Sustituida en el altar CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

«Veinte minutos no es mucho tiempo. Hoy sé exactamente cuánto es: estuve dentro de ellos, de pie, sin reloj, esperando que ella fuera mejor que yo.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Las once y cuarto.

Lo sé porque el reloj de la sacristía da los cuartos, y yo no tenía otro.

Estaba de pie ante el altar de la Theatinerkirche, tres peldaños más abajo, con traje oscuro y las manos a los costados. Fuera, la Odeonsplatz estaba blanca. La nieve había caído toda la noche sobre el lugar donde, en septiembre, lucía un sol que no sabía nada.

En la nave no había cuatrocientas personas. Había treinta.

En la primera fila, a la izquierda, Sepp, Ludwig y las gemelas, con Tracht, sentados como quien está en casa ajena.

Jonas, de brazos cruzados, vigilándome. Hiebl, con el sombrero sobre la rodilla.

En el lado derecho, en la tercera fila, Helga, Bastian y Leopold.

Helga había elegido el banco. No pregunté por qué; Helga cambia las cosas de sitio.

Lukas estaba en la segunda, con la americana casi planchada. A un banco de él, Frieda sujetaba contra el vientre una bolsita de satén, con las dos manos, y no miraba a los lados.

El cura era el mismo. Pequeño, con gafas redondas y el misal abierto. Comprobó la página dos veces.

—¿Va a venir? —preguntó en voz baja.

—Ella elige la hora.

Se recolocó las gafas y miró el crucifijo.

Las once y media.

El gesto salió solo: la muñeca izquierda girando, los ojos bajando. Allí no había nada. Una franja de piel clara y, en la otra mano, en el dedo, otra.

Ningún número. Ninguna aguja que esconder bajo el puño de la camisa.

Así que es esto.

Una vez me había quedado sentado en aquella iglesia, a tres filas de una mujer que esperaba. Había mirado la hora dos veces. Lo sabía todo: que él no vendría, por qué no vendría, lo que yo iba a hacer el lunes. Para mí, aquellos minutos habían sido un recuento.

Ahora estaba dentro de ellos.

Sin saber. Con treinta personas a mi espalda fingiendo no mirar la puerta, y yo sin derecho a mirarla tampoco. El incienso me bajaba por la garganta. El silencio se acumulaba sobre las cabezas, como la otra vez, y no había ninguna pieza que medir, ni plano, ni puntal.

Solo la puerta. Y la posibilidad, entera, de que no se abriera.

Veinte minutos es el tiempo que ella esperó. Yo me quedé ahí dentro, entero, y comprendí su tamaño.

Las doce menos cuarto.

Alguien se movió en un banco. Leopold tosió. Frieda, por primera vez, volvió la cabeza hacia mí, y vi que lo sabía. Que su hermana lo había pactado con ella, minuto a minuto.

No era un castigo. Era una lección.

Me mantuve de pie. No miré atrás.

La puerta chirrió.

No oí el reloj; no le tocaba dar la hora. Pero lo supe con el cuerpo, como se sabe algo que se ha contado toda la vida.

Las once y cuarenta y siete.

Una vez, yo había dicho ahora en ese minuto exacto, como quien lee la hora.

Ahora llegaba ella.