CAPÍTULO 40
«Ella le dijo la palabra a un juez, no a mí. Yo no tenía derecho a quejarme del destinatario.»
KONSTANTIN VON HAGEN
No me miró al pasar.
Rodeó la mesa, de gris, y se detuvo en medio de la sala, frente al juez, con las manos sueltas a los costados. Sin carpeta, sin abogado, sin anillo. La barbilla en su sitio.
Yo acababa de entregar a un tribunal la prueba contra mí, un nombre sin informe pericial y la mitad de una empresa. No sentí ninguna de las tres cosas. Sentí la mano abierta sobre la mesa, allí donde ella no la había tocado.
El abogado del Barón se recompuso. Se ajustó la corbata, cogió la carpeta y se dirigió hacia ella con el cuidado de quien se acerca a una testigo que le acaban de regalar.
—Señora Von Hagen. El cinco de septiembre, ¿sabía usted por qué no se presentó el novio?
—No.
—¿Cuándo lo supo?
—El lunes.
—¿Por quién?
—Por su cliente. En la puerta de mi casa, con un sobre. —No volvió la cabeza hacia el Barón—. Fue muy puntual.
Al fondo, alguien disfrazó una risa de tos. El abogado siguió.
—¿Y dónde duerme usted desde el lunes?
—En Regensburg. En casa de mi padre.
—Entonces no hay vida en común.
—La hubo. —Su voz era la de Regensburg: seca, sin adornos—. Sesenta y un días para empezar y once para acabar. Puede usted pedir el calendario; yo no redondeo.
Lukas, a mi lado, cerró los ojos.
—Usted ha oído la declaración de su marido. Confiesa que urdió el abandono y que se casó por cálculo. Usted fue engañada.
—Lo fui.
—Por tanto, su consentimiento, en aquel altar, se obtuvo mediante fraude.
Su silencio ocupó la sala. No era el mío; el mío cierra una puerta. El suyo la dejaba abierta, y todos los presentes se inclinaron para ver qué salía por ella.
—No.
El abogado parpadeó.
—En aquel altar pregunté por qué —dijo ella—.
A un paso de él, con cuatrocientas personas a la espalda.
Me respondió con otra pregunta. Miré a mi padre y dije que sí.
—Una pausa—. En eso no me engañó nadie, señor letrado.
Yo sabía que faltaba la respuesta. Me casé sin ella porque la cervecería de mi padre iba a cerrar el lunes.
—Pero usted no sabía que…
—No sabía lo que había hecho. Sabía que había hecho algo. —La barbilla subió un grado—. Mi marido me ocultó la verdad durante setenta y dos días. Un matrimonio con un secreto dentro sigue siendo un matrimonio. Pregúntele a cualquier mujer de esta ciudad.
La sala se rio.
No debía. Era el Justizpalast, madera oscura, un juez con gafas. Se rio aun así, bajito, a su pesar, como se había reído una vez un salón del Bayerischer Hof.
Ella no se rio.
Era la primera vez que la veía hacer reír a una sala sin sumarse a la risa.
El juez esperó a que el ruido se asentara. Se quitó las gafas y se quedó un instante con ellas en la mano, mirándola como me había mirado a mí: buscando el motivo.
—Señora Von Hagen. Voy a hacerle una pregunta que la ley no me autoriza a exigirle. No está usted obligada a responder.
Ella asintió.
—¿Ama usted a su marido?
Dejé de respirar.
No es una forma de hablar. El aire se me quedó en el pecho, sin entrar ni salir, y oí crujir a mi espalda la madera del banco de su padre.
Ella no se movió. Las manos sueltas, los hombros rectos.
Desde donde yo estaba, solo le veía el perfil: la línea de la mandíbula, el pelo recogido, una vena en el cuello.
Un segundo. Dos. Cinco.
Yo lo cuento todo. Conté esos.
—Lo amo.
La palabra cayó en mitad de la sala como cae algo pesado sobre un suelo de piedra. Sin temblor. Dicha a un juez, de frente, de espaldas a mí.
Nunca lo habíamos dicho. Ni en una torre, ni en una cama que crujía, ni en un sótano con su mano sobre la mía. Yo había guardado la palabra junto con todo lo demás, esperando una fecha.
