastasia se relajaron, la tensión alrededor de sus ojos se disolvió como si alguien la hubiera desanudado por dentro.

—Gracias —dijo al cabo de un momento, con la voz más suave. Ladeó la cabeza—. Debes de ser una bruja de la armonía.

Lara quedó impresionada.

Las brujas de la armonía no eran comunes. Poca gente sabía de su existencia, y menos aún podían reconocer a una. Quienes sí lo hacían tendían a situarlas por debajo de una bruja de hierbas y solo marginalmente por encima de, bueno, alguien que charlaba con sus macetas y lo llamaba magia.

Entre la identificación que Anastasia había hecho de su magia, la genuina fascinación y el respeto que mostraba hacia Bella, y la tristeza que ensombrecía su expresión, Lara decidió que la honestidad era el único enfoque sensato.

—Lo siento mucho —dijo.

Algo se cerró en los ojos de Anastasia. No era enfado, sino defensa.

—¿Conocías a Michael?

—No —dijo Lara—. Me temo que no.

Eso pareció aliviar algo. La expresión hermética se suavizó, transformándose en una cautelosa curiosidad.

—Soy Lara St Clair —dijo—. Mediadora del Gremio. Y ella es Belladonna.

Anastasia asintió. —Encantada, Lara y Belladonna. Supongo que ya sabes que soy Anastasia. —Ladeó la cabeza—. Así que la pregunta es: ¿qué hacéis aquí?

Las palabras eran directas, pero sin ninguna hostilidad.

Lara se arriesgó con una apuesta calculada. Le dio a Anastasia la versión resumida. Que estaba mediando en un caso relacionado con Nash, que había sido un mago de la memoria. Llegó incluso a contarle que él le había pedido que investigara su muerte.

—Ah —dijo Anastasia—. Crees que hay una conexión.

Una conclusión muy rápida.

—No lo sé —dijo Lara con sinceridad—. Pero es mi hipótesis de trabajo.

Un silbido suave se escapó de Anastasia. —Eso es serio. —Vaciló, luego negó con la cabeza—. ¿Es Michael también un espíritu errante? —Se contuvo—. No. No me respondas. Prefiero creer que se ha ido en paz.

Se hizo un breve silencio.

—Si sirve de algo —dijo Lara—, creo que no.

Sin duda los banshees lo habrían mencionado. Quizá debería llamar a Deirdre.

—¿Puedes hablarme de Michael? —preguntó Lara—. Por favor.

Anastasia se limpió las manos con un trapo y se recostó contra el banco de trabajo, con los dedos frotando una mancha de arcilla que se resistía a desaparecer.

Quizá estaba decidiendo por dónde empezar.

—A Michael le encantaba el arte —dijo al fin—. No solo el mío. Le gustaba todo. Escultura, instalaciones, performance que yo fingía entender. —Una pequeña sonrisa tiró de sus labios—. Tenía opiniones. Muy firmes.

Lara asintió, dejando que el silencio invitara a más.

—También era… absurdamente organizado —continuó Anastasia—. Calendarios con código de colores. Copias de seguridad de sus copias de seguridad. Una vez hizo una copia de seguridad de una lista de la compra. —Soltó una risita queda—. Lo cual lo convertía en el polo opuesto de mí.

—Y eso generaba fricciones —dijo Lara, más como una invitación que como una pregunta.

—Oh, constantemente. —Anastasia no lo eludió—.

Se me olvidaban las citas, perdía las cosas, perdía la noción del tiempo en el estudio.

Él intentaba tener paciencia, de verdad que sí, pero le sacaba de quicio.

—Hizo una pausa, con los ojos suavizándose—.

Aun así, las reconciliaciones siempre merecían la pena.

Sonaba a verdad, no a nostalgia.

—¿Su trabajo se filtraba alguna vez en vuestra vida?

La mirada de Anastasia cayó sobre la figura de arcilla a medio formar que tenía al lado. —Era un mago de la memoria. Muy bueno. Con experiencia. —Hizo una pausa, y luego añadió casi con indiferencia—: Me llevaba diez años. Tenía cuarenta y tantos.

Sus ojos se alzaron, midiendo la reacción de Lara.

Lara mantuvo la expresión neutra. Bella, en cambio, no tenía tales inhibiciones.

—En cuestiones del corazón —dijo Bella—, cuando ambas partes son adultas con plena capacidad de consentir, la edad es en gran medida irrelevante.

