CAPÍTULO 45
«Perdonar no fue una decisión. Fue un tiempo de guarda. Un día lo probé, y estaba listo.»
MARLENE KRAUS
Llegó a las ocho menos diez, con botas, y no dio los buenos días para no romper la regla.
Se quedó quieto en el patio, con nieve en los hombros, esperando órdenes. Sin reloj. La muñeca izquierda desnuda, con la marca clara de la correa.
Jonas salió del Sudhaus limpiándose las manos en el delantal. No levantó la vista.
—Konstantin. Malta.
El nombre. Sin el señor. Vi cómo la mandíbula de mi marido hacía algo que nunca había hecho: aflojarse.
Cargó los treinta sacos. Después lavó cubas, apiló barriles, oyó a Sepp quejarse de la radio. Yo pasé el día a diez metros de él, con el delantal, sin decir una palabra que no fuera de trabajo. Él tampoco. Ninguna sobre Múnich, ninguna sobre un patio lleno de nieve y un hombre de rodillas.
Era raro. Era lo más honesto que habíamos hecho juntos.
Al final de la tarde, lo llamé al taller.
Un cobertizo pequeño detrás de la molienda, con olor a aceite y a óxido. El banco de trabajo de mi abuelo, el torno, las herramientas colgadas por tamaño. Encendí la bombilla.
—La mano.
Me tendió la derecha. El anillo amarillo, el de Philipp, hundido en la carne desde hacía tres meses. La piel de alrededor, blanca y dura como una cicatriz.
—Ese anillo lo compré yo —dije—. Te lo quito yo.
No preguntó cómo. Dejó la mano sobre el banco, abierta, y me observó mientras elegía la sierra de joyero de mi abuelo, la más fina. Pasé una lámina de latón por debajo del aro, entre el oro y el dedo, para proteger la piel. Entró con dificultad. Él no hizo ni una mueca.
—Va a tardar —le avisé.
—Ya no tengo reloj.
Serré despacio. El oro es blando; cede sin ruido, en un polvo fino, amarillo, que fue cayendo sobre la madera oscura. Su mano se quedó inmóvil debajo de la mía. Yo notaba su pulso latir contra mi pulgar.
Noventa y seis días. Los conté por él, puesto que él ya no cuenta.
El aro se abrió con un chasquido pequeño.
Separé los dos extremos con los alicates y lo saqué. Debajo, una franja de piel hundida y pálida, con la forma exacta de lo que había salido.
—Te va a quedar la marca.
—Quiero que quede.
Me guardé el anillo cortado en el bolsillo del delantal, junto al mío, que llevaba conmigo desde la fiesta. Él flexionó los dedos una vez, despacio, como quien comprueba una pieza después de la reparación.
No lo besé. Abrí la puerta del taller y le mandé volver a Múnich antes de la niebla.
El viernes llevé los dos aros a una joyería de la Residenzstraße.
***
El jueves siguiente, fui yo quien rompió la regla.
Las seis de la tarde, el patio a oscuras, él lavándose las manos en el grifo de fuera. Me paré a su lado.
—¿Has subido?
Cerró el grifo. No fingió no entender.
—He subido.
—¿Hasta el final?
—Dieciséis.
Miré el puente, al otro lado de la calle, con las luces del mercado detrás.
—Enséñamelo.