Sustituida en el altar CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

«El coraje no se presta. Pero descubrí que a quien lo debe se le puede cobrar el que le faltó.»

MARLENE KRAUS

Yo: Theatinerkirche. Martes, a las once y cuarto. Me debes veinte minutos.

Lo mandé el domingo por la noche, desde un número que él conocía. No firmé. No hacía falta.

La respuesta no llegó. Aun así, fui.

La iglesia estaba vacía un martes de diciembre.

El estuco blanco, la altura, el incienso viejo atrapado en la piedra.

Sin cuatrocientos sombreros, la nave parecía más grande y menos importante.

Recorrí el pasillo central con las botas resonando y me detuve en el lugar exacto: delante del altar, tres peldaños más abajo, donde me había quedado con una horquilla en la nuca.

Sin velo. Sin ramo. Con abrigo, las manos en los bolsillos.

El reloj de la sacristía dio las once y cuarto.

La gerente no tiembla. La gerente cuenta.

Las once y media.

Me sabía de memoria aquel intervalo. Había aprendido en septiembre lo que medía, y dos jueves detrás de la ventana de una cocina me enseñaron el resto. No miré hacia la puerta. Miré el crucifijo, que seguía sin opinar.

A las doce menos veinticinco, crujió la puerta lateral.

Veinte minutos de retraso. Otra vez.

Pero vino.

Philipp von Arnim se detuvo a la entrada de la nave, con un abrigo claro, sin el bronceado. Había adelgazado. Detrás de él, por la rendija de la puerta, vi un coche en la esquina y una rubia al volante, mirando al frente.

No avanzó. Se quedó en la última fila, lejos, con la mano en el respaldo de un banco.

—No puedo acercarme —dijo. La voz resonó—. Son diez metros.

—La prohibición era para ti. —Eché a andar—. Ya cruzo yo.

Crucé la nave entera. Me vio llegar como se ve llegar una factura. Me paré a un paso: la distancia que me había separado de otro hombre en aquel mismo pasillo.

Yo lo había querido. Como se quiere a quien aparece en el momento justo. Busqué en su cara algo de aquello y encontré a un hombre de treinta y un años que nunca había terminado de crecer.

—¿Desde cuándo no conduces?

Cerró los ojos.

No lo negó. No preguntó de qué le hablaba. Después de todo un juicio, ya no le quedaba adónde ir.

—Desde los veinticinco.

—Cuéntamelo.

—Marlene.

—Me debes veinte minutos. Yo estuve de pie ahí delante, con el vestido, esperando. Ahora me quedo de pie aquí, y tú hablas.

Se sentó. No lo eligió; lo eligieron sus rodillas. Se quedó en el borde del banco, con las manos abiertas sobre las piernas, mirándolas. Las mismas manos del tribunal.

—Era una fiesta en Múnich. Bebí. Bebimos todos. —La voz le salía sin color, como algo leído—. Quise irme a Kitzbühel de noche. Iba solo. Después dijeron que había niebla. En esa subida no había. Me acuerdo. Estaba despejado.

Esperé.

—Adelanté a un camión. No vi la curva. Acabé en el otro carril, y venía un coche pequeño, gris, y le vi la cara. —Tragó saliva—. Un segundo. Iba cantando. La boca abierta, cantando algo ella sola.

El frío de la piedra me subió por las botas.

Un piano tocado mal y fuerte. Y cantaba en el coche.

—No paré, Marlene. —Ahora le temblaban las manos—. Paré un kilómetro más allá, en una gasolinera, y llamé a mi padre. Antes que a la policía. Antes que a la ambulancia. Lo llamé a él, y él me dijo no salgas del coche, no hables con nadie, y su chófer llegó antes que nadie.

—¿Y después?

—Después ya no era mío. Lo resolvió él. Como lo resuelve todo. —Una risa rota—. Nunca más he podido poner la mano en un volante. Él le decía a la gente que era una excentricidad.

El reloj de la sacristía dio las doce menos cuarto.

A esa misma hora, en septiembre, su padre se había levantado.

Podría haberlo grabado. Tenía el móvil en el bolsillo; lo había pensado en el tren. Podría haberme traído a un abogado, una amenaza, la carpeta entera de deudas que mi marido había reunido en tres años. No traje nada.

Había una mujer que cantaba sola en una carretera. Alguien le debía una frase verdadera, dicha por voluntad propia, y no arrancada.

Y había un hombre en un puente, que se había pasado tres años intentando comprar esa frase y nunca había pensado en pedirla.

—No he venido a amenazarte —dije—. He venido a pedirte una cosa.

Levantó los ojos.

—Han reabierto la investigación. Lo sabes.

Van a llamar al perito, al chófer de tu padre, a los testigos.

Va a durar dos años, y tu padre se va a pasar cada uno de ellos enseñándote a mentir.

—Alcé la barbilla—. Ve antes. A la Fiscalía.

Con un abogado que no sea el suyo. Y cuenta lo que me acabas de contar.

—No puedo.

—Sí puedes. Acabas de hacerlo.

—A ti. Tú eres…

—Soy la mujer a la que dejaste en un altar porque te lo mandó tu padre. —No alcé la voz. En la Theatinerkirche todo resuena; no hace falta—. En catorce meses, Philipp, nunca te pedí nada. Ni siquiera que aparecieras. Es la única vez que voy a pedirte coraje.