La aritmética cronológica está muy sobrevalorada.

Lo que importa son los valores compartidos, el respeto mutuo y la compatibilidad en los objetivos vitales.

También el tamaño del tesoro… y su calidad, por supuesto.

Anastasia parpadeó y luego se rió, de verdad esta vez.

Lara sonrió a su pesar. Aquello, de un modo inconveniente, la hizo pensar en Rhys. En cuánto dependía todo de la percepción y de quién la ejercía.

—Últimamente estaba cansado —continuó Anastasia, con la voz más baja ahora—. No solo agotado. Alerta. Más nervioso de lo habitual.

Bella ladeó la cabeza. —¿Nervioso cómo?

—Se sobresaltaba con facilidad. Los ruidos fuertes, sobre todo. —Anastasia tragó saliva—. Y dormía mal. Pesadillas. No quería hablar de ellas.

Bella pareció reflexionar sobre eso. —¿Y durante el día?

—A veces se ausentaba —dijo Anastasia, rozando el borde del banco de trabajo—. Como si no estuviera realmente ahí.

Las orejas de Bella se agitaron. —Hipervigilancia. Alteraciones del sueño. Disociación.

Anastasia la miró, frunciendo el ceño. —Suena… clínico.

—Lo es —dijo Bella—. Y me resulta familiar. El patrón sugiere estrés postraumático.

La verdadera pregunta era qué lo había desencadenado.

Anastasia tragó saliva. —Él nunca lo llamó así. Decía que su último caso le había exigido más de lo que esperaba. —Exhaló despacio—. Pensé que solo necesitaba tiempo.

—¿Y alguna vez habló de dejarlo? —preguntó Lara—. ¿O de tomarse un descanso?

Anastasia asintió. —Sí. Pero solo recientemente.

¡Espera! Lara repasó las palabras de Anastasia en su mente. Su último caso. ¿Qué caso?

—¿Te dijo en qué consistía su último caso?

Anastasia negó con la cabeza. —Solo que había una muerte. —Su boca se torció—. Después de eso, evitó hablar del trabajo en absoluto. Si yo preguntaba, esquivaba el tema. Cambiaba de conversación. Me decía que era aburrido, o confidencial, o que no quería traerse el trabajo a casa.

—¿Era eso propio de él? —preguntó Lara.

—Para nada —dijo Anastasia sin dudarlo—. Normalmente hablaba de las cosas. Le gustaba el orden. El contexto. Darle sentido a todo. —Vaciló—. Después de ese caso, fue como si el trabajo quedara… acordonado.

Bella se movió, con las garras repiqueteando sobre el hormigón. —Evitación.

Anastasia asintió a cámara lenta. —Sí. Encaja. Y antes de que lo preguntéis: la mayor parte de su trabajo no tenía que ver con la muerte.

Era un malentendido común sobre los magos de la memoria.

Como parte de su formación como mediadora, a Lara se le había exigido estudiar los distintos tipos de magos.

Mucha gente asumía que el trabajo de los magos de la memoria giraba en torno a las herencias, probablemente porque eran los casos que captaban la imaginación del público.

¿Está absolutamente seguro de que pretendía dejarle a su expareja la casa, el perro y la colección de vino añejo? ¿No sería que quería dejármelo a mí?

En realidad, una parte mucho mayor de su trabajo tenía que ver con asuntos administrativos: verificar intenciones, desenredar conversaciones disputadas, reconstruir momentos que habían sido malinterpretados u oscurecidos deliberadamente. Los casos de herencias hacían mejores historias.

Anastasia hizo un gesto, como si tachara puntos de una lista invisible. —Documentos olvidados. Contratos alterados. Cosas mundanas.

Su expresión se tensó. —E incluso cuando sus casos sí implicaban una muerte, nunca le costaba hablar de ello. Lo veía como una progresión natural. Triste, sí, pero parte de la vida. Esto era diferente.

Lara dejó pasar un instante. —Mencionaste pesadillas.

La mirada de Anastasia cayó. —Antes de que cambiara de humor, no tenía muchas. O al menos, no muchas que yo notara. —Frunció el ceño—. Pero hubo una que fue horrible. Ocurrió hace dos semanas.

—¿Ah, sí? —la animó Lara.

—Estaba profundamente dormido —dijo Anastasia—. Yo estaba despierta, leyendo. Al principio solo murmuraba. No le di importancia. Luego empezó a agitarse. A sudar. Como si intentara abrirse paso a la fuerza fuera de algo. —Sus manos se crisparon—. Lo arrancó del sueño de golpe.

