Sustituida en el altar MARLENE KRAUS
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MARLENE KRAUS

La nieve había entrado conmigo.

La sentí en los hombros, en el pelo, en el bajo de un vestido que no tenía tres metros de nada. Blanco, sencillo, de lana fina, hasta el tobillo. Botas debajo. Lo había elegido yo sola, un miércoles, sin hermana y sin alfileres.

El otro estaba en Regensburg, detrás de una puerta, en su funda de plástico. No lo tiré. Solo que ya no era mío.

Mi padre me ofreció el brazo.

El traje de entierros y bautizos. La mano grande sobre la mía. Miró a la nave, al altar, al hombre de pie allí delante —y no al suelo—.

—¿Veinte minutos, hija?

—Veintidós. Le hacían falta los dos de propina.

Otto Kraus se rio. Una risa corta, de medio lado, y diez años se le borraron de la cara allí mismo, en la puerta.

Echamos a andar.

El pasillo era el mismo. El estuco, la altura, el eco de mis botas. Pasé junto a la tercera fila del lado derecho, y Helga, sentada donde un día se sentó un desconocido, me hizo un pequeño gesto con la cabeza, como quien comprueba una mesa puesta.

Yo solo lo cruzaba. Fue lo que le dije en un puente a un ingeniero que quería saber cuánto aguantaba.

Esta vez lo sabía. Lo había medido, pilar a pilar, en un vestíbulo de mármol, en un tribunal, en un sótano a oscuras. Sabía el peso exacto de lo que llevaba hasta aquel altar.

Aguanta.

Él no se había dado la vuelta.

Estaba de espaldas, recto, con las manos abiertas junto al cuerpo. Solo cuando llegué al primer peldaño giró la cabeza, despacio, como lo hace todo.

No había ni rastro de gris. El hilo de azul se había apoderado de sus ojos por completo.

Mi padre puso mi mano en la de él. No le dijo nada. Le apretó el hombro una sola vez, con su mano pesada, y fue a sentarse junto a Jonas.

—Has venido —dijo Konstantin. No tenía la voz firme.

—Te avisé de que vendría.

—No avisaste de la hora.

—Ahora ya sabes lo que es.

Se le levantó la comisura izquierda de la boca. Después, la derecha.

El cura carraspeó. Lo miró a él, me miró a mí, miró el misal, y algo parecido al alivio le cruzó por detrás de las gafas redondas.

—Esto —dijo— es sumamente regular.

Treinta personas se rieron en una iglesia hecha para que nadie se riera.

No oí la misa. Sé que habló de Dios, de testigos, de libre voluntad. Sé que preguntó, y que la voz que respondió sí era la mía, y que la otra, baja, sin una coma, dijo sí como quien no lee hora alguna.

De lo que me acuerdo es de mi hermana.

Frieda subió los peldaños con la bolsita de satén. La abrió. No le temblaban las manos. Sacó el aro más pequeño y se lo puso a él en la palma; sacó el más grande y lo sostuvo un instante, mirando por dentro, comprobando.

Después levantó la vista hacia un hombre de un metro noventa y cuatro al que llevaba un mes sin saludar.

—Esta vez sirven los dos, Konstantin.

Él tragó saliva.

—Gracias, Frieda.

—No me des las gracias. No lo estropees.

—Eso lo dice todo el mundo —respondió él—. Yo voy a decirte otra cosa. El jueves estaré allí, con las botas puestas.

A mi hermana se le pusieron rojas las orejas. Me entregó el anillo y bajó deprisa.

Él me puso el mío primero. Despacio, con el cuidado técnico de siempre. Encajó. Por dentro, contra la piel, una palabra que solo sabíamos nosotros dos.

Luego me tocó a mí.

Le cogí la mano. Caliente; ya no esperaba otra cosa. Llevé el aro hasta el dedo, hasta la franja blanca que había dejado el anillo de otro hombre, y empujé.

Pasó la primera falange. La segunda. Llegó hasta el fondo, sin rozar, sin que la carne cambiara de color, y se detuvo sobre la marca.

Aun así.

Él se miró la mano como si no la hubiera visto nunca.

—Marido y mujer —dijo el cura, y la voz no le falló en ningún punto—. Otra vez. Y ahora a propósito.

Dos grados. Su cabeza inclinándose, la mano en mi nuca. Sin flash, sin carpa, sin nadie diciendo que no podía volver a pasar.

La cervecería aplaudió. Hiebl se subió a un banco de iglesia.

Al pasar, una voz baja llegó desde la segunda fila.

—Enhorabuena, Marlene.

Lukas. Mi nombre, sin señora. Frieda, a un banco de él, miraba fijamente un ángel del techo.

Salimos por la puerta principal, porque no había otra.

La plaza estaba blanca. En el tercer peldaño, aquello me alcanzó —y esta vez dejé que llegara—. La risa me subió del estómago, alta, sin medida, rebotó en las columnas y volvió.

Él se detuvo en el peldaño. Giró la cabeza. Y se rio conmigo.

Entero. Con los hombros, con los ojos cerrados, la risa de un hombre que todavía no sabe hacerlo bien y aun así lo hace. La nieve nos caía encima a los dos.

En septiembre entré en esta iglesia para casarme por amor y salí casada por contrato. Hoy he entrado por elección. El vestido era otro.

El hombre era el mismo.

Bastian sujetaba la puerta del coche. Entré. Él entró después y se sentó pegado a mí, sin un palmo de cuero en medio.

—¿Y ahora? —pregunté.

Se miró la muñeca. Desnuda. Dejó caer la mano sobre la mía.

—Ahora, despacio.

La puerta se cerró. La plaza desapareció.

Esta vez, el silencio no necesitó valor.