KONSTANTIN VON HAGEN
Helga estaba en la puerta antes de que la puerta hiciera falta.
Nos vio bajar a los dos del mismo coche. Vio el bolso pequeño en la mano de ella y el hatillo de paño de cocina bajo el brazo. No sonrió. Helga hace algo mejor.
—Bienvenida, señora. Debe de tener hambre.
—Sí, Helga.
—Lo sabía.
Marlene le entregó el hatillo. Helga deshizo el nudo allí mismo, en el vestíbulo, sacó la taza azul y se la llevó a la cocina con las dos manos. Oí abrirse la puerta del armario. Oí loza rozar con loza.
Subimos.
La galería, la puerta doble abierta. Puse el pie en el primer peldaño y los labios se me movieron solos.
—Uno.
—No cuentes.
Su mano entró en la mía. Subimos sin números. El tercero crujió, y ninguno de los dos se detuvo.
Arriba, las ventanas estaban abiertas a la noche y el piano tenía la tapa levantada. Ella se quedó en la puerta un instante, mirando la partitura, el lápiz en los márgenes, la banqueta.
Y yo conté.
No la muerte; eso ya lo tenía. Conté cómo era Annika.
Que cantaba mal y le daba igual. Que perdía las llaves, quemaba las cazuelas y se reía de mí cuando yo ordenaba los zapatos en el pasillo.
Que tenía veintinueve años y quería enseñar piano a niños que no sabían estarse sentados.
Salió todo de golpe, sin fecha y sin hora, por primera vez sin informe pericial.
Marlene escuchó de pie, en medio de la sala. No le disputó nada. No bajó la vista.
—Le diste una frase verdadera —dije—. La de Philipp. Yo me pasé tres años intentando comprarla.
—Nunca se te ocurrió pedirla.
Fue hasta el piano. Apoyó un dedo en una tecla, sin elegir.
La nota salió desafinada y fuerte. Se rio —de sorpresa, alto, sin medida—, y el ala oeste, que no oía una risa desde hacía seis años, oyó aquella.
—Ella no necesita habitación —dijo, todavía riéndose—. Necesita ruido.
Su padre había dicho la primera mitad en un cementerio. La segunda era solo suya.
Cerré la mano sobre la suya. La tapa se quedó abierta.
***
La habitación del fondo del ala este tenía dos almohadas.
—Ya no es el cuarto de invitados —dije.
—Nunca lo fue. Helga lo aireaba todos los sábados.
Se volvió hacia mí. Cerca. Sin treinta centímetros de nada.
Hacía un mes que no la tocaba. El cuerpo lo sabía mejor que yo; lo sabía desde el patio, desde la sierra, desde su mano en la escalera.
—Marlene. Si es pronto…
—Lo he probado. —Me puso la mano en la cara, en la mandíbula, y la mandíbula se quedó quieta—. Está listo.
La besé despacio.
No por cálculo. Porque era la única manera de que cupiera todo. Su boca sabía a frío y a pan, y se abrió en la mía sin prisa, y sentí sus manos subirme por el pecho y detenerse sobre el corazón, abiertas, leyendo.
—Está latiendo —dijo contra mi boca.
—Siempre que llegas.
Le quité el abrigo. El jersey, por la cabeza; el pelo le cayó suelto, con olor a malta. Ella me abrió la camisa botón a botón, mirando cómo aparecía la piel, y cuando llegó al último me cogió la mano derecha y se la llevó a la boca.
Besó la marca. La franja blanca, desnuda, donde el anillo de otro hombre había estado tres meses.
Cerré los ojos. Ella esperó a que los abriera.
—No los cierres. Quiero verte.
—Yo también.
La tumbé en la cama, en su lado. El resto de la ropa salió como salen las cosas que ya no tienen sentido.
Recorrí con la boca lo que conocía de memoria y había tenido miedo de olvidar: la clavícula, el lugar entre los pechos, la quemadura antigua de la cadera.
Su respiración se acortaba en cada sitio.
Sus dedos se hundieron en mi pelo y apretaron.
—Konstantin.
—Estoy aquí.
—Se lo dije a un juez. —Tiró de mi cara hacia arriba, hasta sus ojos. Los suyos brillaban, y la barbilla estaba firme—. Ahora te lo digo a ti. Te amo.
Algo cedió en mí que no había cedido ni en un río.
—Te amo —respondí, y no había ninguna ciudad escuchando—. Desde antes de saber escribirlo.
Entré en ella despacio.
El calor, su cuerpo recibiéndome entero, el aire que contuvo y soltó contra mi cuello. Me detuve, dentro, quieto, solo para sentir que estaba en casa. Ella me rodeó con las piernas y no me dejó quedarme quieto.
El ritmo era el suyo. Yo fui detrás, como he ido siempre.
Las uñas en mi espalda, mi mano en su nuca, la otra abierta bajo su cadera, atrayéndola.
Dijo mi nombre una vez, y luego otra, más corto, y vi subirle por la cara eso que ella no controla —los ojos abiertos en los míos todo el tiempo, hasta el final, hasta que la boca se le abrió sin sonido—.
Me fui con ella. Sin aviso, de golpe, con su nombre en la boca y la cara en su pelo.
La cama crujió. La casa lo oyó. Nadie pidió perdón.
Ninguna medida. Había prometido no contar. Descubrí que sin contar dura más.
Después, ella se quedó con la cabeza sobre mi pecho y la mano sobre mi muñeca desnuda.
—El sábado —dijo, ya adormilada—. Theatinerkirche. Hablé con el cura el lunes.
Tardé en entenderlo.
—Lo decidiste el lunes.
—Lo decidí en el taller. —Sentí su sonrisa en la piel—. Solo que no te lo dije. Ya sabes cómo es esto.
Me reí. Bajo, entero, con ella encima de mí.
—¿A qué hora?
—La hora la elijo yo. Tú esperas.
Se durmió.
Las cinco y media. El cuerpo se despertó, como se despierta desde hace seis años.
No me levanté.
Esta vez no era una excepción.