CAPÍTULO 41
«Quien corta una página por la mitad cree que ha escondido el resto. Olvida que lo primero que se lee es lo que falta.»
MARLENE KRAUS
«YO PROVOQUÉ EL PLANTÓN»: VON HAGEN CONFIESA ANTE EL TRIBUNAL.
Era el Abendzeitung del viernes, con letras del tamaño de un puño. La Bunte fue más delicada, lo que en su caso es peor: LA NOVIA DIJO «LO AMO»… Y VOLVIÓ A REGENSBURG.
Sepp dejó el periódico y la revista encima del Stammtisch y se fue a moler malta sin decir nada. Usé la Bunte para forrar la mesa de trabajo.
Yo tenía una fiesta que organizar.
Faltaban dos semanas, y me metí en ellas como quien se mete en un tanque para fregarlo por dentro.
Banderines, bancos, la banda, una pelea de veinte minutos con Sepp por el número de barriles.
El lunes cogí el dinero de las tres barricas de Hiebl y le mandé a la Von Hagen Holding el primer plazo de la deuda de mi padre.
En el concepto de la transferencia escribí: No estoy pidiendo. Estoy avisando.
El miércoles llegó una carta del grupo Oberauer. La reestructuración de proveedores había sido reconsiderada; treinta locales querían volver a tener la Kraus en el grifo. Guardé la carta en el cajón, sin contestar. Quien juega al golf con el Barón podía esperar a que pasara la fiesta.
Por la noche bajé al sótano y probé la «Marlene».
Manzana cruda. Verde, todavía, con el sabor de algo que no sabe qué va a ser.
Todavía no.
***
Helga vino el martes, en tren.
Con sombrero, abrigo negro y un hatillo de paño de cocina contra el pecho. Se sentó en la cocina de mi madre como si la conociera, aceptó el café de mi padre y solo entonces deshizo el nudo.
La taza azul oscuro.
—Es de la señora, no de la casa —dijo—. En mis armarios no dejo cosas ajenas.
La cogí. Pesaba más de lo que recordaba.
No me pidió que volviera. Al principio no habló de él. Se bebió el café, elogió los fogones, le preguntó a mi padre si a su hija le gustaba de verdad el pescado. Solo en la puerta, ya con el sombrero puesto, dijo dos cosas.
—El señor toma el café en taza de visitas, señora. La desportillada la he guardado yo. No pienso servir una sin la otra.
Esperé la segunda.
—Y aquel cuarto, el del fondo del ala este. Lo he aireado todos los sábados. Seis años. —Se recolocó el asa del bolso—. Alguien en esa casa tenía que creer que iba a llegar gente.
Se marchó a pie, hacia la estación, sin mirar atrás.
Puse la taza azul en la estantería, al lado de los tazones de mi padre. No la usé.
***
El jueves, él estaba otra vez en el puente.
Lo vi desde la ventana de la cocina, a las ocho. En el centro, entre el octavo y el noveno arco, de pie, sin abrigo, con las manos en la piedra. Al otro lado, el Christkindlmarkt había encendido las luces esa misma tarde, y él se recortaba contra ellas, demasiado alto, inmóvil.
El jueves anterior, también. Yo había pasado dos veces por delante de la ventana y había apagado la luz a las once.
Jonas subió a buscar una llave y se paró detrás de mí.
—¿Quieres que lo saque de ahí?
—El puente es público.
—No está ahí por el puente.
—Ya sé por qué está ahí, Jonas.
Se quedó un segundo, sopesando algo, y luego me puso la mano en el hombro, una vez, como la pone un hermano.
No bajé.
Una vez esperé yo veinte minutos. Que aprenda él lo que duran.
A las once, apagué la luz. Pero me quedé a oscuras, detrás del cristal, hasta que se dio la vuelta y regresó por los ocho arcos, despacio, como lo hace todo.
***
El viernes, el hombre del ascensor estaba delante de mi portón.