—¿Y? —preguntó Lara.

—Dijo que no recordaba nada. —La boca de Anastasia se tensó.

—Pero no le creíste.

—No. —Negó con la cabeza—. Tenía esa… mirada atormentada. Como si algo lo hubiera seguido de vuelta. —Su voz se apagó—. Y tres días después, estaba muerto.

¿Coincidencia?

—¿Conocías a alguno de sus colegas? —preguntó Lara.

Anastasia negó con la cabeza de nuevo. —No. No me interesaba demasiado socializar con ellos. La mayoría eran arrogantes.

Bella resopló. —La arrogancia suele ir en manada.

—¿Había alguien con quien tuviera buena relación? —insistió Lara.

—A veces iba a tomar algo con un par de ellos. No diría que eran amigos íntimos.

Lara asintió, manteniendo la expresión neutra, aunque la frustración bullía bajo la superficie. No estaba avanzando mucho. Ningún hilo claro.

Se descubrió empatizando con Rhys. Él habría llevado a cabo esa entrevista siguiendo el protocolo y habría acabado exactamente donde estaba ella ahora.

Con respuestas que no eran respuestas en absoluto.

Sin embargo, todos los instintos de Lara le decían que había una conexión entre la muerte de Michael y la de Nash.

—La policía cree que puede que Michael haya sido asesinado —dijo Anastasia de repente.

Lara mantuvo la reacción medida. —¿Tú no?

Anastasia apartó la mirada. —Al principio no. Pensé que había sido un accidente.

Lara esperó.

—Pero entonces, ¿por qué interrogarme durante tres horas ayer? —continuó Anastasia, y las palabras empezaron a brotar solas—. Sobre mi relación con él. Sobre si tenía enemigos. —Frunció el ceño—. Les resultaba especialmente sospechoso que me fuera de Sídney tan pronto después de encontrarlo.

—Te marchaste —dijo Lara.

—Volví a las montañas —dijo Anastasia—. Adonde nos conocimos. —Su voz se suavizó, a la vez defensiva y frágil—. Era lo único que tenía sentido en ese momento.

Se interrumpió, claramente consciente de que sonaba irracional.

No lo era.

Lara lo entendía muy bien. El duelo doblaba la lógica en formas extrañas. A veces te empujaba a buscar respuestas; a veces te llevaba persiguiendo un momento, un lugar, una versión del pasado en la que las cosas todavía no habían salido mal.

—¿Por qué creías que había sido un accidente?

Anastasia cogió aire de forma temblorosa. —Por lo que estaba haciendo. —Se frotó las palmas, como si aún pudiera sentirlo—. Estaba arreglando algo en el cobertizo: un equipo viejo que se negaba a reemplazar. El cableado era un desastre. Siempre decía que lo ordenaría como es debido más adelante .

Sus ojos se empañaron. —Lo encontré en el suelo. Olía a quemado. Supuse que algo había fallado: un cable defectuoso, quizá.

Vaya.

Nash tenía marcas de quemadura en las yemas de los dedos.

—Llamé a los paramédicos de inmediato —dijo Anastasia—. No respondía. Yo… lo sacudí. Intenté despertarlo. Sé que no se debe, pero no pensaba con claridad. No dejaba de decir su nombre.

Cogió aire y lo soltó con un temblor. —Se lo llevaron. No dijeron que estuviera muerto, pero… creo que yo ya lo sabía.

Anastasia cogió la figurilla en la que había estado trabajando y la fue girando despacio entre las manos. —Cuando llegué al hospital, el médico me lo confirmó.

Sus hombros se desplomaron. —Estaba aturdida. Ni siquiera llamé a sus padres. —Una nota amarga se coló en su voz—. Nunca les caí bien. Una bruja de nivel tres no se consideraba una pareja adecuada para su mago de la memoria de nivel cinco. —Soltó una risita hueca—. Y ahora ya no importa.

Bella se acercó y rozó la mano de Anastasia con el hocico. Anastasia esbozó una pequeña sonrisa en respuesta. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla; la limpió, dejando una mancha de arcilla bajo el ojo.

—Se ha ido, y no puedo traerlo de vuelta. —Su voz vaciló; luego cogió aire y clavó en Lara una mirada resuelta—. Quiero contratarte para que descubras quién le hizo esto.