Sustituida en el altar EPÍLOGO
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EPÍLOGO

«Me he pasado la vida midiendo el punto en que las cosas ceden. Nadie me avisó de que algunas ceden hacia dentro, y de que así es como uno cabe en una casa.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Dos años después

Jonas sigue mandándome cargar la malta.

Treinta sacos, del almacén a la molienda, todos los jueves a las ocho. Las botas ya están viejas; el zapatero de la Ostengasse, que no sabe quién soy y me llama el yerno de Otto, les ha cambiado la suela dos veces.

Es el mejor cargo que he tenido nunca.

Aquel jueves de diciembre caía una nieve fina sobre el patio, y el portón de 1886 chirriaba como siempre. Nadie lo ha engrasado. Me ofrecí una vez. Marlene dijo que portón que no chirría no avisa de quién llega.

Al otro lado del muro, río abajo, la fábrica está en marcha.

Mil doscientas personas, tres turnos, con el agua que ella consintió en cuatro líneas.

El comedor sirve la «Marlene» los viernes.

También la sirven treinta tabernas de Múnich, desde que Oberauer firmó las condiciones que ella le puso.

La hoja está enmarcada en mi despacho, en la planta catorce, en el sitio donde antes colgaba un diploma.

Solté el trigésimo saco. Me miré la muñeca, por costumbre.

Nada. Una marca que el sol de dos veranos casi ha borrado ya.

El reloj está en un cajón de la Möhlstraße. No sé en cuál. Helga lo sabe, y nunca me lo ha dicho.

—Konstantin. —Sepp, desde la puerta del Sudhaus—. La jefa te quiere en el sótano.

Bajé.

Estaba delante del tanque, con delantal, el cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo y un vaso en la mano. El pelo recogido. La mancha de mosto en la muñeca, que renuncié a entender y aprendí a besar.

—Prueba.

Una cerveza clara, dorada, de espuma blanca y fina. Bebí.

—Todavía está verde.

Arqueó una ceja.

—¿Quién te ha enseñado eso?

—Una cervecera. Una vez me tuvo a oscuras diecinueve días.

Marlene se rio. Alto. La risa subió por la escalera del sótano, cruzó el patio y volvió, como vuelve desde una montaña.

Fui cerveza verde durante seis años. Sabía a promesa y a defecto a la vez, y nadie distinguía cuál de los dos estaba probando. Ella me dio oscuridad y tiempo.

No tengo otro nombre para lo que me pasó.

A mediodía subimos a la cocina.

Seis platos que no hacen juego y una trona de madera que fue de ella y de Frieda.

Otto en la cabecera, con su nieta sobre la rodilla, dejando que le tirara de la oreja.

Helga, que viene en tren todos los jueves y se sienta sin que a nadie le extrañe.

Frieda había llegado veinte minutos antes. Lukas llegó a la hora.

—El doctor Brandt se ha retrasado —le dijo ella al plato.

—He llegado a las doce.

—Eso he dicho.

Él le sonrió al Knödel. Ella fingió no verlo. Hace dos años que los dos fingen, y la cocina entera finge con ellos.

Otto me pasó la jarra por encima de la cabeza de la niña.

—La de la casa.

Bebí.

Malta, pan caliente, un final que tarda y no hiere. Él esperó, con esos ojos que lo ven todo.

No dije amarga. No hacía falta decir nada más.