Sustituida en el altar MARLENE KRAUS
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MARLENE KRAUS

Mi hija toca el piano mal y fuerte.

Diez meses, dos dientes y las dos manos abiertas sobre el teclado, con la fuerza de quien amasa pan. No sabe lo que es una nota. Sabe que, cuando golpea ahí, la casa responde.

La casa responde.

Volvimos de Regensburg a las seis, con la niebla de Kelheim y la niña dormida sobre su hombro durante una hora y cuarenta.

Helga, que había vuelto en el tren de las cuatro, abrió la puerta antes de que sonara el timbre.

Él subió los dieciséis peldaños con su hija en brazos, sin contarlos, y la dejó sobre la alfombra del ala oeste.

Su cuarto. Las ventanas abiertas al jardín, la cuna donde antes había polvo, y el piano, que nadie cierra.

Me quedé en la puerta, mirando.

Él estaba sentado en la banqueta, arremangado, y ella de pie entre sus rodillas, aporreando las teclas. Él no la corregía. Se reía —entero, con los hombros— con cada acorde imposible.

Johanna. Hanne, en boca de mi padre, que lloró en el bautizo y dijo que era el incienso.

Fue en San Emerano, en abril. El cura bendijo la caldera el mismo día.

Ella llevó un vestido de encaje que las mujeres del coro cortaron de otro, más grande, guardado en una funda de plástico desde un sábado de septiembre.

Tres metros daban para mucho. Sobró para un velo de cuna y para el forro de una caja donde guardo cuatro hojas de papel y una tarjeta de una sola línea.

Leopold fue el padrino. Llegó con un flügelhorn de juguete y llama a su ahijada condesa. Es el único que todavía dice Konni, y el único a quien se le permite.

En enero, en el conservatorio, toca la primera becaria. Una chica de Giesing, de dieciséis años, a la que su profesor describió como indisciplinada y ruidosa. En el programa figura un nombre en lo alto de la página.

Beca Annika von Hagen.

Iremos los tres. Él ya ha pedido la primera fila.

Abajo, en la mesa del desayuno, Helga ha dejado puestas las tazas para mañana. Las vi al subir. La desportillada, la azul oscuro y una pequeña, de loza gruesa, con dos asas.

Una junto a otra.

Por la mañana, antes de salir del despacho de mi padre, abrí el cuaderno.

Después de las treinta páginas de mi madre, hay una línea con mi letra. Y hoy hay una página. En lo alto, un nombre.

Hanne

Clara. Para el verano.

Malta clara, noventa partes. Un poco de trigo, diez. No más de diez.

Lúpulo de Wolnzach, al final del hervido. Es ligera.

Subrayé las cantidades dos veces. Una para mí. Una para quien venga después.

Y dejé la última línea como la recibí.

Tiempo de guarda:

Ella lo decidirá probando.

Un acorde enorme subió del piano. Konstantin levantó la vista y me vio en la puerta. El azul entero, sin nada de hielo, sin nada que esconder bajo el puño de una camisa.

—Ha salido a ti —dijo—. No sabe medir el volumen de los sitios.

—Menos mal. Esta casa tenía silencio para tres generaciones.

Me senté en la banqueta, a su lado. La niña volvió a aporrear las teclas. Él me rodeó con el brazo, con la mano abierta en la base de la columna —el lugar de la gala, de la carpa, de un despacho—, y se quedó.

Siempre he leído las cosas como leo una cerveza: el aroma, el cuerpo, el final.

El aroma de aquel hombre era jabón y papel. El cuerpo era silencio. El final me dio miedo durante ciento cinco días.

Un ingeniero lo diría de otra manera. Diría que toda estructura tiene un punto en que cede, y que uno se pasa la vida huyendo de él.

Él fue el mío. Cedí allí, en un altar, con un ramo en la mano. Y fue el punto de rotura el que me sostuvo.

La casa hacía ruido.

Toda cerveza tiene un final. El mío tardó en llegar.

No era amargo.

FIN