CAPÍTULO 46
«Hubo un hombre que me miró como se mira un cuadro en un pasillo. Tardé tres meses en entender que el marco era suyo.»
MARLENE KRAUS
A las seis y diez había dos tazas una al lado de la otra, y Helga se sentó sin que a nadie le extrañara.
La desportillada y la azul. Los platillos rozándose. Él con camisa blanca, sin reloj, con la franja clara en el dedo. Yo con jersey, con el pelo todavía húmedo. Helga en el extremo de la mesa, con el té, presidiendo.
Nadie dijo nada. En aquella casa, las cosas importantes nunca se dijeron; se pusieron en su sitio.
El timbre sonó a las siete.
Una vez. Helga empezó a levantarse.
Dos.
—Déjalo, Helga. —Puse la servilleta sobre la mesa—. Esta me toca a mí.
Tres.
Konstantin había cerrado la mano. Lo miré. La abrió, despacio, y se quedó sentado. Era lo más difícil que podía pedirle a aquel hombre, y lo hizo sin que yo se lo pidiera.
Crucé el vestíbulo descalza, como la otra vez.
Friedrich von Arnim estaba en lo alto de la escalinata. Detrás de él, en la calle, un taxi con el motor en marcha. Ningún coche oscuro, ningún chófer. El abrigo era el mismo; la chaqueta, debajo, estaba abierta.
Nunca había visto a aquel hombre con la chaqueta abierta.
—Señora Von Hagen.
—Barón.
Esta vez no se quedó en la línea del umbral. Se quedó un peldaño más abajo.
—Han reabierto la investigación. —La voz no era suave. Solo era vieja—. Han citado al perito del Tegernsee. A mi chófer. Los bancos llaman tres veces al día, y la mitad de ellos responde ahora al nombre de su marido.
—Leo la prensa.
—Mi hijo será procesado antes de Navidad.
—Su hijo fue a una sala, con un abogado suyo, y dijo la verdad. Fue lo primero que hizo solo en su vida. —Levanté la barbilla—. Debería estar orgulloso.
Su mano derecha buscó el botón de la chaqueta. No encontró el ojal.
—A usted la escucha. Haga que se eche atrás. Dígale a su marido que deje de cobrar. —Tragó saliva—. Se lo pido.
El frío de la calle me entraba por los pies.
—Es la primera vez que usted me pide algo.
—Lo es.
—En la iglesia, usted me miró medio segundo. En la mesa de mi padre, ofreció. En esta puerta, entregó. —Puse la mano en la madera—. Usted dijo que yo iba a abrirle esta puerta. La he abierto dos veces.
Esperó. Por un instante, hubo en él algo que yo conocía: un padre en una primera fila, sin nada que sostener.
No bastó.
Había otra persona en aquella cuenta. Cantaba sola en un coche.
—Buenos días, Barón.
Cerré.
Sin portazo. La cerradura hizo el ruidito de siempre, y el vestíbulo se quedó con el silencio de una casa que no debe nada.
Esta vez, fui yo quien cerró.
***
Cuando volví, había una carpeta en la mesa, entre las tazas.
Gris, gruesa, con tres años dentro. No me hizo falta abrirla para saberlo. Él la había empujado hasta mi lado, igual que mi padre empuja las cosas sobre la madera.
—Las deudas de los Von Arnim. Todas. —No tocó el café—. Esto ya no lo decido yo.
—¿Por qué?
—Porque lo he decidido yo durante tres años, y ya has visto adónde he ido a parar.
Helga recogió su platillo y salió, con el paso de quien se niega a ser testigo.
Abrí la carpeta. Bancos, hipotecas, una casa en Starnberg, un terreno cerca del lago. Leí dos páginas y la cerré. No necesitaba las demás; reconozco un balance que no cuadra.
—Cóbralas —dije.
Asintió.
—Y lo que sobre, después de los bancos, no entra en tu empresa. Va al conservatorio. Una beca de piano, con su nombre. —Le sostuve la mirada—. Para quien toca fuerte.
El hilo de azul se adueñó de todo el gris. No dijo nada. Puso la mano sobre la mía, en la carpeta, y la dejó allí.
Cogí el bolso del respaldo de la silla.
Dos hojas. La primera, doblada en cuatro, con una línea en blanco y mi nombre: la que Frieda escribió en un tren. La rompí por la mitad, y otra vez, y dejé los trozos en el platillo.
—¿Qué era eso?
—Tu fábrica parada durante dos años. —Me encogí de hombros—. Estuvo un mes en el cajón de mi padre. Quise firmarla. No voy a fingir que no.
Miró los trozos como mira una pieza que no se ha roto por poco.
La segunda hoja estaba en blanco. Le pedí su pluma, la de la sacristía. Escribí.
Yo, Marlene von Hagen, de soltera Kraus, socia de la Brauerei Kraus y titular de los derechos de agua registrados en 1886, consiento la captación de la planta de Regensburg de Von Hagen Industrie.
Dentro de los límites del proyecto presentado a la jueza.
Mientras el agua de la cervecería sea lo primero.
Regensburg no cierra. Ni la tuya ni la mía.
Cuatro líneas. Cuatro ingredientes, nada escondido.
Firmé y se la deslicé por la mesa.
La leyó. Despacio, dos veces, como yo había leído treinta y dos páginas en aquella misma silla.
—Los derechos están en la mano correcta —dijo en voz baja.
—La mano correcta firma.
Me bebí el café. Estaba frío. No importaba.
***
Por la tarde, fui sola a la Residenzstraße.
El joyero era un hombre menudo, con una lupa colgada del cuello. Me recordó antes de que yo dijera mi nombre.
—Julio. Dos aros de oro amarillo. Pagó usted con la tarjeta de una cervecería.
—Uno no sirvió.
—¿No? —Frunció el ceño—. Trabajé con la medida que usted me dio.
—La medida era de otro hombre.
No preguntó más. Abrió una caja de terciopelo sobre el mostrador.
Dos aros. El mismo oro, fundido y batido de nuevo: el que me quité en un peldaño y el que serré en un taller. Más mates que los primeros. Sin brillo de escaparate.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora he medido el dedo.
Cogí el más grande y lo giré a contraluz. Por dentro, en letra recta y pequeña, la palabra que él había dicho de rodillas, sin saber que era mía.
Aun así.
En el pequeño, la que él me dio en un patio y una mujer muerta había escrito a lápiz, en el margen de una partitura.
Despacio.
Cerré la caja.
Una vez me miró como se mira un cuadro en un pasillo. Debería haber leído la cartela.
En la acera, había empezado a nevar. El móvil me vibró en el bolsillo.
Frieda: Mañana llevo yo la bolsita. Avísale de que esta vez compruebo yo la medida.
Me reí sola, alto, en medio de la Residenzstraße. Una señora con abrigo de pieles volvió la cara.
La dejé.