Susurros de fuego y cristal CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

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Lucien

La Casa de Cristal conseguía que el amanecer pareciera culpable.

La luz pálida se colaba por los paneles agrietados en franjas estrechas, centelleando en la lluvia que se había helado sobre el tejado durante la noche. Cada ráfaga sacudía el cristal. Toc.

Toc. Toc. El sonido era demasiado leve para ser cosa del tiempo y demasiado constante para ignorarlo.

Lucien estaba sentado a la mesa de trabajo llena de muescas, con la mano derecha vendada apoyada sobre el cajón poco profundo donde había escondido la página doblada en tres.

El lino que le envolvía la palma se había endurecido durante la noche.

El dolor le atravesaba en oleadas ardientes y precisas cada vez que olvidaba e intentaba cerrar los dedos.

En el hogar, el pequeño cofre de hierro guardaba su registro de nacimiento.

Había visto a Sera cerrarlo con llave antes de dormir, con el cuchillo de plata al alcance sobre la repisa y la impresión de cera de cristal negro metida en el abrigo.

Ella había comprobado cada pestillo de las ventanas dos veces.

Luego se había vuelto hacia él bajo la manta prestada y había dicho, con irritación agotada:

—Como sigas dando vueltas hasta el amanecer, te echo fuera con el tomillo.

Él había dejado de moverse.

El sueño no llegó.

La carta esperaba bajo el doble fondo del cajón porque esconderla le había resultado peor que escribirla. Había empezado con el nombre de ella y lo había tachado. Había empezado con una disculpa y también la había tachado.

Al final, había escrito los hechos con caligrafía torpe, entorpecida por el cansancio.

Sera,

Si esto funciona, Dorian tendrá que mostrar al Consejo lo que es. Si falla, tendrás el registro, la impresión y la verdad de por qué me fui.

Había seis líneas más después de eso. Ninguna lo hacía menos cobarde.

A su espalda, las tablas del suelo crujieron.

—Tu té huele a cuerda mojada —dijo Sera.

Se volvió demasiado rápido. El vendaje tiró. Mantuvo el rostro inmóvil por pura costumbre y enseguida lamentó el esfuerzo; ella notaba todo lo que él intentaba ocultar.

Estaba de pie en el umbral de la habitación estrecha que en otro tiempo había sido la oficina de un jardinero, el cabello suelto sobre los hombros, pantalones y camisa arrugados de dormir. Ya llevaba puesto el abrigo. Por supuesto.

La bota izquierda mostraba el bulto inconfundible del cuchillo que guardaba dentro.

—¿Eso es té? —preguntó él.

—Eso no es excusa.

—Lo preparé antes de que se me ocurriera algo mejor.

—Entonces compadezco tus ideas mejores.

La broma debería haberle arrancado una sonrisa. No lo hizo. La expresión de Sera cambió al verlo incapaz de responder.

La mirada de ella se desvió hacia la cuchara de cobre junto a la tetera fría.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

Su pregunta dejaba una rendija abierta: la oportunidad de contárselo antes de que tuviera que arrancarle la verdad.

Lucien se levantó.

—¿Puedo enseñarte lo que escribí?

—Esa frase nunca ha mejorado una mañana.

—No —tragó saliva—. Nunca.

Ella no se acercó más. Entre el umbral y la mesa cabía un tiro de cuchillo. Él había aprendido a leer el espacio como comandante.

Con Sera, estaba aprendiendo cuántas veces la distancia era una respuesta.

—¿La coronación anticipada es el objetivo de Dorian? —preguntó él—. Solo la Corona puede aceptarlo.

—Él lo sabe. Pero puede arrastrarme ante el Consejo, usar cristal negro para imitar un juramento y llamarlo prueba antes de que nadie tenga tiempo de impugnar el registro.

—Lo sabemos.

—Necesita mi sangre allí. Y me necesita vivo hasta que pueda dar apariencia de verdad a la mentira.

Los ojos grises de ella se entornaron.

—Eso también lo sé.

—Si me entrego en una audiencia del Consejo con testigos, morderá el anzuelo. Forzará el ritual delante de personas que no puede eliminar sin que se note. Tú tendrías el registro.

—Tendrías la impresión de cera. Y cuando me mate o intente hacerme hablar...

—¡Basta!

Una sola palabra. Baja, firme, definitiva.

Lucien se detuvo.

El viento azotó el cristal sobre sus cabezas. Una grieta atravesaba uno de los paneles como un hilo blanco, viejo daño que atrapaba la luz.

Sera lo encaró.

—Piensas entregarte a él.

—¿Puedo obligarlo a mostrar sus cartas?

—A costa de tu garganta.

—Con un testigo público.

—A costa de tu vida.

Se obligó a no suavizar la verdad.

—Sí.

A ella se le tensó la boca.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Después de elegir la ruta?

—¿Después de que encontraras la forma de dejarme encerrado mientras tú ibas a morir con algún propósito?

—Yo no te encerraría en ningún sitio.

—Me dejarías con las piezas que consideraras útiles y lo llamarías futuro.

La atención de él se desvió hacia la mesa. La veta de la madera se difuminaba bajo la débil luz de la mañana.

—Pensé que te daría la mejor oportunidad —dijo él.

—¿De sobrevivir?

—De acabar con esto.

—No son lo mismo.

Eso lo habían aprendido juntos, pensó él. O él lo había aprendido mientras ella seguía pagando el precio de cada lección.

Sera entró en la habitación y habló en voz baja. La calma era peor. Cuando gritaba, al menos había movimiento.