Lloraba sin ruido, con la boca cerrada, como un niño que ha aprendido a no molestar.

—Me va a matar.

—Ya te ha gastado. En mi boda, en tu compromiso, en aquella carretera. Eres la única deuda que nunca ha pagado. —Di un paso atrás—. Tuviste una iglesia entera y preferiste Sylt. Ahora es solo una sala, con una mesa y un secretario.

—¿Y si no voy?

—Entonces no vas. —Me abroché el abrigo—. Yo no voy a esperarte en la puerta.

Salí por la nave, sin prisa. En la plaza, la rubia del coche giró la cabeza cuando pasé. Me miró a mí, y luego a la puerta de la iglesia, y vi que ella también estaba esperando para saber con quién se iba a casar.

***

El jueves, Lukas se presentó en el Stammtisch con una carpeta y ninguna frase preparada.

Mi padre estaba en la cabecera. No le ofreció cerveza. Lukas dejó la carpeta sobre la madera, la abrió y empujó los papeles por la mesa con dos dedos, como quien devuelve algo prestado.

—En mano, señora Von Hagen. Fue la única instrucción.

Una escritura, fechada el uno de diciembre. Cesión íntegra y gratuita del crédito… a Marlene von Hagen, de soltera Kraus. Otra, más larga. Reconocimiento de los derechos de agua de 1886… la captación de la planta de Regensburg queda condicionada al consentimiento escrito de la titular.

Leí las dos hasta el final. Yo no firmo sin leer; tampoco acepto nada sin leer.

Encima, una tarjeta blanca. Una línea, con la letra recta y pequeña.

No estoy pidiendo. Estoy avisando: es tuyo. K.

Mi frase. La de un correo de dos líneas, enviado desde una mesa de acero con mosto seco, un miércoles en que yo todavía creía que él había venido a decirme que no.

Mi padre leyó por encima de mi hombro. Tardó. Después se quitó las gafas y le dijo a la mesa:

—Te ha dado el río.

—Me ha dado su fábrica, papá. Con la obra dentro.

—Es lo que he dicho.

Lukas cogió la carpeta vacía. En la puerta, se detuvo.

—Él no sabe qué va a hacer usted con esto. Me ha prohibido preguntárselo.

Se fue.

Bajé al despacho. Abrí el cajón de la mesa de roble. La hoja de Frieda estaba donde la había dejado, doblada en cuatro, con una línea en blanco y mi nombre debajo.

Puse las escrituras al lado. El arma que mi hermana había escrito en un tren, y el arma entera, entregada por quien iba a recibir el disparo.

Cerré el cajón con las dos dentro.

***

A las ocho, él estaba en el puente.

Tercer jueves. Sin abrigo, las manos en la piedra, el mercado de Navidad iluminado detrás.

Esta vez bajé.

Por el patio, por el portón, por la calle. Subí los peldaños de piedra y eché a andar. Ocho arcos. Me oyó en el tercero y no se volvió; esperó, con la mandíbula haciendo eso que hace, hasta que me paré a su lado, a un metro.

—Me has dado el arma entera.

—Estaba en la mano equivocada.

—Esto no compra nada, Konstantin.

El nombre se me escapó. Hacía diecisiete días que solo decía su apellido. Lo oyó; vi aparecer el hilo de azul en el gris, fino, con miedo.

—No es una compra —dijo—. Es una devolución.

El río pasaba por debajo, negro y sin prisa.

—He leído la página entera. La que cortaron.

Se quedó muy quieto.

—Todavía debes una línea —dije.

—Ahora sé cuál es.

—Entonces no la digas. Aquí no, no a mí sola, en un puente, de noche. —Apoyé las manos en el pretil—. Me escondiste la verdad en privado durante dos meses. No quiero nada más tuyo en privado.

No le conté lo de Philipp. Aquello era mío, y todavía no era de nadie.

—El sábado la cervecería cumple ciento cuarenta años. El portón estará abierto para toda la ciudad. —Alcé la barbilla—. No estoy invitando. Estoy avisando.

Volví por los ocho arcos. No miré atrás. Sabía que se iba a quedar allí hasta que se apagara la luz de la cocina.

***

Por la noche bajé al sótano con un vaso y el cuaderno.

El grifo de cata. Un dedo de cerveza oscura, a contraluz de la bombilla: limpia, ahora, color caoba, con la espuma firme.

La probé.

Malta, pan, un fondo de caramelo. El lúpulo llegó tarde y no se quedó. Nada de manzana, nada de prisa. No era amarga. Mi madre lo había escrito diez años antes de que nadie pudiera comprobarlo.

La cerveza lista no pide permiso. Avisa.

Abrí el cuaderno por la última página. La letra menuda, inclinada. Tiempo de guarda: y, detrás, el blanco.

Escribí, con mi letra, en su línea.

Veintitrés días.

Lo subrayé dos veces. Una para mí. Una para quien viniera después.

Debajo, firmé. Marlene Kraus. La segunda mujer en ciento cuarenta años.

Cerré el cuaderno. Puse la mano en el acero inoxidable, frío.

La cerveza estaba lista.

Yo todavía no sabía si lo estaba.