Sustituida en el altar CAPÍTULO 42
81%

CAPÍTULO 42

«Llamé luto a lo que era contabilidad. Seis años sumando la culpa de los demás para no abrir la mía.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Las tres y veinte.

La casa en silencio, y yo descalzo en lo alto de la escalera principal, como una noche de septiembre. Crucé la galería. Me detuve delante de la puerta doble.

Esta vez nadie iba a aparecer en el otro extremo del pasillo.

Abrí.

Dieciséis peldaños de madera oscura. El olor de la cera de Helga en los primeros. Subí el primero. El segundo.

El tercero crujió.

El mismo crujido: el de cuando ella bajaba corriendo, descalza, riéndose de algo que yo había dicho. Las piernas quisieron pararse. Se habían parado ahí durante seis años, como un motor que se cala.

En el bolsillo del pantalón, un anillo pequeño me rozaba la pierna. Lo había recogido de otro tercer peldaño la víspera, después de diez días. Ese lo limpia usted.

Subí el cuarto. El quinto.

En el sexto se acababa el olor a cera. La luz de la galería dejaba ver el polvo: una capa lisa, gris, sin una sola marca. Seis años de nadie.

Puse el pie.

Quedó la huella, entera, en el polvo. Después otra. Conté hasta el final, porque no sé subir sin contar.

Dieciséis.

Y oí mi propia voz. No allí: en un puente, al caer una tarde de octubre, repasando una hilera de arcos de piedra. Dieciséis, había dicho yo, y una mujer a mi lado me miró de una manera que no entendí.

Ella sí lo había entendido. Había relacionado los arcos que aguantan con los peldaños que nadie sube, y no dijo nada.

Ella siempre ha sabido leer lo que falta.

El pasillo. Una puerta a la izquierda, entornada, como se había quedado.

El piano estaba donde lo dejé. Cerrado, tapado con un paño contra el polvo que había sido blanco.

En el atril, una partitura abierta, los márgenes llenos de anotaciones a lápiz con su letra, redonda, apresurada.

Se había quedado a mitad de una página. Había un círculo alrededor de un compás y una palabra: despacio.

Me quedé mucho rato mirando aquella palabra.

Había venido preparado para encontrarme con Annika. El olor, la voz, la ausencia. Me había pasado seis años sin subir porque creía que era ella quien estaba allí arriba, esperando.

No era ella.

Lo que había en aquella sala era un jueves de octubre y una frase mía, dicha desde la puerta del despacho, sin levantar los ojos de una carpeta. No puedo ir. Tengo una reunión el viernes por la mañana.

No recuerdo de qué era la reunión.

Fue sola. Volvió sola, de noche, por una carretera con niebla. Y yo, que podría haber estado al volante, estaba sentado a una mesa, con la lámpara encendida, cuando sonó el teléfono.

No fue la niebla. No fue solo Philipp.

Supe su nombre hace tres años, y desde entonces he comprado deudas, bancos, tierras. Lo he llamado justicia. Por eso dejé a una novia plantada en un altar.

Me pasé tres años derribando a una familia para no subir una escalera.

El Barón tenía razón en una cosa, en una sala de la planta catorce. El hoyo era más grande que el muerto. Era más grande porque no era de ella. Era mío, y lo había cavado hacia fuera, en la tierra de los demás, para no tener que mirar hacia dentro.

Quité el paño. Levanté la tapa.

Las teclas estaban amarillas. Apoyé un dedo en una de ellas, sin saber cuál.

La nota salió desafinada, larga, demasiado fuerte para aquella hora. Atravesó el ala oeste, la galería, la casa entera.

Mala y fuerte.

Me senté en la banqueta y me quedé hasta que la ventana cambió de color.

***

Helga estaba al pie de la escalera cuando bajé, con el delantal puesto, un cubo y una bayeta.

Miró mis huellas en el polvo, del sexto peldaño para arriba. Luego me miró a mí. No dijo por fin. Helga no dice esas cosas.

—Entonces, ¿del sexto en adelante, señor?

—Del sexto en adelante.

—¿Y las ventanas?

—Todas.

Subió. Oí cómo golpeaban las contraventanas, una a una, en el lado oeste de la casa, y cómo entraba el frío de noviembre donde no entraba desde hacía seis años.

***

El lunes convoqué al consejo.

La silla de Voss estaba vacía. Delante de ella, una carta cerrada que nadie quiso tocar. Once personas alrededor de la mesa y la Effnerstraße allí abajo, con diez días de titulares.

Hablé de pie.

—La Von Hagen Holding cede a Marlene von Hagen, de soltera Kraus, a título gratuito, el crédito que ostenta frente a la Brauerei Kraus.

En su totalidad. —Nadie se movió—. Y reconoce en escritura pública los derechos de agua de 1886.

La captación de la fábrica de Regensburg queda condicionada al consentimiento por escrito de la titular.

El silencio duró lo que tardaron once personas en hacer la misma cuenta.

Fue la directora jurídica quien lo dijo.

—Está poniendo siete mil empleos en manos de una mujer que se ha ido de su casa.

—Los estoy poniendo en la mano correcta.

—¿Y si dice que no?

—La obra de enero no empieza. Incumplimos el calendario del Estado y pagamos la penalización a los fabricantes de coches. —Le sostuve la mirada—. Respondo con mi patrimonio, no con el de la empresa. Está en la propuesta, página cuatro.

—¿Por qué?

Era la pregunta de un juez. Di la misma respuesta, más corta.

—Porque esa agua siempre ha sido suya. Yo solo me he comportado como si fuera mía.

Votaron. No fue unánime. Salió adelante.

Dueño no. Responsable.

Por primera vez, la frase costaba algo.

***

El martes, Lukas y yo fuimos al notario.

El notario leyó la escritura en voz alta. Firmé. Puso el sello. Uno de diciembre, en el contrato y en el registro.

Una sola fecha. No había otra detrás.

De vuelta en mi despacho, cogí una tarjeta en blanco y escribí una línea, con la letra de siempre. La frase no era mía. Yo solo la devolvía.

Después encendí el monitor y abrí los borradores.

Uno, entre paréntesis. Dos meses en aquella columna.

Lo leí hasta el final. Ese todavía no sé escribirlo. El cursor se quedó parpadeando después del punto, donde siempre había estado.

Ahora lo sabía. Lo había aprendido a las tres y veinte, con un dedo en una tecla.

No lo escribí. Aquella línea no era para leerla en una pantalla. No lo envié, y no lo borré.

Lukas estaba metiendo los papeles en la carpeta. Se detuvo.

—Hay una cosa. Voss estuvo en Regensburg el viernes. Delante de su portón.

Se me trabó la mandíbula.

—¿Qué le llevó?

—No lo sé. No me coge el teléfono. —Cerró la carpeta—. Sea lo que sea, Konstantin, ella ya lo tiene. Y el jueves tendrá esto también.

Puse la tarjeta encima de la escritura.

—Se lo entregas tú. En mano. Y no dices nada.

—¿Y si lo usa? Una firma suya y tu fábrica se para.

—Entonces lo usa.

Me miró como me mira desde hace quince años, cuando busca el cálculo que hay detrás y no lo encuentra.

—¿Y el jueves?

Fui hasta el cristal. Allí abajo, la ciudad funcionaba sin enterarse de nada.

—El jueves estoy en el puente.