Aquella quietud tenía el filo preciso de una decisión.

—Dorian pasó once años convirtiéndome en una herramienta suya —dijo ella—. Él decidía qué riesgos podía correr. Él decidía qué partes de mí merecía la pena sacrificar.

—Ahora has decidido que si haces que el sacrificio suene noble, debo llamarlo amor.

—Amarte no convierte una tumba en un regalo —añadió—. Me usaste.

—No espero que le pongas nombre.

—Esperas que lo use.

No tenía respuesta que no le diera la razón.

Esa verdad quedó suspendida entre ellos, contundente y humillante. Podía nombrar la razón política. Podía señalar al Consejo, a los guardias que Dorian controlaba, a la sangre que Dorian quería.

Nada de eso cambiaba su plan. Había tomado el miedo de ella y lo había convertido en estrategia.

—Intentaba evitar que Dorian eligiera el momento —dijo al fin.

—Entonces hacemos un plan que no le dé el control del tuyo.

—Sera...

—No. No puedes pronunciar mi nombre con ese tono cauteloso y convertir esto en algo triste que deba perdonar antes del desayuno.

Casi sonrió. Habría sido un error.

—No estoy pidiendo perdón.

—Bien. No te lo has ganado.

Las palabras dolieron porque él quería que dolieran. El dolor era más fácil cuando tenía un origen claro.

Rodeó el extremo más alejado de la mesa y la mantuvo entre ellos.

—Dorian tiene el palacio, los escribanos, suficientes guardias para que un arresto parezca legal. Nosotros tenemos un libro de cuentas y la copia de un sello.

—Si adelanta la coronación antes del Eclipse, puede que no tengamos otra oportunidad.

—Tenemos a Elowen.

—Elowen tiene un sello de tratado, no un ejército.

—Tenemos a Mara.

—Mara tiene cuchillos y un juicio excelente. No es testigo ante el Consejo.

—Tenemos a Rian.

Lucien miró hacia las ventanas empañadas.

—Rian tiene una cadena de mando que Dorian puede desmantelar con una sola orden falsa.

—Entonces encontramos la orden antes de que la use.

—Lo haces sonar simple.

—Es simple. No es fácil.

Sera era más peligrosa cuando desenredaba lo complejo hasta convertirlo en un plan claro: identificar qué necesitaban, quién lo tenía y cómo tomarlo sin ser vista.

Había amado eso de ella mucho antes de permitirse usar la palabra.

La certeza lo atravesó sin ofrecer consuelo. Amarla no mejoraba su juicio. Solo hacía la traición más fea.

—¿Vendrá Dorian a por ti también? —preguntó.

—Ya lo ha hecho.

—Si te captura...

—Preferiría abrirme paso luchando que despertar y encontrarte muerto porque decidiste que estaría más segura sin poder elegir.

La mano quemada le palpitaba. La mantuvo pegada al costado.

—¿Pensé que si iba por voluntad propia, te dejaría margen para maniobrar?

—Pensaste que respetaría las reglas porque le diste lo que quería.

—Pensé que expondría su crimen ante el Consejo.

—Ya ha mostrado crímenes antes. La gente los llama papeleo cuando nadie clava un cuchillo en la mentira.

Lucien aspiró el aroma limpio y amargo del tomillo aplastado en el parterre, al otro lado del cristal roto. Había estado en aquel invernadero con ella antes de la boda y le había prometido que no mentiría sobre el peligro. Entonces creía que una mentira requería palabras falsas.

Ahora entendía que el silencio podía ser igual de deliberado.

—¡Tienes razón! —dijo.

El rostro de Sera cambió apenas una fracción, sin ceder alivio ni suavidad. Había esperado resistencia, y la ausencia de esta la dejó sin saber dónde asestar el siguiente golpe.

—Dilo como es debido —dijo ella.

Él le sostuvo la mirada.

—Hice un plan que usaba tu dolor como arma contra Dorian. Lo oculté porque sabía que te negarías.

—Me dije que era por protegerte porque tenía miedo de pedirte que lucharas a mi lado. Estuvo mal.

El cristal repiqueteó sobre ellos. Tres golpecitos, luego silencio.

Los ojos de ella brillaban, aunque no apartó la mirada.

—Tenías miedo de preguntar porque sabías que podría decirte que no.

—Sí.

—Y decidiste que un no de mi parte importaba menos que una muerte de la tuya.

—Sí.

La segunda respuesta le arrancó algo. Así debía ser. Había construido su vida como la persona que se interponía entre el peligro y todos los demás.

Había necesitado a Sera para darse cuenta de cuántas veces esa posición le hacía dar la espalda a quienes necesitaban voz y voto.

Ella cruzó hacia la mesa de trabajo. Sus dedos se cerraron sobre la carta y se detuvieron.

—¿Esto es todo?

—No.

—¿Hay una ruta escrita?

—No.

—¿Una hora?

—No.

—¿Una señal para Dorian?

Negó con la cabeza.

—No había enviado nada.

Los hombros de ella bajaron un poco porque el pensamiento terrible aún no se había convertido en un acto irreversible.

—Entonces escúchame bien —dijo—. No te entregarás ni le enviarás un mensaje. Me dices adónde vas antes de salir de esta casa.

—Si te atrapa, será a pesar de nosotros, no porque te ofreciste como prueba de una historia que esperas que yo termine.

Quería prometer. La palabra surgió automáticamente, pulida e inútil.

En su lugar, dijo:

—No me entregaré.

—Esa es una parte.

—No contactaré con Dorian.

—¿Y?