Ella no esperó.
—Por eso —dijo ella— ya no vivo con él.
Esta vez nadie se rio.
La mano sobre la mesa se cerró. El anillo apretó hasta doler, y dejé que doliera.
***
El juez no se retiró. Dijo que no hacía falta.
—Se desestima la demanda. —Lo dictó sin prisa a la secretaria judicial—. El demandante alega simulación. La prueba practicada, incluida la declaración de la propia demandada, acredita una convivencia real, posterior a la celebración. No ha habido matrimonio de fachada.
El Barón no se movió.
—Hubo engaño —continuó el juez—. El demandado lo ha confesado en esta sala. Pero el engaño entre cónyuges no es un arma al alcance de terceros. Solo una persona aquí puede invocarlo, y no es usted, señor Von Arnim.
Se volvió hacia ella.
—Dispone usted de un año, a contar desde el lunes, para solicitar la anulación por ese motivo. Puedo hacer constar la solicitud ahora, si esa es su voluntad. ¿Desea hacerlo?
Toda la sala esperó. Su padre. Su hermana. Helga, de negro, con las manos en el regazo. Yo.
Ella volvió la cabeza.
Por primera vez desde que se había sentado a mi lado, me miró. Los ojos azules, claros, sin nada de lo que habían sido en una montaña. No era odio. Era algo que medía.
—Hoy no.
Dos palabras. Las mías, en una terraza. Las suyas, en un puente. Y ahora allí, en un tribunal, con un plazo de un año colgando de ellas.
Se quedó con la espada. Y me avisó, con mi propia frase, de que todavía no había decidido dónde guardarla.
—Que conste —le dijo el juez a la secretaria—. Se levanta la sesión.
***
Al otro lado del pasillo, Friedrich von Arnim se levantó.
Se abrochó la chaqueta. Se equivocó de ojal. Desde septiembre, nunca había visto a aquel hombre equivocarse en un gesto. Se miró la mano, lo corrigió y salió sin hablar con su abogado.
Philipp no fue tras él. Seguía sentado, mirándose las manos, con la sala vaciándose a su alrededor y una rubia de abrigo claro de pie en la puerta, esperando sin llamarlo.
En el pasillo, Frieda pasó a mi lado como se pasa junto a una columna. Lukas estaba conmigo; ella no se desvió ni un centímetro por ninguno de los dos.
Otto salió después, con el sombrero en la mano.
Se detuvo. Me miró de frente, largo rato, con esos ojos que lo ven todo. No dijo Konstantin. No dijo señor.
—Lo he visto —dijo.
Y se fue tras sus hijas.
Yo no sabía qué había visto. Sabía que era la tercera vez, y que me había avisado de que no habría una cuarta.
Marlene salió la última, por la otra puerta.
***
Esa noche yo tenía una cita.
Jueves. Después del juicio. Aquí. Ella la había fijado con su mano sobre la mía, y yo le había dicho que comparecería.
Comparecí.
Bastian me dejó a la entrada del puente a las ocho. Caminé hasta el centro y me detuve entre el octavo y el noveno arco, donde ella se había detenido. El río pasaba por debajo, negro. Al otro lado, el casco antiguo. Detrás de mí, por encima del portón de 1886, una ventana encendida: la cocina.
No esperaba que viniera. No había venido para eso.
Vine porque, por una vez en la vida, iba a estar en el sitio convenido, a la hora convenida, sin ningún buen motivo para aplazarlo.
Me quedé de pie en el frío, sin abrigo, con las manos sobre la piedra. Una sombra pasó por la ventana a las nueve. A las diez, otra, más pequeña. Ninguna se detuvo.
A las once, la luz se apagó.
Dijo que me amaba delante de un juez. Fue la primera vez. Yo no tenía derecho a responder.
Me quedé un rato más. Luego volví por los ocho arcos, despacio, sabiendo que el jueves siguiente volvería a estar allí.
Ella había esperado veinte minutos a un hombre que no vino.
Yo iba a esperar lo que hiciera falta a una mujer que tenía todo el derecho a no venir.