El mismo traje gris. Las gafas colgadas del cordón. Sin carpeta; solo un sobre fino, que sujetaba con las dos manos. Jonas se había parado en medio del patio con un barril al hombro.
—Señora Von Hagen. —No tendió la mano—. Fui yo quien delató a su marido.
El frío del río subía por los adoquines.
—Sé quién es usted. Usted comprueba respuestas.
—Comprobé la suya. Me dio la fecha de la carta mirándome a los ojos. —Casi sonrió—. Fue la primera vez en veinte años que alguien me daba un número falso con tanta honestidad.
—¿Qué quiere usted?
—Devolverle lo que falta.
Abrió el sobre. La primera hoja era un acta, con el membrete de Von Hagen Industrie y fecha del cinco de octubre. Había marcado dos líneas a lápiz.
El director financiero propone la adquisición de la Brauerei Kraus. El presidente declara: «La cervecería no está en venta. Ni siquiera para mí».
Lo leí dos veces.
Cinco de octubre. Cinco días después de un beso en un despacho. A la mañana siguiente me dio una lista de tabernas, y yo me fui a vender cerveza puerta a puerta por Giesing sin saber que, la víspera, delante de doce personas, él había tirado a la basura el plan entero.
—Era su plan —dijo Voss—. Yo solo lo repetí en voz alta. Me miró como si le hubiera propuesto vender a su propia madre.
—¿Y la segunda hoja?
Tardó en contestar.
—Yo le entregué cuatro hojas a Friedrich von Arnim. Usted recibió tres y media. —Se puso las gafas. Se las quitó—. Yo cuento tornillos, señora. Cuando el abogado de Von Arnim aportó a los autos lo que usted había recibido, fui a comprobarlo.
Me tendió el papel.
Era la misma página. Mi nombre, las cuatro de la tarde, el lunes a las nueve, la iglesia. Y después, donde la mía se acababa, la suya seguía.
Me levanté por otro motivo.
Ese todavía no sé escribirlo.
Y, más abajo, con otra fecha —uno de noviembre—, dos párrafos que yo nunca había visto.
El jueves, en el puente, intenté contártelo. Me pusiste la mano en la boca y dijiste «hoy no». Obedecí. Obedecí demasiado deprisa, y sé lo que eso significa: significa que quería que me lo impidieras. Un hombre que quiere confesar no obedece tan deprisa.
Después de la vista del diecinueve de noviembre, cuando el Barón ya no tenga nada en las manos que usar contra ti, te lo contaré. No por correo. En el puente. Podrás volver a ponerme la mano en la boca, y esta vez la apartaré yo.
El patio se alejó. El barril de Jonas, la radio de Sepp, el río.
El Barón me había dado la verdad. Solo le había quitado la parte que le dolía a él.
—La alarma de la casa —dije. La voz me salió como de otra persona—. También fue usted.
—También.
—Es usted un hombre pequeño, señor Voss. Hace cuentas enormes y no ve a una persona a un metro.
—Lo soy. —No se defendió—. El lunes ya no tendré mesa en ese edificio. Me pareció que debía cerrar el balance antes de irme.
Hizo un gesto con la cabeza y se marchó por la calle del río, con el paso de un hombre que llevaba veinte años en la casa y no tenía ninguna.
Me quedé con la hoja en la mano.
No lo sentí venir. Una línea caliente bajó desde el ojo izquierdo hasta la comisura de la boca, y otra desde el derecho, y no levanté la mano para ninguna de las dos. Sin ruido. La barbilla no se movió.
Era la segunda vez en mi vida adulta. La primera había sido por una receta con la última línea en blanco.
Esta también tenía una.
«Ese todavía no sé escribirlo».
Yo sí sabía. Sabía escribirlo por él, palabra por palabra, desde el día en que dejó una mano abierta junto a un cuaderno.
Y no iba a hacerlo.